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Estoy a menos de 30 minutos de Guangzhou, ciudad donde
vivo y trabajo desde hace dos años. Estoy a bordo de un avión
europeo, en el cual he pasado mis primeros años como trabajador.
Miro por la ventana al despegar o en mitad del trayecto, y veo verde,
marrón y gris de la tierra, e imagino que estoy de vuelta a casa.
Hay montañas, ríos, y todo aquello que forma la geografía
de nuestro querido viejo continente.
Por un momento, igual que cuando ves una película en casa, aislado
del mundo, puedo sentir que estoy en España. Hay un orden y una
lógica para todo lo que nos rodea, aunque a veces no lo aceptemos
así. De repente, suena un anuncio en el PA, con la suave voz
de la azafata china que nos avisa que en breve aterrizaremos, y mi mente
aterriza forzosamente en mi cuerpo, en China. He recorrido 14,000 kms
en menos de un segundo.
Por un momento os dejo pensar que tengo ganas de retornar a mi país.
Nada más lejos de la realidad. Si es verdad que hace 9 meses
que no piso Valencia, y que gustosamente disfrutaría de una paella
con mi familia un domingo para comer. Pero mi espíritu me pide
guerra, y aquí doy vía libre a esta inquietud.
Afortunadamente para nosotros (los residentes en este lado del globo),
la gente que no pasa más que un par de semanas en este país
queda maravillado por los edificios y las reliquias que posan en la
calle. La Gran Muralla, los guerreros de Terracota, el Bund, Lang Kwai
Fung. Asombra la gente que habita sus calles, causa perplejidad la forma
de vivir, y las diferentes costumbres que tienen. Os intriga averiguar
como vivirán los chinos en esas casa ruinosas y . es más,
os preguntareis como es posible que los “laoguais” seamos
capaces de convivir con esta cultura. Os cuento.
No recuerdo bien el día de la semana que aterrice en el viejo
aeropuerto de Beijing. El día parecía nublado a mitad
de agosto, y daba un contraste calor-frío cuando las nubes aparecían
o desaparecían.
La terminal internacional me recordaba a aquella que había visto
en El Cairo, con baldosas de hospital, y las paredes viejas. Una atmósfera
de pobreza y suciedad, mezclada con misterio por lo nuevo, lo desconocido,
lo “tercermundista”.
Esta primera estancia de dos semanas fue espectacular. Venía
a ver un país al cual mi madre tenía miedo por las historias
que había oído. “Luís, me decía, ten
mucho cuidado donde te metes y que haces”. Pero ninguno de los
temores maternos fomentó el mío al aterrizar en este país,
al que poco a poco voy haciendo mi hogar.
Entonces visité las ciudades de Beijing, Tianjin, Hangzhou y
Shanghai. 15 dias absolutamente inolvidables de experimentación
diaria. Cada segundo era un momento en los que los ojos se desorbitaban,
y la boca se descoyuntaba. Hoteles de 5 estrellas tan lujosos como los
visitados en mi trabajo, y calles amplias con coches de lujo. Mucho
espacio, mucha gente y grandes dosis de diversión. No comprendía
el lenguaje, ni las costumbres que había a mi alrededor. Todos
los hábitos locales me parecían fascinantes, a la par
que chocantes (unos más que otros).
Dos años después, drogado por la necesidad de venir a
ver que más ocurría en este país, tuve mi segunda
experiencia, que, pese a no ser lujosa, me llenó de igual grado.
Esta vez el viaje era más “mochilero”. Aprovechamos
para viajar más en tren, en literas de segunda clase, y asientos
blandos y duros. Los pasajeros chinos me miraban sorprendidos de ver
un extranjero en esos vagones en los que se amontona la gente y las
maletas, donde no se apaga la luz por la noche, y la gente duerme placidamente
apoyando la cabeza sobre las mesitas llenas de los restos de la cena,
o adaptando cualquier postura contorsionista.
.
continúa
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