perdido perro pequeño |
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| Recuerdo con añoranza mi infancia en el viejo barrio de ciutat vella, las calles estrechas, la plaza de Sta. Caterina con sus columpios, los tenderos montando sus paradas y como no, después del colegio al mediodía el olor de la comida preparándose en las cocinas mezclándose entre la ropa tendida en los balcones. Recuerdo correr junto mis amigos y girar de calle en calle sin mirar ni pensar que podría venir un coche y hacernos daño, como mucho el repartidor con la carretilla, hoy seria imposible hacerlo. El horno de la paquita en la calle princesa, siempre desprendía ese olor a leña y a pan recién echo, crujiente y caliente, cada día bajaba a comprarlo, ordenes de mi madre claro, la misma bolsa durante muchos años un saquito de tela con flores y espigas y los dos cordones que la cerraban, en invierno metía el pan y me acurrucaba entre la bolsa, era lo mas caliente de lo que podía disponer entonces. Después del pan ya podía disponer de una horita antes de la comida para jugar, como siempre con juanjo, antoñito, mi hermano y algunos mas, éramos el quebradero de cabeza del verdulero, carnicero, pescadero y algún que otro bar de la zona, supongo que como cualquier niño de 10 años solo pensábamos en como liar alguna matraca para divertirnos. Las tardes de invierno eran especialmente aburridas, largas y oscuras, en casa no teníamos televisión así que haceros una idea. En la calle Mercaders estaba el bar Apolo, tenían televisión billares y esa maquina que le echabas una peseta, salía la bola y hacia sonidos de campanillas hasta que se metía por el agujero, que manera de perder el dinero con lo buenas que estaban las regaléis, solía entrar e intentar pasar allí el rato y como no mirar la tele y poder ver a Locomotoro y al Tio Aquiles pero el dueño era un antipático y me echaba a los cinco minutos, je je alguna jugarreta le gastamos. Pero nunca pensé que encontraría un segundo hogar, Can Quimet, era como un pequeño mesón, vigas de madera en el techo, unos travesaños aguantando unas barricas muy viejas de vino, que mi padre decía que era muy bueno, eso estaba justo al volver de casa en la calle dels Carders. Allí trabajaba Pep, con ese gorro de tubo, el pico en el cuello, los pantalones a cuadritos azules, en fin, su ropa de faena con los lamparones incluidos. Se enorgullecía de ser un gran cocinero, y valla si lo era, por la tarde siempre le veía sacar la basura y fumarse un cigarro en la puerta trasera de la cocina, en una ocasión se ve que trabajaron mucho por que la basura pesaba tanto que el solo no podía arrastrar de ella por lo que decidí a ayudarle y entre los dos dejarla en la esquina, desde ese día siempre le ayudaba pesara ó no pesara. Así me vi sentado en la mesa del personal mientras ellos comían después del servicio, viendo a Locomotoro, la hormiga atómica y otros dibujos, que buenas tardes aquellas y por si fuera poco no había día que no me pusiera un plato con alguna de las delicias que preparaba, era mi merienda aunque mas bien era lo mejor de todo el día.
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