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Para conmemorar el día del libro, después de comer me
fui a Ópera, a visitar Petra´s una librería que
no cierra al medio día. Se trata de un local pequeñito,
con estanterías bien distribuidas, repletas de libros en varios
idiomas y con descuentos y ofertas especiales. Cada sección está
marcada con cartelitos, algunos escritos con letras divertidas. Se ve
que Nícola, la encargada, y su equipo saben hacer bien las cosas.
Por ejemplo, en la casa del libro de la Gran Vía los clientes
disponen de banquetas de dos escalones para acceder a los estantes más
altos. Es un buen detalle. Pero en Petra’s en vez de banquetas
hay una escalera de libro. ¡A que es más propio!
Me encaramé a ella y empecé a mirar los libritos próximos
al techo que eran los más pequeños. El primero que cogí
era una novelita titulada El beso al leproso.
—Nícola —grité desde lo alto de la escalera—,
François Mauriac ¿me lo aconsejas?
—¿Qué titulo?
— El beso al leproso
—Sí, te lo aconsejo. Me parece que se trata de su primera
novela y cuenta una historia de amor...
—¿Amor? No será algo rosa y empalagoso...
—No, por favor. Fue premio Nobel...
—Sí, eso ya lo sé.
— Mauriac es un escritor... ¿Cómo te diría?
Si alguien leyese sólo para relajarse o conciliar el suelo, este
autor no sirve. Sus novelas más bien son inquietantes...
—¿En qué sentido?
—Porque al leerlo te surgen nuevas preguntas sobre ti... y comprendes
que tendrías que cambiar algunas cosas de tu vida, y ser más
valiente... Déjame que abra el libro al azar, para que veas cómo
es su prosa. Por ejemplo, aquí en la página 71 dice:
“Las gencianas, azules cual una mirada, ya no florecían.
Ella iba delante, como escapándose, y él la seguía
de lejos.”
—¡Por favor —siguió hablando Nícola,
al mismo tiempo que abría sus brazos con las manos hacia arriba
en un gesto parecido al de los curas para dar la paz—, esto es
muy poético...! “Las gencianas, azules cual una mirada”,
¡Qué bonito! Y, sin embargo no se trata de nada insulso.
No decora una escena rosa entre dos tortolitos. La segunda frase, en
cambio, es inquietante. Ella quiere escapar, él la persigue...
Tememos que no lleve buenas intenciones... Y fíjate, al leerlo
ahora, me parece que ambas frases dicen la misma cosa. La genciana,
¿no podría ser un símbolo de ella, que ya no florece
y por eso escapa?
—¡Qué bien hablas Nícola! Tus palabras me
han dejado embobado.
—¿Te pongo el libro?
.
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