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La ruta de las tres monedas

::Felix Angel Muñoz Valenciano::

 

Os voy a contar una sencilla historia que hace poco me ocurrió en nuestra Sierra de Carrascosa.
Todo empezó en otoño, y más concretamente en un lunes que me había venido al pueblo huyendo del polvo y del ruido de unas obras en mi piso de Madrid y como el día estaba soleado, después de comer me fui a dar un paseo por la Sierra para mejor disfrutar de la hermosura de la tarde.
Aparqué en la zona de las antenas y bajé andando por el cortafuegos que desciende paralelo a la línea de tendido eléctrico. Enfrente, cerrando el horizonte, se divisaba Uclés.
A la izquierda su robusta muralla y las torres del castillo que el rey Almutamid de Sevilla le regaló a Alfonso VI en el año 1091. (No penséis que el rey Almutamid tenía el hobby de regalar castillos a los cristianos; en realidad se trataba de una parte de la dote por casarse con su hija, la Princesa Zaida). Y a la derecha del castillo, el monasterio, cabeza que fue de la orden de Santiago y con su historia ligada a los eximios poetas Jorge Manrique, Garcilaso y Quevedo.
¡Qué bien suenan los versos de estos poetas voceados desde lo alto de la Sierra!
Seguí descendiendo y a unos trescientos pasos me encontré con otro cortafuegos. Tomé el ramal de la derecha, desde donde se divisaban los innumerables arcos del acueducto del trasvase Tajo Segura y debajo el pueblo de Alcázar del Rey. Un poco más al norte, las casas enjalbegadas de Vellisca parecían una bandada de palomas blancas que se hubieran posado en la falda azulada de la Sierra de Altomira.
Por la carretera de Rozalén venía un turismo. Se detuvo y descendió una persona que parecía no hacer otra cosa sino mirar el paisaje. Algo brilló junto a su cara, tal vez las gafas o quizá una cámara de fotos y como el brillo se convirtió en destellos deduje que estaría utilizando un flax.
Me pareció insólito que alguien sacara fotos de estos parajes en los que, salvo rastrojos y barbechos, no había nada que pudiera llamar la atención de los turistas. Y lo que son las cosas, la actitud de esta persona, tal vez extranjera, hizo que mirara yo lo nuestro con ojos diferentes, admirándome de la diversidad de verdes y, sobre todo una infinidad de colores terrosos que tan bien ha sabido pintar nuestro paisano, José Luis, el de Tino.
Sin duda que se trataba de un paisaje hermoso y como además, en ese momento, recibía la caricia del viento, que me llegaba con perfumes de pino y tomillo, pensé que no había en el mundo lugar mejor que nuestra Sierra para disfrutar de la alegría del sol y de la paz que aporta el contacto con la Naturaleza.
Además, entonces cantó una perdiz. Y fue tan oportuno su canto, que me pareció que su voz sintetizaba la alegría dispersa del paisaje.
“Nada es gratuito”, pensé, “y si ahora puedo deleitarme contemplando y recorriendo estos parajes, quizá debería corresponder de alguna forma”.
Entonces se me ocurrió la pequeña broma de dejar algo mío.

 


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