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En primer lugar, disculparme por haber demorado tanto en otra entrega
de este espléndido país. Y lo digo con todas las letras
de la palabra. Pese a las costumbres que nos parezcan mal, o en algunos
casos, incluso a mí me horroricen (las hay en todos lados), este
país sigue teniendo un espíritu infantil. No en el sentido
de tonto, sino de inocente y a veces “buena gente”.
Os resumo lo último que me ha pasado, que es algo que a cualquiera
le puede pasar, y que con la ayuda de un local, es fácilmente
entendible y hasta apreciable.
Vengo de un viaje de trabajo a una fábrica de motos. Está
a una hora y media del aeropuerto más cercano. Para aquellos
curiosos, se llama Yiwu, y esta a unos 400 kilómetros al suroeste
de Shanghai. Pese a la relativa cercanía (en comparación
con la magnitud de esta nación) a la multicultural mega polis,
existe una diferencia abismal a todos los niveles. Económico,
social, ambiental, y todos los “tales” que podamos poner.
A lo que iba. Ayer aterrice en un aeropuerto en el que no había
vías de rodaje, el avión, tras aterrizar, gira sobre sí
mismo en la pista y regresa a la terminal, donde hay una puerta de entrada
y una de salida. Obviamente, hay una sala de espera. Acostumbrado a
los 20º C de Guangzhou, donde resido, los 5 que me recibían,
me supieron a gloria. Tras pasar la puerta de llegadas, una avalancha
de taxistas profesionales y “rémoras al quite” esperan
la llegada de todo el avión. Te abordan con un “jalou”
(leer como está escrito) y te enseñan la llave del coche.
Lo normal, salvo que tengas un acompañante que se la sepa, es
que compartas el mismo auto con otros clientes. Es como un mini-bus
personalizado. En mi caso, compartí con dos chicas que iban a
ver a sus novios, y un empresario nacional que iba, igual que yo, “de
negocios”. Tras 15 minutos muy agradables, todo sea dicho, llegué
a mi hotel. Por fuera, las 3 estrellas parecían una, pero al
entrar, comprobé que la calidad del sitio merecía la calificación.
Subí a mi habitación, y cuando hube sacado las cosas necesarias,
decidí marchar a ver la ciudad, un poquito, y menos todavía,
siendo las diez y media, y estando el pueblo acostado o a punto. Al
menos pude tomar unas fotos, y ver que los coches patrulla de la ciudad
son vehículos eléctricos de golf adaptados para el uso.
Me pareció muy interesante y en realidad un avance, por economía
y por contaminación ambiental y acústica. A mi regreso
a la habitación, me conecté en Internet para mandar unos
documentos que debía a mi jefe...
Todo ha ido normalmente durante la visita. Algunos defectos que he detectado,
y desde allí, a Hangzhou. Esta ciudad, famosa por su lago en
mitad de la urbe, me preparaba una sorpresa, que al final hemos podido
resolver entre la chofer (sí, ella), y un servidor. En un principio,
y puesto que en Shanghai me esperaba otra importante reunión,
me debía desplazar en autobús. Supongo que el servicio
férreo será más rápido, sobre todo porque
no hay atascos en las vías. Pero al llegar a la estación,
hemos descubierto que los autobuses programados para ese día
ya habían salido.
continúa
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