| Cuatro
horas de descanso tras el cuasi-eterno viaje me dieron energía
para poder afrontar la noche. Tras un pequeño paseo por la playa
cuando el sol había cedido el testigo a la luna, cenamos con
nuestros amigos portugueses a los que nos habíamos cruzado, y
con otros españoles e italianos.
La gente que elige estos destinos reclama mi atención. Durante
la cena, conocí a un chico español que llevaba años
viajando. El plan era sencillo. Dedicaba unos meses en España
para trabajar y ahorrar dinero, y se recorría el sur de Asia
el resto de los meses. Tenía la ventaja de ser monitor de buceo,
por lo que, dado el caso, podía ganar algo de dinero en el sitio
donde estuviese en ese momento. Pero él era una rara excepción.
Lo normal es ir durante varios meses por todos los países del
sur asiático, simplemente conociendo y descansando.
Decidí sacarme la licencia de buceo. El lugar era idóneo,
puesto que, a la primera, ya haría las prácticas en aguas
abiertas. Mereció la pena la inversión. Tras 2 días
de teoría e inmersiones a 3 o 4 metros, el tercer día
nos fuimos a mar abierto. A pesar de que la profundidad iba aumentando,
el agua azul nos permitía seguir viendo el fondo. Se conjugaban
tonalidades azules y verdes con los diferentes cambios de profundidad.
Salimos de Long Beach por el lado izquierdo, bordeando “Tombstone”,
otra zona de inmersión. Las rocas grandes y redondeadas escondían
una belleza pendiente por descubrir. 12 metros y un arrecife de coral
nos esperaba. No tengo palabras para describir la sensación.
Aun ahora, escribiendo, me dan escalofríos de pensar en lo que
sentía y veía a medida que bajaba y la presión
en los oídos aumentaba. El fondo marino era amarillo con diferente
animales y plantas a nuestro alrededor. Tan solo oía mi respiración
y el ruido de las burbujas al salir de la unidad principal. Sentía
la presión en los oídos y el aire golpear las gafas de
buceo en su viaje a la superficie. Hicimos unos ejercicios prácticos
a propósito de la teoría, y finalmente, la monitora nos
guió por la zona.
La agenda diaria allí era monótona, sin por ello ser aburrida.
Desayuno, clase, comida, inmersión, volley con los amigos y demás
congregados, cena, algo de marcha y a dormir. No se puede pedir más.
El viernes, marchábamos a la capital de Malasia, Kuala Lumpur.
Un fin de semana de marcha, las Torres Petronas, mezquitas y más
calor nos esperaban allí.
KL no me sorprendió menos que las islas. Malasia es un país
en el que la mayoría de la población es musulmana. De
hecho, cuenta con una de las mezquitas más grandes del mundo
árabe. Además, es un país en vías de desarrollo,
más de lo que lo es China. Me esperaba, visto el campo durante
los viajes en coche anteriormente, que la ciudad fuese pobre y desorganizada.
Lo primero nada más llegar al aeropuerto fue un tren rápido
que nos lleva a la estación central, donde hay construido un
hotel Sheraton. Desde allí, está al alcance el metro,
con el que te desplazas a cualquier parte de la ciudad, o el monorraíl,
que te lleva al centro financiero. Nosotros nos quedábamos en
China Town, que es una zona modesta, sin ser sucia o pobre. Tras buscar
alojamiento para el fin de semana, encontramos un hotel relativamente
barato, y bien situado. Nos esperaba una ciudad.
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