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- ¿Crees que son felices?
- No.
Entonces me mordí los labios porque había
contestado demasiado rápido. Vi sus caras sonrientes, sombreadas
por el humo que salía constantemente de los tubos de escape.
Son las caras del Baramke, me dije, uno de los lugares que mejor conozco
de Damasco, probablemente el más sucio. Me monté en el
taxi-service para volver a Amman, uno cualquiera de los muchos que esperan,
durante horas, atrapar a los cuatro pasajeros que necesitan para salir
o a alguno con ganas de ir más cómodo y con un bolsillo
generoso. Yo ya era una habitual de entre las caras del Baramke, y el
cojito que saluda siempre en mil idiomas ya tiene preparado el “hola,
señorita” para darme la bienvenida a la emblemática
y ronroneante estación.
Me despedí de A., que había sido mi anfitrión en
mis primeros cuatro días de vuelta en Oriente Medio y salí
en dirección a Jordania. Iba sentada delante, hecho que sostuve
por obvio casi sin preguntar, pues era mujer y sola. Sin embargo, a
uno de mis compañeros de viaje no pareció gustarle el
acuerdo puesto que ya había pensado agenciarse el asiento de
co-piloto y no esperaba que apareciese, a esas alturas, ninguna fémina
que pretendiese viajar sin acompañante. Hasta la salida de Damasco,
estuvo enzarzado en una acalorada discusión con el conductor,
que se cuidó mucho de no defender abiertamente mis derechos a
no ser rozada en el asiento de atrás por hombre alguno. A cambio
de aquella imparcialidad, me invitó a un nescafé en la
frontera y más tarde, cuando el decepcionado pasajero bajó
del taxi a la entrada de Amman, aprovechó el conductor la ocasión
para dejarle claro al viajero que aún quedaba en el asiento trasero
– y ya de paso a mí- que, bajo ningún concepto,
habría permitido que una señorita, sola, se sentase detrás.
Cualquier buen musulmán era capaz de entender eso.
El caso es que durante todo aquel trayecto, ni siquiera me resultó
incómoda la reacción del contrariado compañero
de viaje. Muy al contrario, me sentía la espectadora de una gran
obra de teatro que se había desplegado sólo para mi completo
disfrute. Aquellos actores interpretaban los papeles que les habían
adjudicado, cada uno el suyo, y yo simplemente observaba y aprendía
alguna que otra nueva palabra en árabe. Aquellos cuatro días
en Siria me habían reconciliado con la zona. Pero eso era fácil,
pensé. Siria, desde el principio, produjo el efecto en mí
de un elixir revitalizante. Jordania era un hueso duro de roer. Pero
en aquel momento me sentía tan potente que intuí que incluso
Jordania iba a doblegarse ante mi fuerza.
En mi primer año de estancia, me había dejado llevar por
la decepción que penetraba, irremisiblemente y poco a poco, en
todos los extranjeros que pisábamos Jordania. Porque Jordania
no era lo que esperábamos...lo que nos habían contado.
No era la barbarie de Irak ni las revueltas de Palestina, pero tampoco
era el color de la danzante Marruecos o la alegría y el exotismo
de la gran capital siria. Jordania es el gris de los sillares de piedra
y es el marrón del desierto. Tiene la seriedad beduína,
aligerada únicamente por el rojo de los pañuelos que los
hombres se ciñen sobre las sienes. Jordania es un país
de contrastes humanos. Impenetrable para el extranjero desprevenido.
Sofocante y esquivo para una europea que intenta por todos los medios
que le abran las puertas de ese mundo inaccesible y le permitan echar
un vistazo.
continúa
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