perdido perro pequeño

polémicas [risas] manifiesto enlaces yambrientos versión imprimir home


cuento de la sirena[1]


::zawadi buendía::

 

Siempre se le encogía el estómago antes de dormirse. Le asaltaba la idea recurrente de que, en mitad del sueño, una cucaracha se le deslizaría entre los muslos, quizá entre los pechos, y de pronto, se despertaría y la vería allí, distorsionada como en un espejo cóncavo, con sus grandes ojos negros mirándola con espanto por haberla despertado. Inmóvil, con sus antenas paralizadas y tiesas.

Le costaba dormirse porque temía que una de esas noches, mientras ella dormía, uno de sus padres estuviese muerto. Tenía miedo de que cosas que escapaban a su control diurno, pero que ella podía percibir, despierta, a través de un complejo sistema telepático que había descubierto, reconocido y desarrollado en diversas fases de su vida, ocurrieran por la noche, cuando recorría el mundo en sus oníricas excursiones nocturnas.

Se escondía bajo el dosel imaginario de su cama de matrimonio temporal, que había alquilado, junto con el resto de la casa, sólo para unos meses. No le gustaban las camas de matrimonio, ni siquiera cuando la ocupaban otros cuerpos además del suyo. De pequeña, enroscada entre las mantas de su cama de noventa, se imaginaba que dormía sobre una colchoneta que flotaba a la deriva en medio del mar, con pequeñas olas que la balanceaban. El agua era amable con ella y nunca había tormenta, ella podía sacar la mano y meter un dedo en la masa líquida oscura que la sostenía para sorpresa de los peces que pululaban por los alrededores de su territorio marino.

Tenía miedo de perderse dentro de aquella nebulosa que no le pertenecía. Le molestaba no saber exactamente de qué estaban hechas las cosas y, por tanto, no tener el control sobre ellas. Le molestaban la soledad y la compañía recurrente. Le molestaban los extremos, y también el equilibrio, pues se rompía tan fácilmente. En una cama de noventa, era fácil guardar el equilibrio, volver al vientre de su madre. En las camas de matrimonio, los extremos estaban demasiado lejos unos de otros, inabarcables, el centro había que buscarlo y a ella le daba miedo no poder tocar desde ahí la masa oscura del mar con la mano.

Le gustaba viajar desde la cama, viajar a donde estaba él y soplarle un secreto al oído. Sin embargo, desde hacía un tiempo aquel destino estaba cancelado, quizá porque él había decidido no dejarla entrar.

Miraba por la ventana de aquella casa colonial, atrapada dentro de su castillo, como Dánae esperando la lluvia dorada de Júpiter. Miraba los pájaros que se posaban sobre el alféizar, con el rastro naranja de una brocha accidentada sobre una túnica negra. Miraba y esperaba a que un día pudiera levantarse de la cama y pensar que habían llegado tiempos mejores.

 

continúa [1] [2] [3]
[volver al index]