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La excitación de una próxima confesión por parte
de aquella antigua amiga, tantos años distanciada la hizo estremecer.
Incluso se preguntó porqué razón habían
dejado de ser amigas, y estuvo al instante dispuesta a la reconciliación
incondicional. Miró a la señora Miller asumiendo su papel,
mostrando en las arrugas que rodeaban sus ojos, preocupación,
sincero interés, “cuéntame querida, puedes estar
segura de mi discreción”
Pero después de aquel cúmulo de esfuerzos de acercamiento
por parte de la señora Colema la Miller preguntó simplemente,
- ¿dónde cocinaste el pastel? –
¿Qué pregunta era esa?, ¿donde estaba la confesión?
La señora Coleman comprendió que la confesión debía
atañer un asunto extremadamente grave para que la señora
Miller sintiera tanto miedo como para seguir dando rodeos, hablando
del pastel de espinacas, igual que una niña que ha roto algo
y quiere decirlo para descargarse la culpa, mira al suelo y juega a
enredarse en los dedos el lazo de su vestido.
- aquí, en casa, querida.- respondió la Coleman
- Ya te he dicho que te ha quedado muy rico...
- Sí. Ya me has dicho y yo he prometido darte la receta…
- la Coleman hablaba haciendo que duraran las palabras, suspendiéndolas
en el aire, creando un espacio de tranquilidad - Marie Ann, sabes que
puedes confiar en mí.
- Bien, el caso es... (bajó la voz) – en mi pedazo de pastel
he encontrado un pequeño tornillito – y soltó una
risa como si acabara de ser pillada por sorpresa por un eructo involuntario.
La señora Coleman, se apartó de la señora Miller.
Horrorizada, sorprendida, engañada. Experimentaba el mismo dolor
que le provocó la broma de mal gusto que le habían gastado
de pequeña en la escuela, cuando les llevaron de excursión
a las cuevas de Loama. Una niña de un curso superior la engatusó,
pegando el oído a la pared de la entrada de la cueva se podía
escuchar la voz de un sangriento forajido allí sepultado, y ella
colocó la cabeza y sintió primero el frío de la
piedra en su mejilla y al instante un dolor punzante, porque la perversa
compañera le había pegado un tremendo manotazo, estampándola
contra la roca. La voz del forajido fue un pitido que se le mantuvo
un día entero y los ecos de las risas de las niñas mayores.
- Marie Ann jamás pensé que fueras tan envidiosa como
para acusarme de estas barbaridades. ¿De donde podría
haber salido el tornillo que me dices?
La señora Miller, abrió la mano derecha e hizo que bailara
en su palma un tornillo diminuto, del tamaño de la tercera falange
de su meñique. - Claudia, no te alteres, no es gran cosa, además,
nadie lo sabe, yo no lo diré.
La señora Coleman, tomo el tornillo entre sus dedos pulgar e
índice, simuló analizarlo y después lo lanzó
al jardín. Se giró hacia la señora Miller y le
preguntó con voz desértica. - Dime Marie Ann, - ¿
tu hija sale con un negro?
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©Tomás Muñoz Sacristán :: yambria :: barcelona
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