| Donde había
quedado con el inquilino era el mismo sitio en el que estaba unos minutos
más tarde con J, “el del Ivima” para los que tenéis
mala memoria. Sus hermanos y él tienen algunos pisos heredados,
y los alquilan. Le conté toda la historia. Él me contó
que tenía una señora que llevaba más de año
y medio sin pagarles, y burlándose continuamente de ellos, diciendo
que no conseguirían nada, ya que ella era insolvente. Que legalmente,
él tendría que esperar meses hasta poder echarla. Pero
creo que la anécdota (no sé si llamarlo así) del
piso en el cual se enteró de que habían encontrado un
alijo de mil millones de pesetas de heroína fue el que me tranquilizó
el que más (“mal de muchos…”.) Y la operación
policial que le contó el portero de la urbanización para
entrar en la casa. Figuras con subfusiles moviéndose en las sombras,
rodeando el recinto, un policía que entra en la caseta, muestra
la placa, y le dice al guarda que se dé un paseo. Lo cierto es
que lo de mi paquetito era un poco lamentable. Me aconsejó que
podía decirle a F O. Para cuando nos despedimos, ya estaba bastante
más distendido.
El día siguiente preparé una lista con copias de las facturas
que se me debían, cogí el contrato de alquiler, y preparé
una tabla con la suma de lo que me tendría que dar por ley el
inquilino. Por la mañana me llamó el policía que
había venido a mi casa con la pija el primer día, comentando
que yo había llamado hacía unos días, contando
lo del vaciado del piso. “Pues sí”. La verdad es
que poco apoyo había recibido de ellos. Le repetí lo que
le había relatado ya a su compañero el otro día.
Le dije que había quedado con F O, y que íbamos a hablar,
a quedar en algo. Según el policía, habían subarrendado
el piso o parte de él, pero si yo llegaba a un acuerdo con F
O, no tenía ningún problema, así yo podría
alquilar antes el piso. Que tenía suerte que no hubiesen intervenido
judicialmente el piso, me hubiese quedado sin él durante tiempo.
Llegué pronto al local, sirve también para las entrevistas.
F O llegó puntual, y le reconocí enseguida, aunque no
se parecía mucho a la foto del contrato de trabajo caducado que
había presentado al hacer el alquiler. Nos sentamos a tomar algo,
“una infusión” él, un refresco yo. Le expliqué
lo que decía el contrato, y le mostré las copias de las
facturas que no había pagado. Él habló como por
el teléfono, muy educadamente, casi servilmente. Que había
tenido problemas con la mujer. Estaba claro que no podía pagar
todo lo que me debía, pero el hecho de que estaba dispuesto a
pagarme algo era más que positivo para mí. Dijo que había
comprado todos los muebles, que estaban nuevos, que podían formar
parte del pago, pero dije que no. Al final llegamos a un acuerdo, y
al día siguiente iríamos al piso con un cerrajero para
que cambiase las cerraduras. En cuanto yo recibiese la transferencia
de la cantidad acordada y sacásemos sus muebles, firmaríamos
una rescisión del contrato, en cada una de las copias. Él
no estaba seguro de tener su copia, pero la buscaría. Si no,
se llevaría una fotocopia de mi contrato. Para que todo fuese
perfecto, tendría que firmar la inquilina también, pero
con una firma me daba por satisfecho.
Por la mañana el día siguiente vi sorprendido que ya había
recibido la transferencia. Por la tarde llegué al piso al mismo
tiempo que el cerrajero, antes que F O. Al cerrajero le dije que empezase
su trabajo. También era sudamericano, lo cual me dio mal rollo,
pero ya llevaba encima la sensación de mal rollo desde hacía
dos semanas. Al poco tiempo llegó F O con un amigo. Desmontar
la cerradura fue un poco aparatoso: no había tomas eléctricas
en el descansillo, y hubo que pedir una alargadera a los vecinos, para
que el cerrajero taladrase la cerradura. Yo tenía las llaves
en mi bolsillo, pero preferí no decir nada. Tras un rato, y dos
cerraduras destrozadas, entramos en el piso. Casualmente estaba sorprendente
limpio, barrido y fregado, con toda la basura ordenadita en sus bolsas
de basura al lado de la entrada, vacío de ningún objeto
personal, sólo muebles, y sólo un par de luces encendidas,
ningún grifo abierto, ni desperfectos señalables. F O
pagó al cerrajero al acabar su trabajo, me quedé con las
llaves, y nos dedicamos a desmontar los muebles. Tenían una pequeña
furgoneta en el garaje. No cupo todo, y se tuvieron que ir, dejando
cosas en el piso. Para cuando volviesen, ya sería de noche, y
no habría portero ni gente pululando por el edificio. Como había
recibido la transferencia por la mañana, no creía que
iba a acabar la noche abierto en canal, aunque me lo imaginé.
continúa
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