| Al llegar al
edificio, hablé con el portero, C, que me contó lo que
había pasado el viernes. Cuando tras subir al piso, la policía
le estaba haciendo preguntas, de repente vio que tras un giro del pasillo
habían dejado al detenido que habían traído. “Por
lo menos no había dicho nada delicado, tan solo que no sabía
nada, pero si hubiese dicho algo, me estaba oyendo.” Al parecer
unos meses atrás en un edificio muy cercano se encontraron a
un colombiano muerto. La policía que había venido el viernes
era la misma que había venido entonces. También me contó
que de los dos inquilinos sólo había visto al hombre los
primeros días, que luego estaba solo una mujer, cuyo nombre coincidía
con el de la ayudante de cocina que me habían dado, y sus dos
hijos. Le dije que iba a hablar con los inquilinos, contra los cuales
la policía no tenía nada, etc. C no había visto
movimiento en el piso desde ese día, e incluso salimos al jardín
a ver si seguían estando bajadas las persianas, que lo estaban.
Me pregunto cuál sería mi tensión arterial cuando
llamé a la puerta del piso. Pero fue una decepción el
que no abriese nadie. Tampoco se oían ruidos desde el interior.
Escribí una carta detrás de una de las fotocopias de las
facturas, dando otra vez más mi número para que se pusiesen
en contacto conmigo. Como buen vecino, fui a hablar con el administrador.
Me pareció un tanto pintoresco con sus ojos saltones y cejas
levantadas, como si estuviese permanentemente sorprendido. Cuando me
dijo “con esta gente nunca se sabe” con su acento argentino
me pareció más irreal aún lo que estaba viviendo.
Le puse al tanto de todo lo que sabía, y le tranquilicé
con lo que me había dicho la policía.
Pasé la semana aguardando acontecimientos, más tranquilo.
El lunes siguiente volvía al trabajo, y como nuevamente no aguantaba
más no hablar con los inquilinos, o saber algo más, decidí
ir al piso por la noche, que es cuando la gente suele estar ya en casa
viendo la tele, no en el trabajo como suponía que estaban la
otra vez. El autobús del trabajo que nos deja en Plaza de Castilla
pasa justo por delante del piso, y comprobé si estaban subidas
o bajadas las persianas. Seguían bajadas. Por la noche, antes
de ir, recibí una llamada de C, el portero. Había unos
tíos sacando cosas del piso, y no era ninguno de los inquilinos,
pero tenían las llaves de la casa. Decían que sólo
sacaban unas cuantas cosas, que los inquilinos estaban de viaje. El
portero me dijo que al tener ellos las llaves del piso no podía
impedirles nada. Llamé nuevamente al número de la policía,
y me cogió un tío que claramente estaba solito de guardia
y no sabía nada. Tuve que contar por enésima vez toda
la historia. Me fui al piso a ver que pasaba, y preguntar algo si se
terciaba.
Llegué en el coche, y aparqué tras pasar por delante del
edificio. Delante de la entrada había una furgoneta grande, con
dos hombres dentro, vigilando. Un tío y una tía venían
cargados del edificio, y dejaban las cosas en la furgoneta. Todos eran
sudamericanos, de aspecto andino. La verdad es que los tíos que
estaban dentro de la furgoneta daban bastante mal rollo. Entré
con una vecina y su perro, que justo pasaban por allí. Ya era
tarde, y C se había ido. Los que estaban sacando las cosas del
piso habían dejado atrancada la puerta del edificio con un gran
cenicero de pie, y pidieron a la vecina que no lo moviese. Subí
por las escaleras, y pude comprobar, aunque era obvio, que el barullo
venía de mi piso. Pensé que ir directamente al piso no
era la mejor opción, y llamé nuevamente a la policía.
“Soy el propietario del piso, etc. …” Lo que ya me
acostumbraba a decir. Seguía el mismo tipo de guardia. “Sí,
me acuerdo de usted.” Estuve hablando un buen rato con él,
contándole lo que estaba viendo desde una ventana de las escaleras
del edificio. Veía como sacaban cajas y trastos, e incluso una
vez llevaban entre los dos una gran manta abierta llena de cosas. La
verdad es que el policía sabía poco, ni me daba consejos.
“No sé, unos tíos que están vaciando un piso
en medio de la noche, con gente fuera vigilando, y todo el asunto de
la droga… yo no le puedo aconsejar nada, haga lo que quiera, yo
sé lo que haría en su caso, pero no se lo puedo decir.”
Eso sí, dejaría una nota para los compañeros que
se ocupan del caso, para mañana. Cuando le dije que me iba a
ir de allí sin hacer nada, me dijo que es lo que habría
hecho él. En fin. Al salir, coincidí con uno de los viajes
de los que estaban vaciando el piso. Hablé en plan vecino con
una tía, rubia, que bien podría ser colombiana y tener
24 años (pero poco fantaseable): “¿Qué? ¿De
mudanza?” Sonriente: “Si, nos cambiamos de casa.”
Pasé delante de los dos vigilantes en la furgoneta, y volví
a casa, desanimado.
continúa
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