| Ascensión
al Pico Lobo ( Realizado por el equipo de “al filo de lo muy posible”).
El día era desagradable. Yo me acordaba de los
días anteriores pasados en la vía en manga corta al sol,
y maldecía el destino que me mandaba las nubes para mi día
de montaña. Me levanto tarde para variar (7.40). Toca correr
porque mi compañero es puntual para ir al monte. Salgo al garaje
a coger el equipo de monte. Miro al jardín, no llueve pero está
todo empapado. Puede volver a llover en cualquier instante. La temperatura
es fría. Empiezo a elegir la ropa. Toca ropa de abrigo y agua,
pienso mientras noto el frío por la espalda. Saco mi pantalón
técnico, el polar bueno, el traje de agua, los guêtres,
guantes, calcetines gordos. Hoy me llevo “la élite”
del equipo. Va a ser un día pasado por agua. Buen estreno de
botas, si señor. Mochila de ataque, preparada para agua, ostras
voy a preparar ropa de repuesto para la vuelta. Llama mi amigo: se ha
dejado algo y vuelve a casa. Mejor porque si no me pilla sin prepararme.
Cuando llega el desayuno está preparado. Hablamos del tiempo
y surge la duda. Madrugar para nada es tontería, y además
tenemos una cuenta pendiente del último verano en el Pirineo.
La decisión está tomada: salimos a la montaña.
Objetivo: El Pico Lobo. Noto la sonrisa en la cara que tengo detrás
de mí.
El viaje es largo para lo que solemos hacer para un solo día
de montaña. Llueve durante los 90-100 km. que nos separan de
nuestro destino, noto la tensión en el rostro de mi amigo, tensión
que es amenizada por la música muy “country” de la
radio. Hablamos de la semana anterior, de la vida de cada uno de nosotros,
y por supuesto: de la montaña. Al cambiar de valle, y cruzar
a la meseta norte, todo está despejado y vemos el sol sobre un
fondo azul intenso. La alegría recorre nuestros cuerpos.... pero
al observar mejor empezamos a intuir que las nubes que hemos adelantado
durante el viaje en breve cubrirán el hermoso cielo que hemos
visto.
Tras comprar el pan en un pueblo de la sierra de Ayllón comenzamos
la subida al puerto donde dejaremos el coche. Un pantano nos recuerda
que ya hemos estado en la zona, y rememoramos aventuras pasadas. No
puedo evitar acordarme de mi antigua compañera en la montaña.
La cabeza cambia rápido a un tema más importante: hay
algo de hielo en la carretera, no me preocupa, no está demasiado
mal, subiremos al puerto pese a todo.
A la llegada al collado que hace las veces de puerto, la tristeza invade
mi corazón y noto que en el asiento de al lado se vive una situación
parecida. Las nubes que habíamos visto durante el viaje envuelven
todo en una espesa niebla que es arrastrada por un fuerte viento a través
de las cimas de la cresta que queremos hacer. No vemos mas allá
de 100 mts por delante de nuestro coche.
Tras un rato de silencio nos miramos y comienza la discusión
entre la prudencia y el deseo. El peligro de salir en esas condiciones
es evidente, pero la ilusión es enorme. ¡¡Por huevos!!,
ya nos acojonamos en Benasque, y hoy toca subir. ¿Vamos pues?.
Escribo un mensaje a un viejo compañero de montaña indicando
posición y ruta a seguir, por si las moscas.
Los preparativos se desencadenan. Forros, pantalones, guantes gorros,
mochila.... ahora ya no hay duda, vamos a llamar a su puerta, tendrá
que ser la montaña la que nos eche.
Un coche se sitúa a nuestro lado. Son montañeros que traen
intenciones iguales a las nuestras. Miro sus equipos, son semejantes
a los nuestros. Son montañeros de ley, sin duda. Un perro acompaña
con brincos la presencia de nuestros vecinos.
El viento arrecia cuando terminamos de prepararnos
para la marcha. Doble pantalón, guêtre, polar, abrigo en
dos capas, gorro, guantes, raquetas y braga es el equipo que elijo.
Dejo los bastones en el coche. Prefiero llevar las manos libres por
si acaso. Parezco un esquimal, pero intuyo que el día va a ser
duro y frío.
Comenzamos la marcha subiendo una larga cuesta. Mi compañero
marca un ritmo fuerte. Este apuesta a por todas, pienso en silencio.
No voy a achicarme, me concentro y fuerzo la respiración para
coger ritmo. Primeros corros de nieve que evitamos sin dificultad. No
se ve ni un pijo, y el aire comienza a molestarme en un oído.
Escucho un aullido a través del gorro: es el Lobo, que nos avisa
de su peligro.
Un perro nos adelanta en mitad de la cuesta. Nos asombra la facilidad
con la que va y vuelve salvando la distancia que nos separa de los montañeros
pucelanos que han salido con 200 mts de retraso y que nos siguen a la
distancia.
continúa
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