| Llevaba
catorce años en el país, tras emigrar de Estados Unidos
y aún no había conseguido tener ni una sola relación
de amistosa confianza con un sólo jordano. Sin embargo, opinaba
que, para trabajar, eran los más responsables de toda la zona
de Oriente Medio. Yo le confesé mis problemas para entablar conversaciones
que fuesen más allá de lo superficial y él me dio
un consejo: debía empezar por los vecinos. Al parecer, el zapatero
remendón que tenía su taller debajo de mi casa se había
quejado profusamente de que yo no daba señales de vida y ni siquiera
había bajado a llevarle un té con pastas como solían
hacer los antiguos habitantes de mi casa. Tuve en cuenta su apunte y
decidí convertirme en una vecina ejemplar.
Vanessa y yo bajamos a comer al restaurante al-Quds
(Jerusalén), el más tradicional de Amman y el mejor para
nuestro gusto. Al-Quds está en pleno Balad (centro de la ciudad)
y pensamos que estaría cerrado o, al menos, denotaría
señales de dolor. El restaurante estaba a rebosar. En la hora
de la ruptura del ayuno (aún era Ramadan), lo que más
preocupaba a los viandantes era el ronroneo de sus estómagos.
Bebimos un batido de plátano en la calle, mientras esperábamos
que se vaciase el restaurante y aquellos que bebían con nosotras,
en la calle, se gastaban bromas entre ellos, bromas discretas, silenciosas,
con sonrisas cómplices.
En general, aquel día fue un día de fiesta, como correspondía
a un preludio del “aid” (la fiesta del Ramadan) y tras el
canto del almuédano, Amman despertaba y ya estaban todas las
tiendas del Balad abiertas y con la música de sus cantantes egipcios
favoritos desbordando las calles.
Parecíamos las más compungidas por la muerte de Arafat.
Me entristeció ver que mis pronósticos se habían
cumplido. Antes de aquel día, habíamos hablado de lo que
pasaría cuando se reconociera públicamente la muerte del
líder de al-Fatah y yo me había temido que en Jordania
ni se hablaría del asunto. Y efectivamente, así fue. Jordania
es un país que dejó de creer en los símbolos del
panarabismo hace bastante tiempo y el intento de crear otros nuevos
que pertenezcan a la nación solamente se quedó en el triste
resultado de la intolerancia y el rechazo a todo aquel que no pueda
demostrar su origen jordano. Hace tres años, por ejemplo, se
dictó una ley en las universidades que imponía la desaparición
de todos los doctores iraquíes que dieran clases allí.
Los doctores iraquíes han nutrido las universidades jordanas
durante décadas, debido a la buena fama de éstos y a la
carencia de doctores autóctonos. Jordania, como otros países
árabes, envió a sus estudiantes a completar doctorados
a Europa. Ahora vuelven, tras haber comprado los títulos en muchos
casos, y tienen prioridad ante los que han estado sacando las cátedras
adelante durante años.
La inmensa mayoría de los palestinos que vinieron a establecerse
en Jordania, acabaron convirtiéndose en los grandes empresarios
del país y actualmente, son ellos el motor de la economía
jordana. De los campos de refugiados y de las subvenciones que recibían
debido a su condición, una gran cantidad de ellos consiguieron
medrar invirtiendo en bienes inmuebles y negocios que supieron llevar
adelante. Muchos de los que hoy se consideran palestinos, víctimas
del conflicto, jamás han estado en Palestina, ni nacieron allí,
sino que son ya jordanos de tercera generación.
continúa
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