| Bajamos
la loma y nos disponemos a subir el segundo repecho camino de alcanzar
la cresta de la sierra. Nos quedamos al descubierto y el aire nos empieza
a maltratar. La pista se sigue bien aunque levantar la vista sólo
sirve para desesperarse. No se ve más que el blanco de la niebla.
Caigo en la cuenta de que no está lloviendo, y que no parece
que vaya a comenzar a hacerlo. Bien pienso, mientras la montaña
nos arroje aire y niebla, tenemos alguna oportunidad de conquistarla.
A mitad del segundo repecho paramos a beber y nuestros perseguidores
nos alcanzan. Se comenta la jugada y de forma natural se forma una alianza
de intereses, ahora somos cinco para derrotar a un Lobo hambriento de
montañeros.
La pista empieza a esconderse y la nieve lo cubre todo. Es la huella
de un desconocido guía, la que nos dirige entre los jirones de
niebla que nos golpean los escasos trozos de piel que llevamos al aire.
Alcanzamos la cresta y se desencadena la batalla. A duras penas distingues
al compañero que llevas delante, el viento tira de la mochila
obligándonos a ir de lado para protegernos. Pasamos a cara sur
para cubrirnos de las corrientes, pero tras un rato de avanzar por una
pista nos damos cuenta de que perdemos altura y la cresta empieza a
perderse a nuestra derecha. Tras un pequeño intercambio de opiniones
decido abandonar mi posición de vagón de cola, y marco
huella para todos mientras remontamos la cresta, donde el Lobo nos vuelve
a gritar que nos volvamos derrotados. Intentamos cubrirnos por cara
norte (el viento es del sur), pero una impresionante ladera de hielo
de fuerte pendiente , cuyo final no podemos ver por la niebla nos lleva
a volver a remontar a la cresta. Empezamos a ajustarnos los abrigos
todo lo posible para aguantar el frío. Decido sacar “el
buzo” (capucha del abrigo de montaña) y encerrarme por
completo dentro de mi abrigo. Dos ojos es lo único que dejo al
aire. Pienso que es la última carta que tenemos para subir a
la cumbre. Aislarnos del viento lo mas posible y continuar por la cresta.
Me fijo en el compañero que me precede en la cola, lleva todas
las costuras y arrugas cubiertas de hielo que se le ha ido formando
en la subida. Me miro con cierto miedo y descubro que a mí también
se me está formando hielo en todas las prendas de ropa expuestas
al aire.
Me gustaría decir que el paisaje es precioso, pero a duras penas
puedo ver donde va el primero de la fila. La chica que llevo delante
se gira cada poco tiempo para ver si sigo detrás. Le agradezco
el detalle, me demuestra que sabe de que va esto de la montaña.
Intuyo que nos queda una ascensión a un pico (ignoro su nombre
y no me apetece mirar el mapa), un descenso a collado y la subida final
al Lobo. Llevamos mas de dos horas andando.
Mi compañero comienza a rezagarse y me quedo a acompañarle.
Va tocado, sin duda. Me doy cuenta de que tiene dos problemas, uno físico
y uno mental. El físico, sin duda lo conoce el mejor que yo.
(Supongo que 6 años de medicina y 4 de MIR sirven para algo),
el mental está claro, tiene bajón, y la cuesta de hielo
que tiene por delante, unida a un bestial viento que nos embiste de
lado, y la temperatura que ha bajado de repente no es que anime mucho.
Trato de animarle, y hacerle ver que debe concentrarse. Tengo dudas
sobre si ha sido buena idea la de intentar la ascensión hoy.
No sé muy bien como lo consigue, pero al rato saca fuerzas para
seguir. Este tío es un gran luchador, buen compañero ¡sí
señor!.
Lobo ¡¡has perdido!!, ahora lo sé, es ese momento
en que lo tienes claro, vamos a hacer cima. Ahora no puedes pararnos.
Hay veces que la montaña nos deja que la conquistemos fácilmente.
Hay veces que la montaña nos enseña su furia y nos derrota
sin perdón
Hay veces que la montaña nos prueba, y sólo si superamos
sus obstáculos nos recompensa.
Hoy sin duda es uno de estos casos, yo ya estoy convencido, aunque queda
una bajada y otra subida: hoy tenemos la puerta abierta y vamos a entrar
en el reino del Lobo.
Nuestros amigos de subida están esperando al abrigo del aire
(una vez mas demuestran ser gente con mucha experiencia), y juntos emprendemos
el último repecho. La bestia aúlla en forma de aire frontal
en un último intento de protegerse de la invasión, pero
la batalla se termina, en un último esfuerzo trepamos por las
rocas que nos llevan a domesticar a un LOBO.
Por los “amigos” de pucela que no creo que vuelva a ver.
Por ti Javier y por tu estupenda compañía en cualquier
montaña.
Por ti Lobo que enseñaste los colmillos pero no mordiste.
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© carlos mateo gimeno. :: habla@yambria.org :: colmenar viejo::
2005
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