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170


::daniel pérez espinosa::


Anoche había 170 personas debajo de mi ventana recitando versos. Cuando comenzaron, a voz en grito, el ruido me molestó mucho, pero no me asomé pensando que se cansarían pronto. Cuando ya habían recitado 21 personas, gritaban tanto que no podía ni ver la tele y me asomé desesperado a la ventana. Entonces los vi a todos en una larga fila frente a la fachada de mi edificio, los 170, inmóviles, escuchando y esperando su turno para recitar, y me sentí atrapado. Yo deseaba que se callaran y se fueran, pero cuando uno terminaba de recitar comenzaba otro, también a voces, y luego otro. Recitaban con toda la parsimonia del mundo y con intención de seguir así toda la noche. Los conté. Vi que quedaban más de 140 por recitar. Me volví loco, corrí a la cocina, llené un cubo de agua y se lo tiré. El que recitaba en ese momento se calló y todos miraron hacia mi ventana. Yo me asusté. Traté de esconderme pero me vieron, y los 170 comenzaron a gritarme repitiendo una y otra vez frases que parecían versos pero que no entendía. Apagué la luz deseando que no se hubiesen fijado en qué ventana estaba y me encogí en mi sillón. Abajo, los gritos aumentaron, siguiendo un ritmo que machacaba mi cabeza, y yo sólo deseaba que dejaran de gritar y se olvidaran de mí, incluso que volvieran a recitar. Comenzaron entonces a golpear la puerta de entrada al edificio, los 170, uno detrás de otro, rítmicamente. Me asusté y miré el cubo con remordimientos. Me pregunté si la puerta de abajo aguantaría y en ese momento la oí ceder y enseguida escuché sus gritos enfurecidos, todos con rima, resonando por la escalera, cada grito más fuerte que el anterior. Me puse a temblar de miedo. Corrí a la puerta de mi piso y eché todos los cerrojos justo cuando los 170 llegaban y comenzaban a golpearla. Retrocedí temblando. La golpearon sin tregua, turnándose, uno por uno, y sabía que la golpearían los 170, y que una vez que terminasen empezarían otra vez por el primero. Me escondí en la cama, bajo las sábanas, paralizado de
pánico, pero hasta allí dentro me seguían llegando los ruidos de los golpes y los gritos rítmicos, hasta que finalmente la puerta cayó y las 170 voces avanzaron por el pasillo hacia mi habitación, caminando en fila, pisando ordenadamente pero con violencia uno detrás del otro.
Llegaron a mi cama. Por desgracia, no fue ahí cuando me desperté.


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© ::daniel pérez espinosai:: habla@yambria.org :: madrid:: 2005