—Por supuesto que sí.
—Por ser la fiesta del libro, durante todo el mes hacemos un diez por ciento de descuento
—Se agradece.
Salí
de la tienda por el lado opuesto que había entrado y me dirigí
hacia Santo Domingo. Me hacía bien recibir el aire de la tarde.
Luego bajé por La Gran Vía hacia la Plaza de España.
Allí hacía sol y me quité la chaqueta, después
descendí por la calle de San Vicente hasta Príncipe Pío,
donde cogí el metro e inicie la lectura de El beso al leproso,
e iba subrayando las frases que me llamaban la atención. La primera
vez que usé mi rotulador verde fue para hacer una señal
en esta frase:
“donde cosen las muchas brotarán risas”.
Ya sé que esta idea ha perdido su actualidad. Hace mucho tiempo
que no hay talleres de modistillas que dejen escapar su alegría
por grandes ventanas enrejadas. Pero la marqué porque me pareció
que sería un título excelente para un cuento.
Llegué a casa y seguí leyendo y no me acosté hasta
que no completé las 144 páginas. Me gustaría hacer
una pequeña crítica, que moviera a la lectura de esta
novelita; pero desgraciadamente yo no soy un licenciado en Filología
Francesa como Nícola, así que para no descubrir la trama
terminaré transcribiendo una pregunta intrigante que aparece
en la página 26:
“¿Vaciló alguna vez Chateaubriand en jugarse la
eternidad contra una caricia?”
Quien lo sepa que me envíe un correo.
famuva@terra.es