relatos del yugo

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en l´arbornar


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Así como en los juegos de azar las cifras pares y las impares tienden al equilibrio, así también quise nivelar mi vida trabajando, y un año de trabajo sería acaso el contrapeso del resto de una vida dedicada al arte.
Empecé inventándome un currículum de proletario industrial (en las fábricas se trabaja horario completo de ocho horas y el resto del día queda libre), Sin excusarme lo inventé porque determinados fragmentos de mi vida están vacíos, recurro a la ficción para rellenarlos, para habitarme.
Al fin recibí la llamada de una ETT para entrevistarme. José, un colega que conocí cuando trataba de hacerme con un contrato de seis meses armando vitrinas para el Zara también la recibió y quedamos para ir juntos. Sin embargo ese día lo llamé antes y le comenté que estaba nervioso, que no tenía donde imprimir mi currículum y otro par de excusas que tengo para jamás pisar uno de esos sitios. Me dijo que llagara primero a su casa, que tenía chocolate del bueno y tinta en la impresora. Fuí más que por el chocolate y lo obsoleto de mis excusas, por el plan que compartíamos: la promesa del viaje. Ahorraríamos para salir de España en busca del llamado interior.
José iría a Suramérica en busca de noches interminables inundadas por ritmos tropicales y rayas de cocaína. Yo careciendo de todo gusto musical me iría al desierto de la Tatacoa para comprender que el arte se gesta en el cuerpo. El espacio se define a través del la forma de recorrerlo. La luz y la oscuridad como dimensiones corporales. En fin iría tras la pista de varios novelistas que me interesan y tras un libro que no he leído.
Una vez en la ETT las dos secretarias decidieron que éramos aptos. Ese día salimos dichosos, teníamos trabajo en polígono industrial de L´arbornar.
Entré el primero de mayo con horario de seis a catorce, José empezó una semana antes con horario de catorce a veintidós. El primer día de trabajo me presenté desaliñado y nervioso ante un encargado amanerado y cincuentón que me recibió con gesto de decepción, al tercer día me dijo "muy bien". Seguí constante, desaliñado y nervioso. Me presentaba puntual a cumplir mi horario, solo sería un año. A las catorce cruzaba unas palabras con Jose; hablábamos del físico de las secretarias o los detalles de la faena.
La inercia, el cansancio, la monotonía y los gastos que el sueldo apenas cubrían me desalentaron totalmente, trabajo para nada. Sin embargo José se llevó la peor parte. Durante unos días no coincidimos en el cambio de turno, cuando al fin nos encontramos José tenia diez kilos menos y unas ojeras que me obligaron a preocuparme. Había roto con su novia y el que no coincidiéramos en el cambio de turno se debía a la consecuente crisis que lo obligó a permanecer en casa. Acuartelado y en paro esperó a vender el piso y partió hacia Córdoba buscando consuelo y un nuevo trabajo.
A mí ya me van a hacer de empresa y los planes de partir al desierto de la Tatacoa me empiezan a parecer ridículos.

 



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