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LA SEÑORA COLEMAN[2]

 

La excitación de una próxima confesión por parte de aquella antigua amiga, tantos años distanciada la hizo estremecer. Incluso se preguntó porqué razón habían dejado de ser amigas, y estuvo al instante dispuesta a la reconciliación incondicional. Miró a la señora Miller asumiendo su papel, mostrando en las arrugas que rodeaban sus ojos, preocupación, sincero interés, “cuéntame querida, puedes estar segura de mi discreción”
Pero después de aquel cúmulo de esfuerzos de acercamiento por parte de la señora Colema la Miller preguntó simplemente, - ¿dónde cocinaste el pastel? –
¿Qué pregunta era esa?, ¿donde estaba la confesión? La señora Coleman comprendió que la confesión debía atañer un asunto extremadamente grave para que la señora Miller sintiera tanto miedo como para seguir dando rodeos, hablando del pastel de espinacas, igual que una niña que ha roto algo y quiere decirlo para descargarse la culpa, mira al suelo y juega a enredarse en los dedos el lazo de su vestido.
- aquí, en casa, querida.- respondió la Coleman
- Ya te he dicho que te ha quedado muy rico...
- Sí. Ya me has dicho y yo he prometido darte la receta… - la Coleman hablaba haciendo que duraran las palabras, suspendiéndolas en el aire, creando un espacio de tranquilidad - Marie Ann, sabes que puedes confiar en mí.
- Bien, el caso es... (bajó la voz) – en mi pedazo de pastel he encontrado un pequeño tornillito – y soltó una risa como si acabara de ser pillada por sorpresa por un eructo involuntario.
La señora Coleman, se apartó de la señora Miller. Horrorizada, sorprendida, engañada. Experimentaba el mismo dolor que le provocó la broma de mal gusto que le habían gastado de pequeña en la escuela, cuando les llevaron de excursión a las cuevas de Loama. Una niña de un curso superior la engatusó, pegando el oído a la pared de la entrada de la cueva se podía escuchar la voz de un sangriento forajido allí sepultado, y ella colocó la cabeza y sintió primero el frío de la piedra en su mejilla y al instante un dolor punzante, porque la perversa compañera le había pegado un tremendo manotazo, estampándola contra la roca. La voz del forajido fue un pitido que se le mantuvo un día entero y los ecos de las risas de las niñas mayores.
- Marie Ann jamás pensé que fueras tan envidiosa como para acusarme de estas barbaridades. ¿De donde podría haber salido el tornillo que me dices?
La señora Miller, abrió la mano derecha e hizo que bailara en su palma un tornillo diminuto, del tamaño de la tercera falange de su meñique. - Claudia, no te alteres, no es gran cosa, además, nadie lo sabe, yo no lo diré.
La señora Coleman, tomo el tornillo entre sus dedos pulgar e índice, simuló analizarlo y después lo lanzó al jardín. Se giró hacia la señora Miller y le preguntó con voz desértica. - Dime Marie Ann, - ¿ tu hija sale con un negro?






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©Tomás Muñoz Sacristán :: yambria :: barcelona :: 2004