| Por
esas fechas andaba yo comprometido en escribir un artículo sobre
don Vicente, mi antiguo profesor de literatura de Uclés, y buscando
unos apuntes suyos encontré el libro ‘Leyendas conquenses’
de María Luisa Vallejo que consideraba perdido. Como hacía
tiempo que andaba buscando ese libro, nada más encontrarlo me
puse a leerlo y ¡lo que es la casualidad!, allí pude leer
una leyenda que había ocurrido en la mismísima cueva del
Bache y que estaba relacionada también con el cerro Amasatrigo.
Inmediatamente mandé este correo:
Julia, le doy las gracias por contarme la historia que ocurrió
a su tío en mi pueblo. Y ahora le pido que se siente para escuchar
lo que le voy a decir: ¡He encontrado una leyenda, que ocurrió
en la misma cueva donde se refugió tu tío! Se la conoce
con el nombre de ‘Leyenda de la Mora encantada’ y si me
da su dirección, le enviaré por correo el libro que la
cuenta.
Y otra cosa. ¿Por qué me decía en el primero de
tus mensajes que no deseaba que me sucediera lo que le sucedió
a su tío? ¿Tan malo fue que una joven desconocida le librara
del peligro de una mala tormenta? Pues a mí me parece que tuvo
mucha suerte... o quizá algo más que suerte. Y le confieso
que a mí me habría alegrado que me hubiera ocurrido lo
mismo que a tu tío.
Pocos días más tarde me volvió a escribir Julia
y me decía que, según le contaron de niña, su tío
después de aquel incidente de la cueva llegó a casa muy
raro: se negó a hablar, dejó el trabajo, la novia y, sin
detenerle ni los lloros de su madre, se fue como un hippie a recorrer
mundo. Su marcha la vivieron como una desgracia, como si lo hubieran
perdido. Luego, pasados los años volvió pobre y ahora
estaba en una residencia de ancianos, sin más familia que ella.
Añadía Julia que al principio le asustó su responsabilidad;
pero cuando empezó a tratarlo y conoció su larga vida
salpicada de desdichas le tomó cariño... Aunque mejor
será que leáis las propias palabras de Julia:
Cuando le visito, damos un paseíto o me siento junto a él
y me encanta escucharle, porque nunca habla de trabajo, ni de dinero,
como el resto de la gente que conozco. Sus temas son sobre las gentes
y sus costumbres, tan diferentes en cada país y al mismo tiempo
tan iguales, y me cuenta historias que merecerían ser escritas
y me invita a disfrutar del tiempo presente... Y yo lo acompaño
a tomar una manzanilla... Y él cuida un crisantemo de color púrpura...
y yo, sencillamente, gozo viéndole vivir.
Aquí concluye la historia del joven arqueólogo; pero posteriormente
he hecho un curioso descubrimiento, el de que en la literatura española
del sigo XIX hubo una mujer, de la que se enamoró el poeta Bécquer,
y en quien se inspiró para escribir sus famosas Rimas. ¿Y
sabéis como se llamaba esa musa del más romántico
de los poetas españoles? Julia Espín. Sí, efectivamente.
Lo mismo que la Julia que me ha estado mandando correos. Y esta coincidencia
me hace dudar de si la joven que me contó la historia de su tío
el arqueólogo se llamaba realmente así o si ha tomado
el nombre de la musa de Bécquer como pseudónimo.
Con esto ya no sé quien está detrás del nombre
de Julia Espín, y fijaros bien, si el año pasado buscaba
el nombre de una persona desconocida este año ya son dos las
que tengo que buscar.
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