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Los niños a la edad de 9 años creen que la forma en que
perciben el mundo es propia a todos, al relacionarse con muchachos de
su edad algunos de ellos se dan cuenta de ciertas deficiencias físicas,
falta de visión es la más típica, no ser capaz
de distinguir un letrero o un marcador de baloncesto nunca había
sido un problema, hasta que te percatas que eres el único incapaz
de dar sentido a esas luces difusas. Julio descubriría que su
mundo era distinto.
- ¿Vamos juntos a la Tina? – preguntó Inés
mirándolo tímidamente. Julio sonrió pícaramente,
sus ojos despedían un brillo de admiración.
- ¿Cómo eres capaz de formar continuamente frases de 18
letras?.- Inés no respondió, no entendía la pregunta,
a qué podía referirse. Julio se dio cuenta del desconcierto.
- Sí, siempre formas frases de 18 letras, bueno sólo cuando
preguntas, pero siempre estás preguntando algo. ¿Vamos
juntos a la Tina? ¿Qué haces esta tarde? ¿Quieres
ser mi novio?.
Inés se río, éstas habían sido sus últimas
preguntas, aunque no entendía el juego se sentía importante
ya que él recordaba todo lo que había dicho. Le cogió
de la mano, para llevarle hacia la Tina, le gustaba el chapoteo del
chorro al caer sobre la pileta y el murmullo del agua según se
escapaba por la canaleta inferior. No pensaba estropear esta tarde de
primavera en dar sentido a esa extraña pregunta.
Sin embargo, durante esa tarde se daría cuenta de que su primer
novio era capaz de adivinar cuántas letras tenía cualquier
frase que ella pronunciara. Su nombre 4, el de él 5, su nombre
y sus cuatro primeros apellidos 39; la canción que recién
había aprendido para saltar a la comba 785.
Sorprendida se despidió de él – Mañana nos
vemos en el colegio.
- Adiós - Respondió Julio, sacudiendo vigorosamente la
mano, mientras se dirigía calle abajo.
Tras un segundo de duda, Inés gritó – ¡Cinco!
–
Eran las 9 y cinco de la mañana cuando Julio arribó a
su clase de cuarto, dado que vivía en un pueblo pequeño,
ésa era la única clase de su nivel, llegaba tarde, pero
ya sabía que no le supondría ningún castigo, acostumbraba
a no ser puntual, no era un deseo, daba igual que saliera 15 minutos
antes de lo acostumbrado, se entrentendría ese tiempo durante
el camino al colegio. Estaba preparado para soportar la charla de Doña
Merche, sabía que no le sobrellevaría castigo alguno.
- Buenos días, Julio. Llegas otra vez tarde – comentó
Doña Merche al verle llegar.
- Sí – contestó lánguidamente Julio, sin
prestar atención conforme se dirigía a ocupar su sitio
en la clase.
Según se sentaba se percató de que todo el mundo le miraba,
era el centro de atención y eso le inquietó. Podría
ser que hoy fuera castigado, esperaba que no le castigarán a
quedarse una vez finalizado el colegio o que llamaran a su madre, porque
le iba a castigar, y Julio sí que temía los castigos de
su madre
continúa
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