| Bastante anonadados
por la información que Herr Goebbels nos ha dado, dirigimos nuestros
pasos a la pizzería más cercana, donde nos ñampamos
una pizza que finalmente -muy finalmente, lo intenté de veras-
no cupo entre nuestro pecho y espalda. Una cosa bastante preocupante
sobre los alemanes: cómo comen los hijos de puta, es alucinante!
Te ponen unas raciones demenciales, no en vano mi pizza parecía
uno de aquellos garajes de juguete con pisos, rampas y subterráneos
secretos llenos de pepperoni, así es como era. Cuando se lo comentamos
a una de las dos personas simpáticas que encontramos en toda
Alemania, la camarera del Galleria, ella mueve la mano así para
atrás y se ríe de nosotros. Al día siguiente volvimos
y pedimos una sola pizza para los dos. Pero me estoy adelantando.
Ha pasado un día y volvemos a estar delante del edificio del
MOMA, que a estas alturas ya ha adquirido una aureola de familiaridad
que no dejará de crecer en las próximas ocho horas. Son
las nueve de la mañana y la cola da la vuelta al edificio, cuya
superficie (me niego a medirlo en campos de futbol) ocupa el espacio
de unos dos campos de basquet y medio. Ja, ja, qué bien, nos
esperan cuatro horas, tampoco es tanto. Media hora, un crucigrama y
un matador Marlboro alemán después, una Momanizer va distribuyendo
unos programas del museo. Cuando llega a los dos españoles con
cara de estar pasándolo realmente bien, estos le preguntan cuando
tardaremos en entrar. Entonces separa sus labios y, como si de un comic
se tratara, las palabras "OCHO HORAS" salen de su boca. Le
pregunto unas diez veces si está de broma, ella me responde dos
veces que no. Nos encogemos de hombros y pienso en la hermana de Klaus
Barbie, la que nos vendio la entrada el día anterior. Creo que
se dio cuenta que era el carnet de la biblioteca pero me hizo el descuento
igualmente. El rollo es que nos dijo cuatro horas, exactamente la mitad
del tiempo real de espera. FIJO que se dio cuenta que mi carnet era
falso, qué cojones. Los alemanes me matan!
Miro a mi alrededor, a la que será mi familia durante las próximas
ocho horas. Pienso si seré capaz de aguantar tanto rato al lado
de Marta, mi amor (sé que ella me aguantará perfectamente
porque yo soy encantador). A eso de las diez, hemos avanzado el espacio
equivalente a un triple de baloncesto, un señor toca canciones
de Strauss con su flauta. Lo hace bastante bien y le doy medio euro.
Detrás nuestro tenemos a una señora de mediana edad con
pinta de profe de mates con su hija de dieciseis años. Esta mujer
se tirará las ocho horas enteras guardando cola, mi aplauso y
admiración desde aquí. Delante tenemos un grupo de jóvenes
y alegres alemanotes que prometen bastante. Uno parece el nieto satanista
de Leon Trotsky, el mismo pelo de punta y las gaficas de concha y un
estremecedor tatu con una estrella invertida en el antebrazo. Este cabrón
se convertirá en la Persona Más Odiada de la Cola por
Mí. Sus amigos vendrán a sustituirlo en un momento dado
(calculo que estuvo un 50% del tiempo que de todas maneras no es ninguna
broma), se pasará el rato bebiendo cerveza y matando avispas
(en Alemania, hay tantas avispas por el aire como bicis por el carril
bici y mierdas de perro en las aceras: muchísimas) con un Die
Welt enrollado, haciendo que yo baje mi cabeza sobresaltado cada vez.
Una de las chavalas del grupeto lleva una sudadera de Die Toten Hosen,
que vienen a ser unos Extremoduro a la alemana. Todos beben mucha cerveza
durante mucho rato y se ríen mucho y muy alto. Van tajas, claro.
O sea, para mí van tajas, quizá para ellos beber diez
birras en la cola del museo igual es lo mismo que para nosotros el vermut
de los domingos. El rollo es que siete alemanes creen que emborracharse
en la cola de un museo es una buena idea y, mientras meo con ellos tres
segundos después de entrar, pienso que quizá no hubiera
sido tan mala idea.
continúa
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