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ujín


::sebastián serrani::


Pocos quedan, el mar a esta hora convoca sólo a pescadores para darles peces.
Recuerdo la pintura de Grimshaw: anochecer en el Tamesis. Todo empieza a cambiar color, se confunden las barcas con el cielo y a la vez se balancean a causa de la marea.
La playa se ha vaciado y la arena guarda las marcas del día en su piel; agujeros que fueron pisadas de turistas felices. Camino sobre pisadas de otros, superponiendo la huella de mi pie quién sabe con la de quién, sigo los pasos de un lobo o de varios; es lo mismo.
Descubro infinitas formas de agujerear la arena. Esta, nos soporta y calla. Silencia. Arena que se hace hueco con mi paso.
(el agujero es el espacio de nuestro pie, lo que queda)
Sin embargo sigo una extraña huella, una huella superficial; alguien ha marcado la arena de otra forma, de manera plana, sin oprimir el suelo, parece un dibujo. Un pisada lisa, no honda, pasa inadvertida entre los lobos.
¿Cómo alguien puede caminar sobre la arena y no agujerearla?
Los pescadores ya se han vendado los ojos y es la indicación que hay peces en sus cubos. Nadie habla. La tarde es ajena a mi pensamiento y acontece rutinariamente como si no hubiese nada por hacer. Es, quizás, esta huella lo único que altera esta realidad controlada.
Ando por la mitad de la playa entre el mar y un muro de cemento atiborrado de escritos y musgos. Huele a orín. Voy recto en línea a la huella, con mi pisada tapo la huella superficial, la borro; sigo, apoyo mis pasos al costado de la huella: una duplicación. ¿de quién será está huella?. Pisadas paralelas, superpuestas, tachadas, formas en una arena. Ahora mi paso se acelera o espacía y es señal de que la huella antes ha hecho lo mismo. Empiezo a sentir en la respiración, lo que ha pasado. (Ser otro teniendo otros pasos). Ahora la huella zigzaguea; zigzagueo también.
La distancia entre paso y paso es pequeña, me incomoda. Debo cambiar mi ritmo, acortar los pasos. La señal es clara; la huella es de un niño; lo llamaré Ujín.
A Ujín no puedo verlo.
Sus marcas llegan hasta el final de la playa, donde están las rocas. Ujín sabe que si entra en las rocas perderé su huella pero justo antes, en la puerta de lo impenetrable, me doy cuenta que estoy caminando en circulo. Las pisadas de Ujín han dibujado una circunferencia perfecta; la siento. Ahora damos vueltas, una calesita en la arena. Sabe que lo puedo alcanzar, salta, hace piruetas. Se arroja contra la arena, todo su cuerpo cae y caigo sobre la arena.
Comenzamos a caminar nuevamente.
La playa está igual; con más peces pescados, con manchas de hombres fumando y mirando el mar. Una pareja pasa delante nuestro, van de la mano por la parte de la arena húmeda, esa que recién tocó el mar; se alejan. El viento aparece, las olas crecen y el olor a sal también. Llega la música desde algún lugar; música que adormece.
Y ahora donde vamos?, pienso.
Hacia el lugar de lobos pero de otro modo; dice Ujín.



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