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Os voy a contar una sencilla historia que hace poco me ocurrió
en nuestra Sierra de Carrascosa.
Todo empezó en otoño, y más concretamente en un
lunes que me había venido al pueblo huyendo del polvo y del ruido
de unas obras en mi piso de Madrid y como el día estaba soleado,
después de comer me fui a dar un paseo por la Sierra para mejor
disfrutar de la hermosura de la tarde.
Aparqué en la zona de las antenas y bajé andando por el
cortafuegos que desciende paralelo a la línea de tendido eléctrico.
Enfrente, cerrando el horizonte, se divisaba Uclés.
A la izquierda su robusta muralla y las torres del castillo que el rey
Almutamid de Sevilla le regaló a Alfonso VI en el año
1091. (No penséis que el rey Almutamid tenía el hobby
de regalar castillos a los cristianos; en realidad se trataba de una
parte de la dote por casarse con su hija, la Princesa Zaida). Y a la
derecha del castillo, el monasterio, cabeza que fue de la orden de Santiago
y con su historia ligada a los eximios poetas Jorge Manrique, Garcilaso
y Quevedo.
¡Qué bien suenan los versos de estos poetas voceados desde
lo alto de la Sierra!
Seguí descendiendo y a unos trescientos pasos me encontré
con otro cortafuegos. Tomé el ramal de la derecha, desde donde
se divisaban los innumerables arcos del acueducto del trasvase Tajo
Segura y debajo el pueblo de Alcázar del Rey. Un poco más
al norte, las casas enjalbegadas de Vellisca parecían una bandada
de palomas blancas que se hubieran posado en la falda azulada de la
Sierra de Altomira.
Por la carretera de Rozalén venía un turismo. Se detuvo
y descendió una persona que parecía no hacer otra cosa
sino mirar el paisaje. Algo brilló junto a su cara, tal vez las
gafas o quizá una cámara de fotos y como el brillo se
convirtió en destellos deduje que estaría utilizando un
flax.
Me pareció insólito que alguien sacara fotos de estos
parajes en los que, salvo rastrojos y barbechos, no había nada
que pudiera llamar la atención de los turistas. Y lo que son
las cosas, la actitud de esta persona, tal vez extranjera, hizo que
mirara yo lo nuestro con ojos diferentes, admirándome de la diversidad
de verdes y, sobre todo una infinidad de colores terrosos que tan bien
ha sabido pintar nuestro paisano, José Luis, el de Tino.
Sin duda que se trataba de un paisaje hermoso y como además,
en ese momento, recibía la caricia del viento, que me llegaba
con perfumes de pino y tomillo, pensé que no había en
el mundo lugar mejor que nuestra Sierra para disfrutar de la alegría
del sol y de la paz que aporta el contacto con la Naturaleza.
Además, entonces cantó una perdiz. Y fue tan oportuno
su canto, que me pareció que su voz sintetizaba la alegría
dispersa del paisaje.
“Nada es gratuito”, pensé, “y si ahora puedo
deleitarme contemplando y recorriendo estos parajes, quizá debería
corresponder de alguna forma”.
Entonces se me ocurrió la pequeña broma de dejar algo
mío.
continúa
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