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taipei[1]


:: t.m.s. ::

Ling yi èr sän sì wü liù qï bä jiü. Los números chinos, del cero al nueve, transcritos siguiendo el método Hanyu pinyin. Qi qi wü, la “q” se pronuncia como un “ch” castellana. 775, ese es nuestro número de habitación, “room chi chi wü”. Es relativamente fácil de pronunciar y de acordarnos y tenemos el éxito asegurado con las camareras del hotel. “Oh… you speak chinese many good”

Las camareras del hotel visten un elegante uniforme color marfil, la chaqueta sin solapas, de cuello alto. Todas llevan el pelo recogido y todas se mueven de una manera peculiar, quizás porque no han aprendido aún a caminar con tacones, o más bien como si las piernas fueran demasiado frágiles para sostenerlas y se curvaran bajo el peso extra de las bandejas con las cervezas. (“es porque de pequeñas sus padres les vendan los pies para que no se escapen”)

Yi ling yi. One zero one. Esa es la contraseña para que los taxistas nos lleven al world trade center. El One zero one es el rascacielos más alto del mundo (tiene 101 pisos y 508m) y la feria de electrónica que visitamos está en complejo de edificios a sus pies. Así como en el hotel todo es parsimonia, desde el momento en que entramos en el taxi todo se vuelve velocidad ansiosa. Los taxistas conducen nerviosos, los motoristas con mascarillas no se conforman con esperar a que cambie el semáforo, (todo el mundo lleva mascarillas, en la calle contra el humo, en los edificios contra el SARS) no existe la calma, todos quieren avanzar, quieren estar allí antes. Los taxistas asoman el morro en los cruces, se saltan los semáforos en rojo, giran 180 grados sin pensárselo dos veces y no dudan en invadir el carril de la dirección contraria.
Los taxis son de color amarillo, en los semáforos el muñequito verde está animado y se pone a correr los últimos diez segundos. Las avenidas parecen surcos excavados en la roca, profundas, por las filas cerradas de rascacielos, sin luz del sol, pero llenas de luz amarilla, roja, azul, de los neones que ocupan cada centímetro de fachada junto con las pantallas gigantes de televisión. El metro (Mass Rapid Transit) circula por encima de los coches. Taipei quiere ser una megápolis futurista. Rápida, rápida.

“Back massage”, pedimos. Hemos tenido que descalzarnos en el recibidor, luego atravesando un umbral de guijarros blancos llegamos al salón de masajes. Hay seis camillas, tres en cada lado, en el techo hay un entramado de guías para poder correr las cortinas y aislar a cada cliente con su masajista. Sobre la camilla un batín verde hospital, y unos pantaloncitos cortos, también verdes.
Cuando llega la masajista me pide que me tumbe boca abajo, en la camilla hay un agujero para meter la cabeza, siento como me cubre con una sábana y acto seguido empieza a presionarme la cabeza hacia abajo como si quisiera asesinarme. Todo el masaje consiste en una sucesión violenta de presiones prolongadas y vapuleos, pienso en un trozo de masa, agua y harina, sobre la mesa del panadero. Cuando me coge las manos para estirarme los dedos hasta hacerlos crujir siento su piel áspera, encallecida, tiene manos de campesina, pienso. En ese momento la miro y ella, que habla y ríe con las otras masajistas, eructa.



 

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