| Como todo joven
poeta, Jeremías solo creía en una poesía que conmocionara.
Para su primera declamación envió unas invitaciones manuscritas
en tinta roja exigiendo a los asistentes que se abstuvieran de ingerir
alimentos en las siete horas previas. Amenazó como un profeta
con una pavorosa catástrofe si no se obedecían sus instrucciones.
Acudimos al acto atemorizados, pensando que quizás se nos requirieran
muestras de sangre o de orina antes de entrar.
Desconozco con qué medios, Jeremías logró alquilar
una antigua iglesia, oscura y pequeña en las laderas de Horta.
Un guardián negro de dos metros y dos ojos te miraba fijamente
cruzado en la puerta, evaluaba tu debilidad, la que deberías
por lógica sentir a causa del ayuno. Si no te consideraba famélico,
media vuelta.
La iglesia estaba únicamente iluminada por velas y salvo los
bancos de madera, con los tablones para arrodillarse, no existía
otro mobiliario. Ni esculturas de santos ni crucifijos. Calculo que
debíamos ser entorno a la treintena. Cuando estuvimos todos sentados
entró Jeremías, salió de un hueco tras el altar
que debía corresponder a la antigua sacristía. Jeremías
subió al púlpito. Sus ojos estaban encendidos, iluminados
por dentro, la tensión era absoluta, religiosa, nos tenía
subyugados de antemano, esperábamos un río de palabras
que sanara nuestros dolores, nuestros miedos que nos pidiera más
sacrificios y finalmente nos redimiera.
Jeremías comenzó:
Canelones crujientes de espalda de cabrito.
Arroz caldoso con trufas, gambas y nécoras
Pastel de hígado de pato con berenjenas asadas
Sopa de melón y jengibre con bolitas de piña y zanahoria.
Hubo varios desmayos
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© ::Tomás Muñoz Sacristán::
yambria :: barcelona :: 2005
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