perdido perro pequeño

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cuento de la sirena[2]


Dánae quería convertirse en la lluvia de Júpiter para saciarse a sí misma. Eso lo pensaba cuando abría los ojos por la mañana. Poseía la extraña rareza de adelantarse al sonido del despertador, era como si ella lo despertara a él y no al revés, como si le recordara, milésimas de segundo antes, que debía agitarse. Probablemente aquel fenómeno provenía de la fascinación, al mismo tiempo que exasperación, que le producía el sonido del despertador puesto que solía ser el primer azote de realidad que abofeteaba su mundo onírico, hecho a su medida por lo desestructurado. Pensaba que aquel acto de violación tan brutal se asemejaba a la muerte, puesto que aparecía tan de improviso para separar una vida de la otra, un estado del otro, y se dejaba adivinar milésimas de segundo antes.

Sin embargo, la muerte no era como la contaban. Una no se moría y ya está. Cambiar de estado significaba una delicada y brusca lucha con la memoria. Después del despertador, ella no quería ser más allá del sueño, quería quedarse en aquella vida en la que podía manipular las vidas de los otros, en la que podía anularlos o crearlos a su antojo. De hecho, ella se quedaba allí, adheriéndose a las camas flotantes y hundiendo la mano en la masa oscura, mientras yo me lavaba los dientes.

No sé cómo fue que un día, él descubrió lo que ella estaba haciendo. Descubrió que mientras él tomaba el café con una mano, la otra se perdía por una dimensión desconocida. Descubrió que le colonizaban, que le arrancaban de sí mismo, que veía a su él convirtiéndose en un viajero empedernido que se escapaba por las noches y a veces, tardaba en volver por las mañanas. Y una noche le siguió. Y la descubrió. Al otro lado. La mano metida en la masa oscura sobre la que dominaba el mundo, buscando el centro en el corazón de una colchoneta que le quedaba demasiado grande.

Y él se asustó. Hizo las maletas y se fue allí donde su noche no coincidiera con la noche de ella, donde el día de él fuera la noche de ella y donde el día de ella fuera la noche de él. Para que no pudieran encontrarse.

Cuando aterrizó en su trinchera al otro lado del globo, abrió las maletas y mientras ordenaba su ropa en los cajones, se le apareció como un disparo, y los descubrió juntos, enroscados ante el dosel de una materia que, por inconsistente, flotaba fácilmente sobre la aberración del no saber en qué consistía.

Me llamó, cuando me lavaba los dientes, mientras su ropa se revolvía a medio camino entre la maleta y los cajones. Me llamó para que le devolviera a su él, estaba dispuesto a recurrir al chantaje, o al soborno, según el caso.




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