perdido perro pequeño

búsqueda manifiesto enlaces yambrientos versión imprimir home

LA SEÑORA COLEMAN


:: Tomás Muñoz Sacristán::

La señora Coleman había conminado a los invitados a desplazarse desde el comedor a la terraza, allí les serviría el té con la impagable ayuda de la joven Nelly. Era el momento dulce de la tarde, cuando los invitados se desparramaban en compañías, buscando el sol o la sombra según la estación, a degustar el agua caliente con esencias de bergamota, conversar, admirar las mimadas flores, y agasajar a la señora Coleman con elogios hacia su cocina. La señora Coleman, viuda, sin hijos, con una vida apacible, se sentía muy querida en aquellos encuentros mensuales con las cabezas notables de la villa. Su casta coquetería la obligaba siempre a estrenar ropa.
Sin duda, dar de comer a todos esos amigos, le ocasionaba una montaña de trabajo, que solo gracias a la casi niña Nelly era capaz de llevar adelante. Pero una vez cerrada la cocina y recogida la mesa, cuando paseaba entre los grupos de manos agitando el té, deteniéndose un momento con unos, otro instante con aquellos, sonriendo sabedora de que era ella, Claudia Coleman, la que había hecho posible, (su esposo hubiera dicho “la artífice”) esos remansos de dicha, entonces se lanzaba a disfrutar de su estatus de anfitriona admirada, elegía un grupo y se sentaba con ellos a charlar, preferentemente de temas filantrópicos y de cómo aliviar el hambre de las tres familias pobres del pueblo.
Aquella tarde la señora Coleman se fijó en que la señora Miller le hacía gestos para que se le acercara. Se conocían desde niñas, habían estudiado juntas, se casaron el mismo año, y podría decirse que fueron amigas hasta que nació Lou Ann, la hija de la señora Miller. Entonces, incomprensiblemente, empezaron a distanciarse. La señora Coleman dejó de llamar a su amiga por su nombre de pila y empezó a dirigirse a ella por señora Miller y aunque nunca dejaron de verse, siempre fue acompañando a sus maridos en encuentros concertados por otros.
La señora Miller estaba sentada sola, en una de las grandiosas sillas de mimbre, que nadie usaba porque parecían atrapar como en una boca abierta. La señora Coleman sabía por otras conocidas que Lou Ann, la hija de la señora Miller que cursaba su primer año de estudios en la universidad y por tanto se había marchado a vivir a la ciudad, se estaba relacionando con un joven de color, opción, que hasta a la librepensadora señora Coleman, le parecía ir demasiado lejos.
Así que la anfitriona alzó una de las sillas de tijera, más prácticas, y se sentó junto a la señora Miller. Al tenerla al lado, la Miller, activada como uno de esos juguetes a los que se les oprime un pulsador escondido en la tripa, comenzó, en voz exageradamente alta, a desgranar elogios para con el pastel de espinacas de la señora Coleman, y añadió que era absolutamente imprescindible que le escribiera la receta. A continuación, como si hubiera cubierto ya una especie de cupo, atrajo hacia sí a la señora Coleman tirándole de la manga de la blusa de seda y susurró, “nadie lo sabe”, “no se lo he querido decir a nadie”.
Aquel bisbiseo provocó en la señora Coleman un muy agradable calor en su pecho, la emoción gratificante de saberse única. Recordó lo que muchas veces le habían remarcado, con ella era un placer conversar porque era una persona que sabía escuchar.




 


continúa [1] [2]
[volver al index]