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Enero en el piso[4]

Ya no me acuerdo de las diferentes versiones que había ido formando hasta ese día de lo que estaba pasando, pero en ese momento pensé que los inquilinos serían una especie de tapadera: unos “pringaos” a los cuales les pagarían un piso con tal de que aceptasen recibir unos paquetes regularmente. Y que ahora que había habido este problema, les habían dejado con el culo al aire. Y habían decidido largarse de allí.
Yo no sabía muy bien que hacer. Al día siguiente (martes) llamé a la inmobiliaria contándoles el problema. Sé que la vía legal para poder “echar” a los inquilinos es larga, y yo no sabía si habían dejado un grifo abierto o algo que influyese en el estado del piso en el caso de que tuviese que esperar todo ese tiempo. El de la inmobiliaria me contó que el proceso podría tardar al menos ocho meses. Yo no había metido la fianza del piso en organismos oficiales así que no constaba en ningún sitio salvo en el contrato que tenía el piso alquilado. Según el de la inmobiliaria, si yo tenía llaves del piso, que entrase, viese si se habían dejado su copia del contrato y llevármela, así podría alquilar nuevamente el piso, nadie me lo podría reclamar. Que llamase al timbre “en las casas se nota rápidamente si están vacías o no, por el eco, luego puedes entrar”. Creo que eso se llama allanamiento de morada.
Tras aguantar tanto tiempo, di orden a las diferentes compañías de que cortasen los diversos suministros al piso. Envié también un telegrama al piso vacío, para que me lo devolviesen. Pensé que con lo de la intervención policial, todo lo que podía corroborar el portero, diversos telegramas rechazados, todas las facturas impagadas y meses de alquiler adeudados, más todo lo que se me pudiese ocurrir después, podría demostrar que el piso había sido abandonado de mala manera, para poder entrar luego en él y alquilarlo. Llamé a J, un amigo que trabaja en el Ivima, para quedar el día siguiente y ver qué me podría aconsejar.
El miércoles decidí irme al piso nuevamente, tras la experiencia fallida de la otra noche. No diré de quién recibí el consejo de ir con un amigo que tuviese una pistola. Creo que he visto muchas películas, pero por lo menos siempre quedará alguien que vive en un mundo más irreal todavía. Si voy, y el que sea tiene armas, es mejor ir en pelotas, o lo imprescindible para el frío. Si no voy amenazando, lo más probable que me pase si hay gente chunga es que se rían de mí, y me digan que vuelva dentro de una semana. Si voy con ganas de bronca, mal asunto. Chejov dijo que si en una obra aparece una pistola, tiene que ser usada antes del tercer acto (¿?).
Nuevamente, mientras en el bus del trabajo yo miraba las persianas bajadas del piso, sonó mi móvil. C, el portero. Había aparecido F O, el inquilino, el que no había estado en el piso desde los primeros días del alquiler. Le había preguntado a C si conocía a algún cerrajero para cambiar las cerraduras. C dijo que tenía entendido que eso había que consultarlo con el dueño del piso, que le parecía algo ilegal. F O aseguró que llevaba tiempo intentando hablar conmigo, pero que el teléfono fijo que se le había dado nunca respondía. C le dio mi número. Nuevamente llamé al número de la policía en Barajas, más que nada para que no se pudiese decir que no estaba “colaborando en la investigación”. Me entró nuevamente la risa cuando me dijo el policía (otro nuevo) que si el inquilino quería cambiar las cerraduras, podía hacerlo. Lo cierto es que cada vez me tocaban más las narices (por ser fino) estos tíos.
Fui al piso una vez más. Hablé con C, ya éramos viejos conocidos. Cada uno contando nuestras penas. Estuvimos un buen rato. Subí al piso “a llamar al timbre”, y se ofreció a acompañarme, cosa que agradecí. Tras llamar al timbre unas veces, sólo quedaba una cosa que hacer. Podría decir que entré en el piso con C, tras entretenerme nervioso con las llaves, que me puse los guantes para no tener problemas (lo de las películas que dije antes), que me encontré el piso sorprendente limpio, barrido y fregado, con toda la basura ordenadita en sus bolsas de basura al lado de la entrada, vacío de ningún objeto personal, sólo muebles, y sólo un par de luces encendidas, ningún grifo abierto, ni desperfectos señalables. Que salí del piso dejándolo todo como estaba, incluso el par de luces encendidas. Podría decir todo esto, pero no lo diré, ya que no estoy seguro de que sea legal. Lo que sí puedo decir es que luego cuando me estaba despidiendo de C, sonó el móvil. F O, el inquilino. “¡Hombre, llevo mucho tiempo intentando hablar con usted, Sr. O!” Habló muy educadamente, casi servilmente. Quería hablar conmigo, era muy importante. Él había estado de viaje por Andalucía, y se había encontrado con un lío con su mujer. Le pregunté si pensaba dejar el piso, y dijo que no podía pagar el alquiler él solo. Propuse hora y lugar para el día siguiente. Lugar concurrido, y más a esa hora. Por lo menos, era buena señal el que intentase hablar conmigo, no es que él pudiese sacar algo de mí, y si podíamos llegar a un trato, mejor para todos. Esa noche, llamé nuevamente a las compañías de suministros para que no cortasen. Luego es una pasta el reenganche.





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