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La ruta de las tres monedas
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Rebusqué en mis bolsillos y sólo encontré una moneda de dos euros.
Pensé dejar caer la moneda, para que alguien la hallara, pero enseguida comprendí que no era buena idea, porque la lluvia o el aire la podrían enterrar. Lo que hice fue construir una pequeña pirámide. Como base coloqué cinco piedras a un par de pasos fuera del camino, encima de ellas situé otras tres un poco menores y de cúspide una piedra más pequeña, una geoda, que presentaba una pequeña cavidad circular dentro de la cual situé la moneda de dos euros. Su forma tenía la ventaja de proteger la moneda sin impedir que fuera visible.
Sonreí pensando que esta pequeña construcción piramidal podría llamar la atención de un posible caminante, tal vez un cazador, o un trabajador de los que podan los pinos... y me alegré por la pequeña sorpresa que se llevaría al encontrar la moneda.
Después me volví para casa y, como se terminaron mis vacaciones, regresé a Madrid.
Tres semanas más tarde volví a la Sierra. Era sábado.
Deseaba saber qué había pasado con mi moneda. Desde lejos vi que la diminuta pirámide de piedra se mantenía en pie.
Tratando de acercarme al artilugio geométrico pisé fuera del camino cuando algo sonó junto a la suela de mi zapato. Era una especie de silbido...
—¡Una culebra! — grité asustado, al mismo tiempo que daba un salto hacia atrás, pero con la mala suerte que me golpeé el pie con una piedra.
“¡Dios Santo! ¡Menos mal que no la he pisado!”.
La culebra era bastante grande y me amenazaba con las fauces abiertas exhibiendo una asquerosa lengua que no cesaba de vibrar.
Me dolía el tobillo y el calcetín mostraba una mancha de sangre. Cojeando un poco, pero ya sin importarme la presencia del reptil, me acerqué hasta la pirámide, porque necesitaba comprobar que seguía estando allí la moneda de dos euros.
Lo que vi no me lo podía esperar: Allí no había una moneda, sino dos. Y yo solamente había dejado una. De eso estaba muy seguro.
Era increíble que en vez de llevarse mi moneda, alguien hubiera depositado otra.
No lo entendía, pero me alegré casi como me alegraba cuando jugaba con el equipo de fútbol de nuestro pueblo y metía un gol. Y lo que me puso contento fue que hubieran entendido mi broma y que la siguieran hasta convertirla en una especie de juego. Bastante seria es ya la vida.
Sin saber muy bien porqué, coloqué en la geoda una tercera moneda, también de dos euros. Y me marché, pero prometiéndome volver para comprobar en qué paraba todo.
Transcurrido el invierno y, cuando ya estaban florecidas las aliagas, volví a recorrer lo que desde entonces podemos llamar “La ruta de las tres monedas” y ocurrió lo que era natural, que las tres monedas habían desaparecido..., y que no había ni rastro de la pirámide.
Con todo, nadie perdió.
Quien encontró los seis euros, eso que ganó. Y yo también estoy contento, salvo que me gustaría conocer a esa persona que aportó la segunda moneda a la historia.
famuva@terra.es

 


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© Felix Angel Muñoz Valenciano:: yambria :: barcelona :: 2004