corresponsalías

polémicas [risas] manifiesto enlaces yambrientos versión imprimir home
visita al moma en berlín[2]


 

Bastante anonadados por la información que Herr Goebbels nos ha dado, dirigimos nuestros pasos a la pizzería más cercana, donde nos ñampamos una pizza que finalmente -muy finalmente, lo intenté de veras- no cupo entre nuestro pecho y espalda. Una cosa bastante preocupante sobre los alemanes: cómo comen los hijos de puta, es alucinante! Te ponen unas raciones demenciales, no en vano mi pizza parecía uno de aquellos garajes de juguete con pisos, rampas y subterráneos secretos llenos de pepperoni, así es como era. Cuando se lo comentamos a una de las dos personas simpáticas que encontramos en toda Alemania, la camarera del Galleria, ella mueve la mano así para atrás y se ríe de nosotros. Al día siguiente volvimos y pedimos una sola pizza para los dos. Pero me estoy adelantando.
Ha pasado un día y volvemos a estar delante del edificio del MOMA, que a estas alturas ya ha adquirido una aureola de familiaridad que no dejará de crecer en las próximas ocho horas. Son las nueve de la mañana y la cola da la vuelta al edificio, cuya superficie (me niego a medirlo en campos de futbol) ocupa el espacio de unos dos campos de basquet y medio. Ja, ja, qué bien, nos esperan cuatro horas, tampoco es tanto. Media hora, un crucigrama y un matador Marlboro alemán después, una Momanizer va distribuyendo unos programas del museo. Cuando llega a los dos españoles con cara de estar pasándolo realmente bien, estos le preguntan cuando tardaremos en entrar. Entonces separa sus labios y, como si de un comic se tratara, las palabras "OCHO HORAS" salen de su boca. Le pregunto unas diez veces si está de broma, ella me responde dos veces que no. Nos encogemos de hombros y pienso en la hermana de Klaus Barbie, la que nos vendio la entrada el día anterior. Creo que se dio cuenta que era el carnet de la biblioteca pero me hizo el descuento igualmente. El rollo es que nos dijo cuatro horas, exactamente la mitad del tiempo real de espera. FIJO que se dio cuenta que mi carnet era falso, qué cojones. Los alemanes me matan!
Miro a mi alrededor, a la que será mi familia durante las próximas ocho horas. Pienso si seré capaz de aguantar tanto rato al lado de Marta, mi amor (sé que ella me aguantará perfectamente porque yo soy encantador). A eso de las diez, hemos avanzado el espacio equivalente a un triple de baloncesto, un señor toca canciones de Strauss con su flauta. Lo hace bastante bien y le doy medio euro. Detrás nuestro tenemos a una señora de mediana edad con pinta de profe de mates con su hija de dieciseis años. Esta mujer se tirará las ocho horas enteras guardando cola, mi aplauso y admiración desde aquí. Delante tenemos un grupo de jóvenes y alegres alemanotes que prometen bastante. Uno parece el nieto satanista de Leon Trotsky, el mismo pelo de punta y las gaficas de concha y un estremecedor tatu con una estrella invertida en el antebrazo. Este cabrón se convertirá en la Persona Más Odiada de la Cola por Mí. Sus amigos vendrán a sustituirlo en un momento dado (calculo que estuvo un 50% del tiempo que de todas maneras no es ninguna broma), se pasará el rato bebiendo cerveza y matando avispas (en Alemania, hay tantas avispas por el aire como bicis por el carril bici y mierdas de perro en las aceras: muchísimas) con un Die Welt enrollado, haciendo que yo baje mi cabeza sobresaltado cada vez. Una de las chavalas del grupeto lleva una sudadera de Die Toten Hosen, que vienen a ser unos Extremoduro a la alemana. Todos beben mucha cerveza durante mucho rato y se ríen mucho y muy alto. Van tajas, claro. O sea, para mí van tajas, quizá para ellos beber diez birras en la cola del museo igual es lo mismo que para nosotros el vermut de los domingos. El rollo es que siete alemanes creen que emborracharse en la cola de un museo es una buena idea y, mientras meo con ellos tres segundos después de entrar, pienso que quizá no hubiera sido tan mala idea.


 

continúa [1] [2] [3] [4]
[volver al index]