| Ya no me acuerdo
de las diferentes versiones que había ido formando hasta ese
día de lo que estaba pasando, pero en ese momento pensé
que los inquilinos serían una especie de tapadera: unos “pringaos”
a los cuales les pagarían un piso con tal de que aceptasen recibir
unos paquetes regularmente. Y que ahora que había habido este
problema, les habían dejado con el culo al aire. Y habían
decidido largarse de allí.
Yo no sabía muy bien que hacer. Al día siguiente (martes)
llamé a la inmobiliaria contándoles el problema. Sé
que la vía legal para poder “echar” a los inquilinos
es larga, y yo no sabía si habían dejado un grifo abierto
o algo que influyese en el estado del piso en el caso de que tuviese
que esperar todo ese tiempo. El de la inmobiliaria me contó que
el proceso podría tardar al menos ocho meses. Yo no había
metido la fianza del piso en organismos oficiales así que no
constaba en ningún sitio salvo en el contrato que tenía
el piso alquilado. Según el de la inmobiliaria, si yo tenía
llaves del piso, que entrase, viese si se habían dejado su copia
del contrato y llevármela, así podría alquilar
nuevamente el piso, nadie me lo podría reclamar. Que llamase
al timbre “en las casas se nota rápidamente si están
vacías o no, por el eco, luego puedes entrar”. Creo que
eso se llama allanamiento de morada.
Tras aguantar tanto tiempo, di orden a las diferentes compañías
de que cortasen los diversos suministros al piso. Envié también
un telegrama al piso vacío, para que me lo devolviesen. Pensé
que con lo de la intervención policial, todo lo que podía
corroborar el portero, diversos telegramas rechazados, todas las facturas
impagadas y meses de alquiler adeudados, más todo lo que se me
pudiese ocurrir después, podría demostrar que el piso
había sido abandonado de mala manera, para poder entrar luego
en él y alquilarlo. Llamé a J, un amigo que trabaja en
el Ivima, para quedar el día siguiente y ver qué me podría
aconsejar.
El miércoles decidí irme al piso nuevamente, tras la experiencia
fallida de la otra noche. No diré de quién recibí
el consejo de ir con un amigo que tuviese una pistola. Creo que he visto
muchas películas, pero por lo menos siempre quedará alguien
que vive en un mundo más irreal todavía. Si voy, y el
que sea tiene armas, es mejor ir en pelotas, o lo imprescindible para
el frío. Si no voy amenazando, lo más probable que me
pase si hay gente chunga es que se rían de mí, y me digan
que vuelva dentro de una semana. Si voy con ganas de bronca, mal asunto.
Chejov dijo que si en una obra aparece una pistola, tiene que ser usada
antes del tercer acto (¿?).
Nuevamente, mientras en el bus del trabajo yo miraba las persianas bajadas
del piso, sonó mi móvil. C, el portero. Había aparecido
F O, el inquilino, el que no había estado en el piso desde los
primeros días del alquiler. Le había preguntado a C si
conocía a algún cerrajero para cambiar las cerraduras.
C dijo que tenía entendido que eso había que consultarlo
con el dueño del piso, que le parecía algo ilegal. F O
aseguró que llevaba tiempo intentando hablar conmigo, pero que
el teléfono fijo que se le había dado nunca respondía.
C le dio mi número. Nuevamente llamé al número
de la policía en Barajas, más que nada para que no se
pudiese decir que no estaba “colaborando en la investigación”.
Me entró nuevamente la risa cuando me dijo el policía
(otro nuevo) que si el inquilino quería cambiar las cerraduras,
podía hacerlo. Lo cierto es que cada vez me tocaban más
las narices (por ser fino) estos tíos.
Fui al piso una vez más. Hablé con C, ya éramos
viejos conocidos. Cada uno contando nuestras penas. Estuvimos un buen
rato. Subí al piso “a llamar al timbre”, y se ofreció
a acompañarme, cosa que agradecí. Tras llamar al timbre
unas veces, sólo quedaba una cosa que hacer. Podría decir
que entré en el piso con C, tras entretenerme nervioso con las
llaves, que me puse los guantes para no tener problemas (lo de las películas
que dije antes), que me encontré el piso sorprendente limpio,
barrido y fregado, con toda la basura ordenadita en sus bolsas de basura
al lado de la entrada, vacío de ningún objeto personal,
sólo muebles, y sólo un par de luces encendidas, ningún
grifo abierto, ni desperfectos señalables. Que salí del
piso dejándolo todo como estaba, incluso el par de luces encendidas.
Podría decir todo esto, pero no lo diré, ya que no estoy
seguro de que sea legal. Lo que sí puedo decir es que luego cuando
me estaba despidiendo de C, sonó el móvil. F O, el inquilino.
“¡Hombre, llevo mucho tiempo intentando hablar con usted,
Sr. O!” Habló muy educadamente, casi servilmente. Quería
hablar conmigo, era muy importante. Él había estado de
viaje por Andalucía, y se había encontrado con un lío
con su mujer. Le pregunté si pensaba dejar el piso, y dijo que
no podía pagar el alquiler él solo. Propuse hora y lugar
para el día siguiente. Lugar concurrido, y más a esa hora.
Por lo menos, era buena señal el que intentase hablar conmigo,
no es que él pudiese sacar algo de mí, y si podíamos
llegar a un trato, mejor para todos. Esa noche, llamé nuevamente
a las compañías de suministros para que no cortasen. Luego
es una pasta el reenganche.
continúa
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