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Sin duda alguna, en esta edición nos ha llegado
la madurez de estos premios, después de tres años con
cenas exclusivas e intimismo comprometido. La FÉ en Henry nos
obligaba a predicar en el desierto de esta sociedad escasa de alicientes,
estricta en las formas y limitada en su fondo. En la más absoluta
clandestinidad nos reunimos en casas mingos, mejicanos, tiendas japonesas,
entre sushi, sidras y tótem sudafricanos. Tras celebraciones
machistas de manhattans y nudos windsor, nos topamos de bruces con una
idea arriesgada, casi suicida de Fonske. Jugarnos todo por nada. Sacrificar
la identidad, invitar a participar a las féminas. Henry versus
Annais. Acto caníbal de un mito a manos de su amante. Algo a
boicotear desde la raíz misma. Teníamos la obligación
de anteponer a Miller sobre todas las cosas, obviando los medios, pues
la misma esencia de los premios lo justificaba. Entre discusiones consumimos
la última semana, preguntándonos si el momento era el
oportuno para plantear un sufragio/naufragio universal. Quizás
demasiado temprano para unos premios recién gestados. El cisma
se hizo inevitable, dos posturas irreconciliables, opuestas en su génesis.
Optar por una madurez corrupta o por una revolución autodestructiva.
El antídoto; Iñigo, como cura a todos los males. El candidato
perfecto para sobrevivir al mal interno generado por lobbys interesados
en el codiciado Miller.
De esta edición hemos salido fortalecidos. Un éxito de
todos y especialmente del organizador que a sabiendas de lo que se hacía,
arriesgó y la jugada, como a buen tahúr, le salió
redonda. Conclusiones; más feligreses para la causa. Una idea
se hizo generalizada a lo largo de la ceremonia: la invitación
a crecer de forma insostenible, anárquica, sin concesiones, una
explosión en cadena que nos colocaría en pocos años,
en una situación privilegiada, superando con creces la más
optimista de las previsiones. Desde este momento, el boca a boca se
hace necesario. Además, deberíamos acompañarlo
mejorando la organización y la gestión de las votaciones.
Un consejo de sabios, ahora tan de moda, que con justa equidad y férreo
mando, legisle las reglas y otorgue los premios siempre dentro del marco
del Manifiesto. Un comité que nomine a los candidatos de cada
edición, en base a la interpretación de unos hechos contrastados.
Unas normas que hagan transparente el sistema de votación, sin
ocultismo, ni concesión alguna al equívoco. En resumen,
unos premios claros y limpios, signo propio de madurez y sensatez, cualidades
aún así, aborrecidas por Henry.
Los regalos estuvieron acorde al tema Trópicos. Para el ganador,
un gorro que ajustó de manera perfecta como si del zapato de
cenicienta se tratara y constató que Noriega era nuestro hombre.
Para la finalista a modo de armisticio, para promover estos premios
donde más honda huella deja, Diarios de Annais. Y quién
mejor valedora que Inma, exponente máximo, peregrina de los caminos
del vicio. Yo, desde mi humilde rincón de columnista ocasional,
le animo a seguir en esa línea, y que sepa que para la próxima,
mi voto apoyará su causa.
Mención especial a Lozano, que nos obsequió con la visita
un tanto inesperada de la Diva, de la Inigualable Tamara, que junto
a Margarita seis dedos, cosechó los gritos y aplausos más
entusiastas de la entrega. Las negociaciones que hicieron posible tan
ilustrísima presencia, tuvieron lugar una semana antes en un
oscuro tugurio de Vallecas, entre whiskies y perritos, y con la promesa
final de Abelardo y Mario, de secuestrar a Santa Ámbar, Margarita
y su ladrillo.
Si Henry levantara la cabeza, renegaría de estos premios por
haberse establecido y convertirse ya en una tradición con MAYÚSCULAS.
¡¡AY, si Henry levantara la cabeza!!
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