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Fulgencio Moraga
Durante las fiestas de Mayo, Día del Trabajador,
en las que en China se concede una semana libre, visité Malasia.
En concreto, las Islas Perhentian (Pulau Perhentian en malayo). Fue
un viaje que organizamos los amigos reunidos en Guangzhou. Al final
fue posible irnos 8 juntos. La verdad es que pocas veces es posible
reunir a tantos.
Nuestro viaje comenzó un viernes por la tarde. El cielo estaba
gris, y durante el camino estuvo lloviendo a ratos. Habíamos
contactado con un chofer que tiene una furgoneta para poder acercar
hasta Zhuhai a la tropa de aventureros. El viaje nos llevaría
por 3 ciudades antes de llegar al paraíso que todos teníamos
en mente.
Zhuhai es la ciudad fronteriza con Macao, colonia Portuguesa hasta 1999,
cuando regresó a manos chinas. La primera es una ciudad china,
aunque influenciada, afortunadamente, por costumbres europeas. Las calles,
sin llegar a estar limpias del todo, si presentan un orden y sentido
que no se encuentra en otras ciudades (la mía, sin ir mas lejos).
Desgraciadamente, y puesto que era muy tarde, no tuvimos otra opción
que cenar en Mc Donalds. Lo siento, señores, pero así
se presento la noche. El vuelo a Kuala Lumpur (KL para los locales,
y de ahora en adelante) no salía hasta casi medianoche, así
que tuvimos tiempo de sobra.
Una vez hubimos recargado fuerzas, marchamos a la frontera con Macao.
Como todo edificio de relativa importancia en China, a la frontera se
accedía por una gran calle. Presidía una monumental plaza
en la que los chinos, yendo o volviendo tintaban con los colores de
sus maletas y mochilas el cemento. Los más mayores portaban su
xingli (equipaje) en un carrito con dos tirantes.
Atravesada la salida de China y entrada a Macao, era momento de cenar
y marcharse al aeropuerto. Por delante nos esperaban otras 12 horas
de viaje. Dos vuelos en los que se aprovechó para dormir un poco.
Todo esto, de noche.
Aterrizamos en Kota Barhu por la mañana. Una vez en el aeropuerto,
con más sueño que hambre, y con unas ganas de quitarnos
las maletas de encima, hablamos con una agencia de viajes para que nos
llevase a las islas. Por algo más de 2000 pesetas nos llevaban
en taxi hasta el barco y luego hasta las islas. Aunque parezca poco,
el precio era elevado. Francamente, no estábamos para discutir.
Queríamos llegar.
Pese al aire acondicionado en el taxi, y aunque el sol no estaba muy
alto a las 9 de la mañana, el calor en mi brazo me daba señales
de que aquella zona era muy calurosa. El paisaje me recordaba a Tailandia.
Casas individuales, coches Protón (la marca local), y hombres,
mujeres, jóvenes o familias completas en motos circulando por
calles que, a tramos, no estaban pintadas. Las zonas selváticas
a ambos lados de la carretera amplían la sensación de
lujo y sosiego que veníamos buscando. Paz, aire, agua limpia
y arena.
Llegamos al barco rápido, y montamos para marchar cuanto antes
a las islas. Al salir al mar abierto (el embarcadero estaba en una desembocadura
de río), el agua se tornó azul. El cielo limpio y el agua
azul hacían infinita la sensación de espacio. Cada vez
estaba más cerca del paraíso. El viaje se hizo largo.
Las islas, verdes y con una selva frondosa, se acercaban lentamente.
Las siluetas lejanas daban paso a unos bloques macizos de árboles
tropicales, zonas de grandes rocas y playas de arena fina.
Al bajar de la lancha-taxi que nos cobró otros 2 ringits, y poner
los pies en la arena, cerré los ojos y sentí la tranquilidad
del lugar. Bajábamos en Long Beach, una playa de unos 1500 metros
en la que se han levantado hoteles del tipo cabaña, tiendas,
restaurantes y bares de noche. No pienses en civilización. Piensa
en poder vivir con un par de pantalones, bañador, tres camisetas
y mucha crema protectora. Bienvenidos al paraíso.
Tras registrarnos en el hotel, fuimos raudos a nuestro primer baño.
Desgraciadamente, también fue el primer quemazón del sol.
Sí. Si te descuidas, en 1 hora te has quemado. La comida de marisco
fresco fue el preámbulo perfecto para mi siesta.
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