perdido perro pequeño

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Enero en el piso[3]

Al llegar al edificio, hablé con el portero, C, que me contó lo que había pasado el viernes. Cuando tras subir al piso, la policía le estaba haciendo preguntas, de repente vio que tras un giro del pasillo habían dejado al detenido que habían traído. “Por lo menos no había dicho nada delicado, tan solo que no sabía nada, pero si hubiese dicho algo, me estaba oyendo.” Al parecer unos meses atrás en un edificio muy cercano se encontraron a un colombiano muerto. La policía que había venido el viernes era la misma que había venido entonces. También me contó que de los dos inquilinos sólo había visto al hombre los primeros días, que luego estaba solo una mujer, cuyo nombre coincidía con el de la ayudante de cocina que me habían dado, y sus dos hijos. Le dije que iba a hablar con los inquilinos, contra los cuales la policía no tenía nada, etc. C no había visto movimiento en el piso desde ese día, e incluso salimos al jardín a ver si seguían estando bajadas las persianas, que lo estaban.
Me pregunto cuál sería mi tensión arterial cuando llamé a la puerta del piso. Pero fue una decepción el que no abriese nadie. Tampoco se oían ruidos desde el interior. Escribí una carta detrás de una de las fotocopias de las facturas, dando otra vez más mi número para que se pusiesen en contacto conmigo. Como buen vecino, fui a hablar con el administrador. Me pareció un tanto pintoresco con sus ojos saltones y cejas levantadas, como si estuviese permanentemente sorprendido. Cuando me dijo “con esta gente nunca se sabe” con su acento argentino me pareció más irreal aún lo que estaba viviendo. Le puse al tanto de todo lo que sabía, y le tranquilicé con lo que me había dicho la policía.
Pasé la semana aguardando acontecimientos, más tranquilo. El lunes siguiente volvía al trabajo, y como nuevamente no aguantaba más no hablar con los inquilinos, o saber algo más, decidí ir al piso por la noche, que es cuando la gente suele estar ya en casa viendo la tele, no en el trabajo como suponía que estaban la otra vez. El autobús del trabajo que nos deja en Plaza de Castilla pasa justo por delante del piso, y comprobé si estaban subidas o bajadas las persianas. Seguían bajadas. Por la noche, antes de ir, recibí una llamada de C, el portero. Había unos tíos sacando cosas del piso, y no era ninguno de los inquilinos, pero tenían las llaves de la casa. Decían que sólo sacaban unas cuantas cosas, que los inquilinos estaban de viaje. El portero me dijo que al tener ellos las llaves del piso no podía impedirles nada. Llamé nuevamente al número de la policía, y me cogió un tío que claramente estaba solito de guardia y no sabía nada. Tuve que contar por enésima vez toda la historia. Me fui al piso a ver que pasaba, y preguntar algo si se terciaba.
Llegué en el coche, y aparqué tras pasar por delante del edificio. Delante de la entrada había una furgoneta grande, con dos hombres dentro, vigilando. Un tío y una tía venían cargados del edificio, y dejaban las cosas en la furgoneta. Todos eran sudamericanos, de aspecto andino. La verdad es que los tíos que estaban dentro de la furgoneta daban bastante mal rollo. Entré con una vecina y su perro, que justo pasaban por allí. Ya era tarde, y C se había ido. Los que estaban sacando las cosas del piso habían dejado atrancada la puerta del edificio con un gran cenicero de pie, y pidieron a la vecina que no lo moviese. Subí por las escaleras, y pude comprobar, aunque era obvio, que el barullo venía de mi piso. Pensé que ir directamente al piso no era la mejor opción, y llamé nuevamente a la policía. “Soy el propietario del piso, etc. …” Lo que ya me acostumbraba a decir. Seguía el mismo tipo de guardia. “Sí, me acuerdo de usted.” Estuve hablando un buen rato con él, contándole lo que estaba viendo desde una ventana de las escaleras del edificio. Veía como sacaban cajas y trastos, e incluso una vez llevaban entre los dos una gran manta abierta llena de cosas. La verdad es que el policía sabía poco, ni me daba consejos. “No sé, unos tíos que están vaciando un piso en medio de la noche, con gente fuera vigilando, y todo el asunto de la droga… yo no le puedo aconsejar nada, haga lo que quiera, yo sé lo que haría en su caso, pero no se lo puedo decir.” Eso sí, dejaría una nota para los compañeros que se ocupan del caso, para mañana. Cuando le dije que me iba a ir de allí sin hacer nada, me dijo que es lo que habría hecho él. En fin. Al salir, coincidí con uno de los viajes de los que estaban vaciando el piso. Hablé en plan vecino con una tía, rubia, que bien podría ser colombiana y tener 24 años (pero poco fantaseable): “¿Qué? ¿De mudanza?” Sonriente: “Si, nos cambiamos de casa.” Pasé delante de los dos vigilantes en la furgoneta, y volví a casa, desanimado.


 


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