perdido perro pequeño

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Enero en el piso[6]

Estuvieron fuera hora y media, que aproveché para cenar. Al volver, se bajaron al garaje el resto de las cosas, que tampoco cupieron, pero dejaron ocultos en el jardín un sofá y una butaca orejera, para recogerlas luego, sin necesidad de entrar en el edificio. Se despidieron cortésmente, y quedamos para firmar la rescisión del contrato dentro de unos días, a ver si F O traía su copia del contrato. Esa noche no acabé abierto en canal, lo cual era positivo.
Al día siguiente fui con un conocido a cambiar el resto de las cerraduras, y ver más detenidamente el estado del piso. El piso estaba bien, necesitaba una limpieza más a fondo, y una mano de pintura. Para los morbosos, no había paquetitos de cocaína colocados en lugares estratégicos.
Unos días más tarde, quedé con F O en el mismo sitio de nuestro primer encuentro, y firmamos la rescisión del contrato, él había encontrado su copia. Escribí una frase inventada que me pareció lo suficientemente rimbombante, que dejaba claro que no nos debíamos ninguno nada. Un gran día. Fue veloz, apenas pudimos saborear “la infusión y el refresco”. Luego hubo una conversación forzada mientras él bebía rápidamente su infusión. Creo que se abrasó, pero aguantó bien. Lo que me contó que hacía laboralmente no tenía nada que ver con la historia de la empresa de arreglos, pero ya todo me daba igual.
Liberado ya, dormí mejor. Me hizo bastante gracia cuando la mañana siguiente me llamó el policía de la pija, diciendo que buscaba a F O. No me gustaría dudar de lo que hacen, pero yo no entiendo nada. Le di el número de teléfono, esperando que no hubiese represalias de la mafia colombiana.


El resto ya es más rutinario: comprar algunas cosas para el piso, que se pintase y se limpiase, algún arreglillo, y conseguir otra vez que entre un inquilino. Lo cierto es que ver el piso limpio y encerado, pintadito, era atractivo. Pero mientras siga viviendo fuera, entraré en la lotería de los inquilinos. A ver si hay más suerte esta vez.

Epílogo 1
Casi dos años después, recibo un telegrama citándome en la Audiencia Provincial para un juicio. Si no voy, me amenaza con las penas del infierno. Mi madre recibe un papel idéntico. Vamos el día señalado, y tras pasar por los controles, esperamos. Yo estoy de trabajo hasta arriba, recibo varias llamadas mientras espero a que empiece el juicio. Los sudamericanos que esperan en el pasillo, al verme con traje y corbata, preguntan si soy yo el abogado. Tras unas dos horas de espera, el juicio se aplaza. No se han presentado cinco testigos importantes.

Epílogo 2
Un par de meses después, estoy citado nuevamente con un telegrama que me amenaza con las penas del infierno si no voy. Esta vez no hay tanta gente en el pasillo, pero todos fuman. Me siento al otro extremo del pasillo, donde el aire no tiene brumas azules. Tras esperar una hora, nos informan que se aplaza el juicio. A la Guardia Civil se le ha olvidado trasladar a los presos desde Herrera de la Mancha, para que esté presente en el juicio.






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