perdido perro pequeño |
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| “ - Uno se acostumbra a todo “ solía decir para luego añadir en voz baja picándome un ojo “- ¡hasta a perder la sonrisa¡“ Yo siempre me sonreía no por el comentario que ya después tarareaba como algo mío sino por ese gesto de niño lleno de malicia con el que se le iluminaba la cara.
Cada gesto era un escorzo, una convulsión, una tormenta de palabras fluían alimentadas por el vertiginoso ritmo que el vino producía en su corazón. El medico le había prohibido contar historias y por supuesto
el vino. Durante días las noches se quedaban a oscuras y nosotros huérfanos de historias, Volvíamos a casa inquietos, con desgana, dando un rodeo, con ojos de gato, buscando entre los cubos de basura, sin prisa, por si nos topábamos con él. Luego, inesperado como una borrasca en verano, aparecía un día con la cara hinchada y los ojos vestidos de noches en vela. Nos acercábamos a preguntarle donde se había perdido
y con el tiempo se convirtió en una costumbre, en un cortejo,
alguien le acercaba un vasito de vino que al principio rechazaba con
un mohín de desprecio y sus pelos se erizaban cuando por fin
cedía a las prescripciones de la vida. Así comenzaba su resurrección. Cada sorbito le devolvía un sueño y nosotros sabíamos
que nos volvería a regalas estrellas y simétricas lunas.
Sus palabras salían como pompas de jabón, no paraban en
los oídos sino que penetraban muy dentro y como ramitas formaban
un acogedor nido cerca del corazón donde reposaban durante días.
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