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pulau[1]


:: luis sacristán. ::

A Fulgencio Moraga

 

Durante las fiestas de Mayo, Día del Trabajador, en las que en China se concede una semana libre, visité Malasia. En concreto, las Islas Perhentian (Pulau Perhentian en malayo). Fue un viaje que organizamos los amigos reunidos en Guangzhou. Al final fue posible irnos 8 juntos. La verdad es que pocas veces es posible reunir a tantos.
Nuestro viaje comenzó un viernes por la tarde. El cielo estaba gris, y durante el camino estuvo lloviendo a ratos. Habíamos contactado con un chofer que tiene una furgoneta para poder acercar hasta Zhuhai a la tropa de aventureros. El viaje nos llevaría por 3 ciudades antes de llegar al paraíso que todos teníamos en mente.
Zhuhai es la ciudad fronteriza con Macao, colonia Portuguesa hasta 1999, cuando regresó a manos chinas. La primera es una ciudad china, aunque influenciada, afortunadamente, por costumbres europeas. Las calles, sin llegar a estar limpias del todo, si presentan un orden y sentido que no se encuentra en otras ciudades (la mía, sin ir mas lejos). Desgraciadamente, y puesto que era muy tarde, no tuvimos otra opción que cenar en Mc Donalds. Lo siento, señores, pero así se presento la noche. El vuelo a Kuala Lumpur (KL para los locales, y de ahora en adelante) no salía hasta casi medianoche, así que tuvimos tiempo de sobra.
Una vez hubimos recargado fuerzas, marchamos a la frontera con Macao. Como todo edificio de relativa importancia en China, a la frontera se accedía por una gran calle. Presidía una monumental plaza en la que los chinos, yendo o volviendo tintaban con los colores de sus maletas y mochilas el cemento. Los más mayores portaban su xingli (equipaje) en un carrito con dos tirantes.
Atravesada la salida de China y entrada a Macao, era momento de cenar y marcharse al aeropuerto. Por delante nos esperaban otras 12 horas de viaje. Dos vuelos en los que se aprovechó para dormir un poco. Todo esto, de noche.
Aterrizamos en Kota Barhu por la mañana. Una vez en el aeropuerto, con más sueño que hambre, y con unas ganas de quitarnos las maletas de encima, hablamos con una agencia de viajes para que nos llevase a las islas. Por algo más de 2000 pesetas nos llevaban en taxi hasta el barco y luego hasta las islas. Aunque parezca poco, el precio era elevado. Francamente, no estábamos para discutir. Queríamos llegar.
Pese al aire acondicionado en el taxi, y aunque el sol no estaba muy alto a las 9 de la mañana, el calor en mi brazo me daba señales de que aquella zona era muy calurosa. El paisaje me recordaba a Tailandia. Casas individuales, coches Protón (la marca local), y hombres, mujeres, jóvenes o familias completas en motos circulando por calles que, a tramos, no estaban pintadas. Las zonas selváticas a ambos lados de la carretera amplían la sensación de lujo y sosiego que veníamos buscando. Paz, aire, agua limpia y arena.
Llegamos al barco rápido, y montamos para marchar cuanto antes a las islas. Al salir al mar abierto (el embarcadero estaba en una desembocadura de río), el agua se tornó azul. El cielo limpio y el agua azul hacían infinita la sensación de espacio. Cada vez estaba más cerca del paraíso. El viaje se hizo largo. Las islas, verdes y con una selva frondosa, se acercaban lentamente. Las siluetas lejanas daban paso a unos bloques macizos de árboles tropicales, zonas de grandes rocas y playas de arena fina.
Al bajar de la lancha-taxi que nos cobró otros 2 ringits, y poner los pies en la arena, cerré los ojos y sentí la tranquilidad del lugar. Bajábamos en Long Beach, una playa de unos 1500 metros en la que se han levantado hoteles del tipo cabaña, tiendas, restaurantes y bares de noche. No pienses en civilización. Piensa en poder vivir con un par de pantalones, bañador, tres camisetas y mucha crema protectora. Bienvenidos al paraíso.
Tras registrarnos en el hotel, fuimos raudos a nuestro primer baño.
Desgraciadamente, también fue el primer quemazón del sol. Sí. Si te descuidas, en 1 hora te has quemado. La comida de marisco fresco fue el preámbulo perfecto para mi siesta.

 

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