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Al final del curso 2003-2004, en junio, creo que yo había conseguido exactamente lo contrario de lo que vine a buscar. Sentía una profunda y arraigada aversión por Jordania y los jordanos.
El viaje a Turquía que hicimos Vanessa y yo, tras acabar el curso en nuestras respectivas universidades, fue el último gong que nos hizo enfrentarnos a lo evidente. No soportábamos Jordania, nos estaba venciendo y cuando salimos de ella, nos encontrábamos ya al límite de nuestras fuerzas. Todo en Turquía nos parecía un regalo para los sentidos y para nuestras mentes debilitadas; Turquía la Bella, Turquía la Civilizada...
En aquella vuelta de Damasco a Amman, me planteé, seriamente por vez primera, que algo teníamos que estar haciendo mal, yo y todos los extranjeros, occidentales o no. Y me alegré de verme tan dispuesta a descubrir el fallo. Me alegré de haberme dado una segunda oportunidad, un segundo año que me permitiría –in sha´a Allah- volver a España con algo más que la espina de un recuerdo rencoroso.

No recuerdo ya las veces que hablé con Abu Mustafa para que viniera a arreglarme el agua caliente. Y también había perdido la cuenta de las veces que Bilal sí que se había presentado para arreglar la lavadora pero nunca lo conseguía.
El caso es que aquel 11 de noviembre, justo un día antes de que empezase la fiesta del final de Ramadan, los dos habían prometido que vendrían a horas tempranas de la mañana a adecentar una casa que se resistía ya desde hacía más de un mes a ser habitada.
Me despertó el sonido del móvil a las 8.10 de la mañana. Un mensaje de Mariví, la otra lectora de la Universidad Jordana, me avisaba del cierre de la universidad por duelo. Corrí a zarandear a Vanessa y pusimos la tele. Habían anunciado la muerte oficial de Arafat.
La semana anterior había muerto el rey de los Emiratos Árabes y también cerró la universidad en señal de duelo. Pensábamos que Arafat, el símbolo de la lucha por la libertad de un setenta por ciento de la población de Jordania, se merecía, como mínimo, los mismos honores. Abrimos el balcón, desde donde se ve ondear una bandera gigante del país. Esa mañana ondeaba exactamente igual que todas las mañanas, no había descendido a media asta.
Salí de casa de Vanessa para ir a la mía a esperar, en vano, pensé, a Abu Mustafa y Bilal. Para mi sorpresa, se presentaron puntualísimos y trabajaron con una aplicación que yo no me imaginaba ni en mis mejores sueños. Abu Mustafa consiguió, por fin, extraer agua caliente, y aproveché su buen humor para mostrarle las manchas que amenazaban goteras en el techo de mi habitación. Abu Mustafa bufó que aquello suponía un gasto terrible que la casera ni pensaría en financiar y añadió que no me preocupase pues aquellas manchas nunca se iban a convertir en ducha. Así que le invité a un café y Abu Mustafa, de origen circasiano, me dio su particular visión de los jordanos.

 




 

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