| Andando por la
calle a principios de enero, con más facturas acumuladas, recibí
una llamada por la mañana. Parecía la voz de una mujer
joven, sudamericana. “Soy una … amiga del Sr. F O, dice
usted que nos pueden cortar el agua y la electricidad, ¿a qué
cuenta le tengo que pagar lo que le debo?” “A la misma a
la que pagan el alquiler. Además, este mes se están retrasando
con el alquiler”. “De acuerdo, ahora estoy en un atasco,
pero haré la transferencia el martes”. El lunes era festivo.
Fin de conversación. Estaba extrañado por la pregunta
tan tonta, pero alegre de que finalmente me llamasen.
Esa misma tarde, frente al ordenador en casa, sonó otra vez el
teléfono. “¿Sr. Í?” “Sí”.
”¿Propietario del piso tal?” “Sí”.
“Somos la policía de Barajas, y hemos interceptado un paquete
con estupefacientes dirigido a ese piso. ¿Nos podría facilitar
los datos del contrato? ¿Quiénes son los inquilinos?”
A este punto no estaba asustado, pero la sensación de surrealismo
me daba risa. Fui a por el contrato, y di los nombres, que no eran los
que estaban buscando. Pidió el contrato, y le dije que podía
hacer una copia, pero que el contrato era mío. Como seguía
riéndome, me reconfortó el policía: “No se
preocupe, es algo normal.” “Lo será para usted, que
trabaja en esto.”
Nada más colgar, me llamó asustado el portero, C. Me contó
que esa mañana había ido la policía a por alguien
en el piso, pero que no lo encontraron, pero arrestaron a otra persona.
Se disculpaba por no haber llamado antes, pero estaba nervioso, a él
tampoco le solían pasar estas cosas. Le alabé la decisión
de no haber dado el teléfono de la casa de mi madre, mejor que
estuviese lo más tranquila posible. La llamada del portero era
por lo menos una forma de saber que iba a ser verdaderamente la policía
los que iban a venir a verme, y no alguien relacionado con “el
paquete de estupefacientes.”
A los diez minutos llamaban al telefonillo. Un tío y una tía
vestidos de paisano, bastante pija ella, por cierto. Me los esperaba
algo mayores, pero eran de mi edad, aunque él tuviese grandes
entradas, disimuladas con el pelo muy corto. Su panza tampoco era despreciable,
o eso me lo imagino ahora. Me contaron que se había interceptado
un paquete con cocaína en la aduana de Barajas, con destino mi
piso. Yo me imaginaba a un pequeño perro yonqui lanzándose
a por el paquete, estrangulándose con la correa. Fuimos a hacer
fotocopias. Buscaban a una colombiana rubia de 24 años. Tengo
que reconocer que fantaseé un poco en ese momento. Comenté
lo de la llamada de la mañana, y les di el número. Pregunté
cuando había pasado todo esto, y me dijeron que en torno a la
una. En ese momento sospeché que no iba a recibir ninguna transferencia
bancaria el martes. Por lo menos me dijeron que no tenían nada
en contra de mis inquilinos, que no me preocupase. La policía
no me iba a molestar, salvo para pedirme las llaves, en el caso de que
el juez decretase entrar en la casa. Con las llaves no tendrían
que derribar la puerta.
Cuando llegó mi madre a casa, le estuve comentando tonterías
del día, y seguí sonriendo demasiado (“hay más”.)
Esperé a que estuviese sentada, y se lo conté de la forma
más cómica posible. Le hizo gracia, pero sé que
hubiese reaccionado diferentemente de haber recibido ella la llamada
de la policía contándole el asunto.
Los dos días siguientes esperé, e hice otras cosas. El
domingo quedé con un amigo y con una amiga francesa de Rabat.
Hacía demasiado tiempo que no la veía, y no tenía
demasiadas ganas de hacer el esfuerzo de contar la anécdota en
francés, así que estuvimos hablando de lo que hacíamos
ahora, y de donde íbamos a estar en unas semanas. Para entonces,
mi futuro ya parecía estar en Gales, a quince kilómetros
del punto más lluvioso de las islas. El lunes transcurrió
con normalidad.
El martes ya no aguantaba más, y necesitaba el dinero del alquiler,
e ir al piso a ver lo que pasaba. Llamé al número que
me había dado la policía, diciendo que iba a hablar con
los inquilinos. Me cogió un tío que no sabía nada
del caso, pero que iba a preguntar a sus compañeros. Al poco
tiempo me dijo casi entre risas que yo hablase normalmente con ellos,
pero sin comentar lo del paquete (suena fatal.) Que no tenía
razón por la cual preocuparme.
continúa
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