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En otra de las caídas le vemos de pie en mitad de un camino rural, inclinándose hacia un lado y recuperando su posición, empeñado en caer, en vencer los mecanismos de defensa del cuerpo que tratan de restituirnos a la posición de equilibrio. Si sustituyéramos al artista por una columna de su misma altura y la empujáramos donde debiera estar la cabeza, veríamos una caída perfecta. La columna no tiene miedo a caer, no se repliega sobre si misma tratando de amortiguar el golpe, minimizar los daños. Me levanto con la curiosidad de imitarle, me quedo de pié en un prado inclinándome sobre el costado derecho, los brazos pegados, levanto el pie izquierdo del suelo pero cuando pierdo el equilibrio el pie alzado sale disparado para apoyarse justo donde se necesitaba. Al fijar el artista sus propósitos en la caída la desposee
de los elementos cómicos que tiene para los humoristas del cine
mudo. Al verla algunos nos reímos para protegernos y no tener
que pensar. Descartemos la comedia. Tampoco existe la belleza puramente
formal, cinética. Daniel Barenboim en una conversación con Edward Said habla de
un crescendo en una sinfonía de Beethoven seguido de un súbito
piano. “Cuando Beethoven señala un crescendo antes de un
súbito piano, significa que la última nota antes de llegar
al piano debe ser la nota más fuerte del crescendo. Hace falta
mucho valor para lograrlo porque físicamente es difícil.
Es mucho más fácil crear un crescendo hasta cierto punto
y después dejarlo caer cómodamente hasta convertirlo en
un piano, pero así pierdes la sensación de llegar al abismo”
“tienes que llegar al precipicio y no caer al final”
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