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Pizarro [b]



:: Helmer Roncancio::

Ella sacó el pescado de su lata. Cortado, procesado, limpio y sin rastros de su forma, sin el diseño exterior que fabrican los espacios naturales. Con eso que reconocemos a simple vista como la ingestión de un dolor estomacal. Así comí, no por cortesía sino porque después de prestar servicio militar aprendí a no poner resistencia ante el dolor, a dejarlo fluir hasta que llega al inconsciente como un mal sueño.
El de las balas zumbando en las orejas, el resorte del arma mal puesto en la mañana, el que sabías que había quedado mal pero no corregiste por el afán de no quedar último en la fila, aun en la oscuridad para tomar el desayuno. Ahora el fusil trabado después de la primera ráfaga, no aciertas a corregir tu error; es el golpeteo del miedo en las manos, que viene del cielo, al que miras buscando los helicópteros. No tienes que estar aquí, se equivocaron, los que salieron del San Antonio no prestan la milicia en la selva. Se oyen los black hawk, en dos minutos descargarán sus ráfagas sobre el enemigo; guerrilleros, paramilitares o como si fuera Pizarro, da lo mismo.
Peinar el territorio, encontrar un cadáver, el de una mujer, contemplarlo afligido, oír los gritos del sargento –¡qué mira!, ¿las tetas?, ¡rápido las insignias y el arma desa puta Roncansio!-. Cruzar en la noche la jungla con sanguijuelas en las piernas, garrapatas, insectos que crían sus larvas bajo la piel. No importan ahora, tal vez eres un asesino y a la mañana siguiente al llegar a una hacienda un cobarde, cuando los gritos de tortura salgan de la casa. Son de interrogatorio acostumbrado y procedimiento de los brigada especial. Tienes una ametralladora y no haces nada, son campesinos que cuidan plantas de coca o de opio solo plantas, pero lo pensaste mucho, calla por tu bien. No puedes hacer nada, los de la brigada pueden saltar desde treinta metros a un río oscuro de remolinos, conocen el sabor de todos los gusanos que hay en la jungla, hacen negocios y también pueden mandar una notificación a tu casa diciendo que has muerto en combate sino cierras el pico. Pero de todas formas eres un cobarde.
Un millón de rojos y azules diminutos se dejan ver sobre relámpagos de plata o peces neón, pieles invisibles de todos los colores, lenguas que son ojos, pieles oídos, todos los devenires de la materia que hay en la selva y que en jaulas y peceras no sirven para nada. Todos esos barcos pasarán por este río. Vigilar el tráfico de especies pero dejando pasar los contrabandos a pesar de que ya tengas puntería, de poder armar y desarmar el fusil con los ojos cerrados y, saber en que parte del cuerpo tienes que dispararle a un mico para que muera en el acto y asarlo en la cena, no como la primera vez que se pasó la mano por el pecho ensangrentado, te la mostró mirándote a los ojos, recordándote que eres un asesino. Pasa un barco, el negocio se hace en tus narices, hay fajos de dólares y también tu parte soldado, porque ya no eres tonto. Hablas, bromeas, fumar hierba y lo que te regalen. Quieren tenerte contento porque les has dicho que quieres seguir la carrera militar. Y se lo tragaron. Así que ya no hay que ir a zonas de combate, estas en el negocio y faltan cuatro meses para ir a casa, algo inventaras a tu sargento; que veras a tu familia o lo que sea del mundo de mentiras que tejiste. Por ahora a fumar contemplando el río, recibir la pasta, hasta tienes novia en la aldea cercana, poco más y piensas en Gauguin y su travesía. Y en cuatro meses a casa como un héroe a contar historias. Sabrás algo cuando llegues, que mejor sería estar en la selva.

 

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