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taipei [2] |
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“Snake alley”. Emiliano, un botones que habla castellano porque creció en la argentina, nos ha dado una especie de papeleta de votación, con los lugares típicos de la ciudad escritos en inglés y en chino, y junto a ellos una casilla para marcarla con bolígrafo. El taxista mira la papeleta, masculla un ruido de asentimiento, hahahahaha, grave, se pone la gorra, acaricia el volante forrado con botones verdes y arranca. Cuando llegamos al mercado nocturno del callejón de la serpiente ya no queda ni un turista, hojas de periódico sucias en el suelo. Casi todas las tiendas tienen las persianas metálicas echadas, pero los restaurantes aún están abiertos, patos de pequín con el color marrón brillante del caramelo colgando de ganchos. Los restaurantes están vacíos y sus dueños amodorrados se levantan al vernos pasar y hacen un gesto somnoliento e inútil para que entremos. Si hubiéramos venido un par de horas antes podríamos haber visto como abrían el vientre a una culebra y después la cocinaban a la plancha. Yo quería probar esa carne. Ahora solo quedan clientes en los locales de masaje, sentados en las hileras de sofás, con los pies estirados, dejándose masajear y con la cabeza inclinada hacia arriba, mirando la fila de televisores que cuelgan del techo. No nos hemos atrevido al masaje de pies por si nos hacían daño y después no podíamos caminar, igual que no nos hemos atrevido a comer en los restaurantes baratos donde todos los platos están escritos en chino. El viajero debe tomar esas precauciones, beber solo agua embotellada, esas cosas. En una esquina oscura, en un local abierto a la calle, hay un grupo de personas. Están apretujados alrededor de una mesa larga y estrecha que entra en el local. Parecen nerviosos, pobres. En el extremo de la calle un tipo desenvuelve bultos y coloca la mercancía en unas bandejas de plástico que después pasa hacia dentro. La gente mira los objetos y los va empujando hacia la cabecera la mesa. Allí, subido a un escalón del edificio, más elevado que los demás, el jefe fuma teatralmente un cigarrillo con boquilla de marfil. Cuando los objetos llegan a su alcance, los toma, los levanta, los sitúa bajo la luz de una bombilla desnuda y habla a los reunidos. Tiene solo tres pelos muy largos en la barba. Cuando habla, los ojos le brillan. Cerca del callejón de la serpiente está el templo de Longshan. Fui en metro, al día siguiente. Allí presencié una ceremonia que supongo de adivinación. Mujeres, era un lunes por la mañana y la mayoría de los fieles eran mujeres, recorrían las distintas capillas con varillas encendidas de incienso, dicen que el humo transporta las oraciones hacia el cielo, dejando flores o piezas de fruta en los altares, después se arrodillaban delante de una divinidad, tomaban dos piezas de madera, de color rojo, con la forma más o menos de gajo de naranja, con una superficie plana y la otra curva, sostenían los gajos juntos, tocándose por las superficies planas y los elevaban mientras rezaban, a continuación los lanzaban hacia arriba y examinaban la disposición con que caían. Una mujer les asistía, sacando tablillas escritas de un cilindro de madera y se las daba a leer, para guiar su búsqueda, supongo. Supongo. El viajero puede acostumbrarse a no entender, a viajar encapsulado
en taxi, a no comer en los puestos callejeros, a no beber agua del grifo,
a buscar los restaurantes americanos, grandes filetes y música
ingenua de los años cincuenta. Alice, la voluntaria del museo nacional de historia, ojos rasgados
pero nacida en Los Angeles, nos explica que el número nueve en
chino se pronuncia “jiü” exactamente igual que la palabra
“siempre” y es por ese motivo que simboliza el infinito.
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[otras corresponsalías en china en número anteriores]
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