| Al día
siguiente de visitar el MOMA en Berlín, pudimos leer en un artículo
de un periódico americano el efecto psicológico que tienen
en el turista accidental las colas, cuanto más largas mejor.
Sí, vereis: la atracción que ejerce un lugar turístico
es directamente proporcional al número de gente concentrada en
el lugar. Si, por ejemplo, en la cola hay dos mil personas, las ganas
del turista medio llegarán a dos mil voluntómetros.
Los más avispados ya sabrán que nosotros no formamos parte
de ese turismo cultural despistado y al que a la mínima le dan
gato por liebre, no. NOSOTROS COMEMOS PIZZAS Y FALAFELS, NO BRADWURST,
y lo acompañamos con Cocacola, no con cerveza. No somos de esos,
vale? Nosotros formamos parte de la élite iluminada que en un
mundo ideal debería pasar por delante de toda esta pléyade
de domingueros, de aficionados al impresionismo. Y es que nosotros fuimos
a Berlín precisamente para poder ir al MOMA. De hecho, somos
incluso más guays que eso, porque pensábamos ir a Nueva
York para ver la colección del MOMA, pero como mi pelo ha crecido
bastante desde que decidimos ir -y a los polis de NYC no les gusta el
pelo largo-, decidimos ir a Berlín. Vale, el hecho de que trasladaran
la colección permamente a esta ciudad también ayudó.
El turista accidental se conformará con poder decir "hicimos
ocho horas de cola, pero al final conseguimos entrar, tú",
y el amigo del turista accidental pensará "tenemos que ir".
El estudio al que me refería al principio vale para ellos. Ya
os he dicho que nosotros no somos turistas accidentales, si seguís
leyendo descubrireis por qué.
Después de pasar dos o tres días haciendo el guiri por
Berlín (Postdamerplaz, Alexandarplaz, el Reichstag, el ayuntamiento,
los carteles en alemán, ese metro que tienen, las bicis, la puta
lluvia, el pensar en comprarte una bufanda y en las bermudas que tienes
en la mochila y que ocupan el mismo espacio que una bufanda), nos decidimos
a dar el paso definitivo: hoy iremos al MOMA, a visitar la colección
de arte moderno más impresionante que nuestros ojos tendrán
ocasión de disfrutar en su perra vida. Los voy a decir todos
de carrerilla: Miró, Picasso, Dalí, Monet, Cezanne, Chagal,
Matisse, Rothko, Pollock, Modigliani, Hopper, Duchamp, Van Gogh, Gris,
Rousseau, Warhol... Seguro que me dejo alguno, ahí está
la gracia. Cuando llegamos al edificio diseñado por Mies Van
der Rohe -qué pequeño parece desde fuera-, escuchamos
a unos italianos (quién puede librarse de escuchar a italianos
hablar entre ellos cuando estás en el extranjero? Nadie. Juro
que vi por lo menos dos italianos que empezaban a hablar-vociferar entre
ellos justo cuando se daban cuenta que había alguien alrededor
de ellos, observándolos) comentar que sólo hay tickets
para domani. Hay que joderse, aquí qué pasa. No nos movemos
de la cola -fijo que nos quedamos atrapados en su campo magnético,
que además acababa de desprenderse de sus átomos italianos
gritones- y la prima antipática de Goebbels nos informa que la
cola para entrar dura unas cuatro horas (una mierda!) y que las entradas
VIP (que valen 27 euros y te permiten entrar y saludar a los pobres
mortales en la cola) están agotadas. Me da igual, porque he conseguido
engañar a la señora del bigote haciéndole creer
que mi carnet de la biblioteca era de estudiante, ajá! La República
alemana tiene cinco euros menos ahora, colas a mí!
continúa
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