relatos del yugo |
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| Más de una vez había hablado con él por teléfono, era uno de los clientes del despacho de arquitectura. Siempre lo reconocía por su marcado acento alemán. Había estado viviendo en Berlín gran parte de su infancia, hasta que sus padres se trasladaron a Barcelona. Aquí, siguió los negocios familiares, la exportación de ganado bovino argentino a Catalunya. El contacto se inició hacía dos años, cuando Matheo y su mujer se dirigieron a nosotros para que lleváramos el proyecto de su nueva casa en Valldoreix, codiciado paraje natural por su ubicación, próximo a la ciudad condal, y por su entorno. La primera reunión que se tuvo con el cliente fue meramente cordial, intercambio de impresiones, necesidades y negociaciones. Transcurrido un año, y una vez el proyecto estuvo cerrado y acordado por ambas partes, la casa empezó a subir. Las reuniones con el cliente se trasladaron a obra, recorriendo aquellos
espacios, por ahora en construcción y desnudos, para verificar
que todo transcurría correctamente. En una de las mencionadas
reuniones, la mujer de Matheo al entrar a la cocina palideció.
Una vez pudo hablar, expuso su gran decepción ante una cocina
tan pequeña, pues aquel espacio era el que compartiría
con sus amigas a la hora del café. Increíble, estábamos
ante un espacio de ¡¡¡21 m2!!! ¿Pequeño?. Paralelamente estábamos reformando un pequeño pisito
en Barcelona, unos ¡¡21 m2!!!. En este caso los clientes
eran una pareja de treintañeros que habían decidido convertir
un local comercial en su primera vivienda. Un gran reto para la arquitectura
y la sociedad, como conseguir hacer habitable un espacio tan reducido,
y lo más importante garantizando unos mínimos de privacidad
y convivencia. ¡Vivan los mini lofts!.
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