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Un palo voló para clavársele en el pecho, no pudo evitar
producir un gemido sordo. El dolor del golpe y la rabia de haber sido
encontrada se le agolpaban como nueces en los oídos. Sentía
que iba a aullar de un momento a otro. Necesitaba salir y atacar, arañar,
morder, expresar todo su odio hacia aquella vida miserable, hacia sus
enemigos que la perseguían sólo porque no era como ellos,
porque no pertenecía al mundo que todos ellos estaban obligados
a pisar. Las fuerzas le fallaron, cayó de bruces aún dentro
de su escondite. Perdió el aliento entre unas manos como garras
que la sacaron de las ruinas. Aún tenía despierto el nervio
que la obligaba a agitarse con espasmos, intentando escabullirse. Quiso
morir cuanto antes, que la tortura terminase pronto. Cerró los
ojos, evocó a sus hijos, muertos uno por uno, unos de inanición,
otros asesinados de diversas formas.
Un estruendo se sobrepuso de pronto a los gritos de los niños,
un minuto eterno en que parecía que la tierra iba a hundirse
entre las fauces de un cataclismo apocalíptico que provenía
del cielo. Aquel trueno terrorífico, como si tuviera vida propia,
sobrevoló los montes de la ciudad, sus ojos cerrados, las cabezas
de los niños, las grietas de las casas abandonadas y los jardines
de las mansiones y despareció en dirección noreste.
El balcón de la segunda planta se abrió de golpe, alguien
que tenía curiosidad por saber qué era aquel relámpago
sobrenatural que había sacudido la tierra estaba a punto de asistir
a una ejecución.
La voz disparó desde el balcón una orden terminante compuesta
de una algarabía de sonidos que pertenecen al lenguaje universal
de los humanos. Ella abrió los ojos, aletargada y descompuesta,
a la neblina donde se hundían sus temblores. Las garras aflojaron
la presión, momentos de vacilación, los niños no
sabían si obedecer el mensaje balbuceante de la extranjera inoportuna
o trasladar su operación a otro lugar menos expuesto a ojos avizores.
La voz volvió a gritar, con sonidos similares, esta vez amenazantes,
desde el balcón. Nuevos testigos aparecieron por la tienda de
la esquina. La dejaron tranquila. Se fueron. Ella se quedó yaciendo,
con hielo en las venas, como un trapo sobre el asfalto mojado por donde
se deslizaban las inmundicias que no habían acertado a colarse
por los agujeros de las alcantarillas. La dueña de la voz y del
balcón se quedó observándola un momento.
Cerrando las puertas del balcón, habló con su amiga que
bebía un té improvisado en el salón.
- Otra vez los niños torturando a los gatos.
- Era un caza que volaba hacia Irak. Está prohibido que vuelen
tan bajo sobre poblaciones.
La dueña del balcón se sentó al
tiempo que tomaba un sorbo de té de vainilla.
-Es una pena, lo del gato. Está vivo. Pero es
que les cojo cariño, y... ¿qué hago luego cuando
me vaya de la ciudad y abandone la casa...?
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