perdido perro pequeño

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Uno se acostumbra a todo


:: David Bergel ::

“ - Uno se acostumbra a todo “ solía decir para luego añadir en voz baja picándome un ojo “- ¡hasta a perder la sonrisa¡“

Yo siempre me sonreía no por el comentario que ya después tarareaba como algo mío sino por ese gesto de niño lleno de malicia con el que se le iluminaba la cara.


Las malas lenguas decían que salía de noche a recoger trozos perdidos de sueños y luego inventaba historias hilvanando minuciosamente cada retal.

Cada gesto era un escorzo, una convulsión, una tormenta de palabras fluían alimentadas por el vertiginoso ritmo que el vino producía en su corazón.

El medico le había prohibido contar historias y por supuesto el vino.
Él agachaba la cabeza se quedaba mudo durante minutos, se levantaba de la silla y salía haciendo propósito de enmienda.

Durante días las noches se quedaban a oscuras y nosotros huérfanos de historias,

Volvíamos a casa inquietos, con desgana, dando un rodeo, con ojos de gato, buscando entre los cubos de basura, sin prisa, por si nos topábamos con él.

Luego, inesperado como una borrasca en verano, aparecía un día con la cara hinchada y los ojos vestidos de noches en vela.

Nos acercábamos a preguntarle donde se había perdido y con el tiempo se convirtió en una costumbre, en un cortejo, alguien le acercaba un vasito de vino que al principio rechazaba con un mohín de desprecio y sus pelos se erizaban cuando por fin cedía a las prescripciones de la vida.
”- Lo racional no es vital “ se repetía en voz baja.

Así comenzaba su resurrección.

Cada sorbito le devolvía un sueño y nosotros sabíamos que nos volvería a regalas estrellas y simétricas lunas. Sus palabras salían como pompas de jabón, no paraban en los oídos sino que penetraban muy dentro y como ramitas formaban un acogedor nido cerca del corazón donde reposaban durante días.



 


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