| Ella sacó
el pescado de su lata. Cortado, procesado, limpio y sin rastros de su
forma, sin el diseño exterior que fabrican los espacios naturales.
Con eso que reconocemos a simple vista como la ingestión de un
dolor estomacal. Así comí, no por cortesía sino
porque después de prestar servicio militar aprendí a no
poner resistencia ante el dolor, a dejarlo fluir hasta que llega al
inconsciente como un mal sueño.
El de las balas zumbando en las orejas, el resorte del arma mal puesto
en la mañana, el que sabías que había quedado mal
pero no corregiste por el afán de no quedar último en
la fila, aun en la oscuridad para tomar el desayuno. Ahora el fusil
trabado después de la primera ráfaga, no aciertas a corregir
tu error; es el golpeteo del miedo en las manos, que viene del cielo,
al que miras buscando los helicópteros. No tienes que estar aquí,
se equivocaron, los que salieron del San Antonio no prestan la milicia
en la selva. Se oyen los black hawk, en dos minutos descargarán
sus ráfagas sobre el enemigo; guerrilleros, paramilitares o como
si fuera Pizarro, da lo mismo.
Peinar el territorio, encontrar un cadáver, el de una mujer,
contemplarlo afligido, oír los gritos del sargento –¡qué
mira!, ¿las tetas?, ¡rápido las insignias y el arma
desa puta Roncansio!-. Cruzar en la noche la jungla con sanguijuelas
en las piernas, garrapatas, insectos que crían sus larvas bajo
la piel. No importan ahora, tal vez eres un asesino y a la mañana
siguiente al llegar a una hacienda un cobarde, cuando los gritos de
tortura salgan de la casa. Son de interrogatorio acostumbrado y procedimiento
de los brigada especial. Tienes una ametralladora y no haces nada, son
campesinos que cuidan plantas de coca o de opio solo plantas, pero lo
pensaste mucho, calla por tu bien. No puedes hacer nada, los de la brigada
pueden saltar desde treinta metros a un río oscuro de remolinos,
conocen el sabor de todos los gusanos que hay en la jungla, hacen negocios
y también pueden mandar una notificación a tu casa diciendo
que has muerto en combate sino cierras el pico. Pero de todas formas
eres un cobarde.
Un millón de rojos y azules diminutos se dejan ver sobre relámpagos
de plata o peces neón, pieles invisibles de todos los colores,
lenguas que son ojos, pieles oídos, todos los devenires de la
materia que hay en la selva y que en jaulas y peceras no sirven para
nada. Todos esos barcos pasarán por este río. Vigilar
el tráfico de especies pero dejando pasar los contrabandos a
pesar de que ya tengas puntería, de poder armar y desarmar el
fusil con los ojos cerrados y, saber en que parte del cuerpo tienes
que dispararle a un mico para que muera en el acto y asarlo en la cena,
no como la primera vez que se pasó la mano por el pecho ensangrentado,
te la mostró mirándote a los ojos, recordándote
que eres un asesino. Pasa un barco, el negocio se hace en tus narices,
hay fajos de dólares y también tu parte soldado, porque
ya no eres tonto. Hablas, bromeas, fumar hierba y lo que te regalen.
Quieren tenerte contento porque les has dicho que quieres seguir la
carrera militar. Y se lo tragaron. Así que ya no hay que ir a
zonas de combate, estas en el negocio y faltan cuatro meses para ir
a casa, algo inventaras a tu sargento; que veras a tu familia o lo que
sea del mundo de mentiras que tejiste. Por ahora a fumar contemplando
el río, recibir la pasta, hasta tienes novia en la aldea cercana,
poco más y piensas en Gauguin y su travesía. Y en cuatro
meses a casa como un héroe a contar historias. Sabrás
algo cuando llegues, que mejor sería estar en la selva.
continúa
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