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Enero en el piso[2]

Andando por la calle a principios de enero, con más facturas acumuladas, recibí una llamada por la mañana. Parecía la voz de una mujer joven, sudamericana. “Soy una … amiga del Sr. F O, dice usted que nos pueden cortar el agua y la electricidad, ¿a qué cuenta le tengo que pagar lo que le debo?” “A la misma a la que pagan el alquiler. Además, este mes se están retrasando con el alquiler”. “De acuerdo, ahora estoy en un atasco, pero haré la transferencia el martes”. El lunes era festivo. Fin de conversación. Estaba extrañado por la pregunta tan tonta, pero alegre de que finalmente me llamasen.
Esa misma tarde, frente al ordenador en casa, sonó otra vez el teléfono. “¿Sr. Í?” “Sí”. ”¿Propietario del piso tal?” “Sí”. “Somos la policía de Barajas, y hemos interceptado un paquete con estupefacientes dirigido a ese piso. ¿Nos podría facilitar los datos del contrato? ¿Quiénes son los inquilinos?” A este punto no estaba asustado, pero la sensación de surrealismo me daba risa. Fui a por el contrato, y di los nombres, que no eran los que estaban buscando. Pidió el contrato, y le dije que podía hacer una copia, pero que el contrato era mío. Como seguía riéndome, me reconfortó el policía: “No se preocupe, es algo normal.” “Lo será para usted, que trabaja en esto.”
Nada más colgar, me llamó asustado el portero, C. Me contó que esa mañana había ido la policía a por alguien en el piso, pero que no lo encontraron, pero arrestaron a otra persona. Se disculpaba por no haber llamado antes, pero estaba nervioso, a él tampoco le solían pasar estas cosas. Le alabé la decisión de no haber dado el teléfono de la casa de mi madre, mejor que estuviese lo más tranquila posible. La llamada del portero era por lo menos una forma de saber que iba a ser verdaderamente la policía los que iban a venir a verme, y no alguien relacionado con “el paquete de estupefacientes.”
A los diez minutos llamaban al telefonillo. Un tío y una tía vestidos de paisano, bastante pija ella, por cierto. Me los esperaba algo mayores, pero eran de mi edad, aunque él tuviese grandes entradas, disimuladas con el pelo muy corto. Su panza tampoco era despreciable, o eso me lo imagino ahora. Me contaron que se había interceptado un paquete con cocaína en la aduana de Barajas, con destino mi piso. Yo me imaginaba a un pequeño perro yonqui lanzándose a por el paquete, estrangulándose con la correa. Fuimos a hacer fotocopias. Buscaban a una colombiana rubia de 24 años. Tengo que reconocer que fantaseé un poco en ese momento. Comenté lo de la llamada de la mañana, y les di el número. Pregunté cuando había pasado todo esto, y me dijeron que en torno a la una. En ese momento sospeché que no iba a recibir ninguna transferencia bancaria el martes. Por lo menos me dijeron que no tenían nada en contra de mis inquilinos, que no me preocupase. La policía no me iba a molestar, salvo para pedirme las llaves, en el caso de que el juez decretase entrar en la casa. Con las llaves no tendrían que derribar la puerta.
Cuando llegó mi madre a casa, le estuve comentando tonterías del día, y seguí sonriendo demasiado (“hay más”.) Esperé a que estuviese sentada, y se lo conté de la forma más cómica posible. Le hizo gracia, pero sé que hubiese reaccionado diferentemente de haber recibido ella la llamada de la policía contándole el asunto.
Los dos días siguientes esperé, e hice otras cosas. El domingo quedé con un amigo y con una amiga francesa de Rabat. Hacía demasiado tiempo que no la veía, y no tenía demasiadas ganas de hacer el esfuerzo de contar la anécdota en francés, así que estuvimos hablando de lo que hacíamos ahora, y de donde íbamos a estar en unas semanas. Para entonces, mi futuro ya parecía estar en Gales, a quince kilómetros del punto más lluvioso de las islas. El lunes transcurrió con normalidad.
El martes ya no aguantaba más, y necesitaba el dinero del alquiler, e ir al piso a ver lo que pasaba. Llamé al número que me había dado la policía, diciendo que iba a hablar con los inquilinos. Me cogió un tío que no sabía nada del caso, pero que iba a preguntar a sus compañeros. Al poco tiempo me dijo casi entre risas que yo hablase normalmente con ellos, pero sin comentar lo del paquete (suena fatal.) Que no tenía razón por la cual preocuparme.



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