| La señora
Coleman había conminado a los invitados a desplazarse desde el
comedor a la terraza, allí les serviría el té con
la impagable ayuda de la joven Nelly. Era el momento dulce de la tarde,
cuando los invitados se desparramaban en compañías, buscando
el sol o la sombra según la estación, a degustar el agua
caliente con esencias de bergamota, conversar, admirar las mimadas flores,
y agasajar a la señora Coleman con elogios hacia su cocina. La
señora Coleman, viuda, sin hijos, con una vida apacible, se sentía
muy querida en aquellos encuentros mensuales con las cabezas notables
de la villa. Su casta coquetería la obligaba siempre a estrenar
ropa.
Sin duda, dar de comer a todos esos amigos, le ocasionaba una montaña
de trabajo, que solo gracias a la casi niña Nelly era capaz de
llevar adelante. Pero una vez cerrada la cocina y recogida la mesa,
cuando paseaba entre los grupos de manos agitando el té, deteniéndose
un momento con unos, otro instante con aquellos, sonriendo sabedora
de que era ella, Claudia Coleman, la que había hecho posible,
(su esposo hubiera dicho “la artífice”) esos remansos
de dicha, entonces se lanzaba a disfrutar de su estatus de anfitriona
admirada, elegía un grupo y se sentaba con ellos a charlar, preferentemente
de temas filantrópicos y de cómo aliviar el hambre de
las tres familias pobres del pueblo.
Aquella tarde la señora Coleman se fijó en que la señora
Miller le hacía gestos para que se le acercara. Se conocían
desde niñas, habían estudiado juntas, se casaron el mismo
año, y podría decirse que fueron amigas hasta que nació
Lou Ann, la hija de la señora Miller. Entonces, incomprensiblemente,
empezaron a distanciarse. La señora Coleman dejó de llamar
a su amiga por su nombre de pila y empezó a dirigirse a ella
por señora Miller y aunque nunca dejaron de verse, siempre fue
acompañando a sus maridos en encuentros concertados por otros.
La señora Miller estaba sentada sola, en una de las grandiosas
sillas de mimbre, que nadie usaba porque parecían atrapar como
en una boca abierta. La señora Coleman sabía por otras
conocidas que Lou Ann, la hija de la señora Miller que cursaba
su primer año de estudios en la universidad y por tanto se había
marchado a vivir a la ciudad, se estaba relacionando con un joven de
color, opción, que hasta a la librepensadora señora Coleman,
le parecía ir demasiado lejos.
Así que la anfitriona alzó una de las sillas de tijera,
más prácticas, y se sentó junto a la señora
Miller. Al tenerla al lado, la Miller, activada como uno de esos juguetes
a los que se les oprime un pulsador escondido en la tripa, comenzó,
en voz exageradamente alta, a desgranar elogios para con el pastel de
espinacas de la señora Coleman, y añadió que era
absolutamente imprescindible que le escribiera la receta. A continuación,
como si hubiera cubierto ya una especie de cupo, atrajo hacia sí
a la señora Coleman tirándole de la manga de la blusa
de seda y susurró, “nadie lo sabe”, “no se
lo he querido decir a nadie”.
Aquel bisbiseo provocó en la señora Coleman un muy agradable
calor en su pecho, la emoción gratificante de saberse única.
Recordó lo que muchas veces le habían remarcado, con ella
era un placer conversar porque era una persona que sabía escuchar.
continúa
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