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Mi vida de rata solitaria (y ahora encima magullada) encuentra su único
placer constante en la lectura. Me reconozco como una máquina
limpiadora de fondos de piscina que solo puede funcionar sumergida en
el agua. Si por una imprudencia la sacaras y se metiera aire en su mecanismo,
se estropearía irremisiblemente. Yo leo igual que el artefacto
absorbe agua, para estar lleno, y lo mismo que en sus filtros se acumula
la broza, las hojas muertas, en mí se acumulan anécdotas,
curiosidades y ensoñaciones de conocimientos. Tengo que incidir
en este punto. No leo para aprender nada. Eso requeriría otra
disposición, repasar, analizar, desmenuzar, digerir. Leo para
soñar que aprendo. Son cosas mías, lo reconozco y puestos
a reconocer también admito que leo para darme carrerilla y ponerme
a escribir, soltando unas gotas de agua que siento propias. (Una manguera
que se recoge y se enrolla una vez cerrado el grifo.)
Acabo de terminar un libro de Salinger, un libro que es el centro de
esta historia.
Ya digo que no conviene que entre aire en la maquinaria y por ese motivo
cuando me desplazo a alguna parte siempre llevo un libro conmigo. Por
la calle lo sujeto cerrado en la mano, voy leyendo los carteles, los
anuncios, pero al entrar en el metro… Primero confesar un vicio,
en el metro, cuando hay varios asientos libres, siempre elijo sentarme
al lado de alguna persona que vaya leyendo. Me doy cuenta de que esto
a veces genera incomodidad, si es el caso de ir el vagón medio
vacío y yo sentarme junto a un viajero cuando podría haber
elegido otro lugar sin vecinos. En ocasiones se levantan, molestos,
heridos en sus derechos de ciudadanos. Si se van yo les ignoro, me sumerjo
en mi libro, pero si no se van siempre sucumbo a mi vicio de echar una
ojeadita a la lectura que llevan entre manos.
Hoy ha sido el día que mi vicio se ha iluminado como un mesías
largo tiempo anhelado y mi ineptitud lo ha dejado marchar. Me siento
al lado de una chica joven, abro mi libro de Salinger por la página
112, leo la anécdota de la entrega de los abrigos de Seymour,
levanto la vista, la redirijo con un leve giro de cabeza al regazo de
mi vecina y con un temblor de mi viejo corazón de rata solitaria
descubro la misma página 112, los mismos sombreros distribuidos
sin error a sus dueños por un niño de ocho años.
Reconozco, que poseído por un censurable acceso de locura del
que me arrepentí al instante, cogí a la chica por la barbilla,
la gire y la estampé un beso en los labios. Pude besarla porque
la pillé absolutamente desprevenida, pero en cuanto despegué
mis labios reaccionó con un grito histérico y después
¡Qué coño hace! Se levantó de un salto, la
recorrían calambres nerviosos de asco como los que tenía
mi hermana cuando le tiraba encima algún insecto. ¡Puto
pervertido! ¡Puto pervertido! Su libro había caído
al suelo, yo me incliné para recogerlo y tratar de enseñarle
que era igual que el mío y una vez que se calmara le señalaría
que no era esa la única coincidencia, que la más importante
es que estabamos leyendo la misma página, la 112, pero ella,
creo que con la misma reacción frenética que hubiera impulsado
a mi hermana a aplastar al maldito bicho, me propinó un puntapié
en la cara. He de admitir que fue muy precisa, que no pagaron justos
por pecadores. Me rompió el labio. Yo la perdoné. La entendía,
me avergonzaba de haberla besado, de no haber sabido reprimir mi alegría
y me esforcé porque escuchara mis explicaciones, pero la muchacha
se asustó al verme sangrar, dio un paso atrás, acercándose
a las puertas, deseando que el tren se detuviera para echar a correr,
y no escuchaba las palabras que yo intentaba pronunciar y que salían
de mi boca manchadas, en un borboteo rojo de pequeña erupción
volcánica. La hablaba sujetando los dos libros, uno en cada mano,
con el aspecto mártir de un vendedor de biblias mormonas, fiel
a su credo. ¡ Es que no ves que los libros son iguales! La grité
desgarrado, intuyendo que iba a perderla en cuanto el vagón entrara
en la luz amarillenta de la estación. ¡ Mira! ¡Estábamos
leyendo la misma página!.
El tren se detuvo con un frenazo seco. Las puertas se abrieron. La chica
me miró hasta el último segundo asustada por si al girarse
pudiera saltarle encima y atacarla con un cuchillo. Huyó. El
pitido intermitente precedió al cierre de las puertas y al arranque
del tren, saqué un pañuelo del bolsillo para limpiarme
la sangre. Abrí mi libro por la página en la que lo había
dejado. La gente fue llenando el vagón en las sucesivas estaciones.
Todos los viajeros rehuían mi cercanía probablemente a
causa del pañuelo ensangrentado que mantenía sobre la
boca taponando la herida. Por fin otra chica joven vino a sentarse a
mi lado. Yo le avisé que había un sitio libre y ella me
lo agradeció y lo ocupó. Llevaba un bolso rojo con dos
cremalleras, sin bajar la cabeza abrió una de ellas y sacó
un libro. Se lo colocó sobre el regazo, buscó el trozo
de papel que sobresalía entre sus hojas, lo abrió por
allí y prosiguió la lectura acariciando la superficie
de las hojas con la yema de los dedos. Quizás fuera una jugada
de mi destino y estuviera también leyendo a Salinger. En Braile.
Las estaciones se sucedían. Con el labio palpitándome
aún, me levanté al llegar a mi parada y me apreté
contra la puerta, rumiando todo el rato una frase que no me atreví
a pronunciar.
“Disculpe la intromisión señorita, ¿no estará
usted leyendo a Salinger?”
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© ::tomás muñoz sacristán::
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