perdido perro pequeño |
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| Tras la llamada, rehizo sus maletas y volvió. Nos encontramos en el centro del mundo en el que yo me lavaba los dientes y él se tomaba el café, allí donde él vivía hasta que decidió escaparse para que ella no lo abdujera. Volvió y dormimos juntos en una cama de matrimonio en la que el centro caía entre nuestros dos cuerpos. Sonaba el despertador y aquello apenas significaba ya el paso de un mundo a otro, debían de ser el mismo o fundirse uno en el otro sin transición perceptible. Yo me levantaba y me lavaba los dientes. Frecuentemente lo hacía mirándome al espejo. Mirándome al espejo, lo descubrí. Siempre me había lavado los dientes intercalando las manos, la derecha para el lado izquierdo de la dentadura y la izquierda para el derecho. Sin embargo, desde que mis dos mundos –mis dos ellas- se confundían la una con la otra procedía al ritual sólo con una mano. Me miré la que quedaba libre y la seguí hacia donde caía, en la masa oscura de una materia inconsistente, magnetizada por el centro de una colchoneta flotante sobre la aberración del no saber en qué consiste, hacia las ondas que dibuja en esa oscuridad densa la yema de un dedo de una mano. Ella está allí, como lluvia de Júpiter atraída por una Dánae colonizadora, una mano conocida que reclama la atención de otros tiempos. Ella se escapa todas las noches hacia el recinto flotante de un él diferente, conocido y nuevo, mientras él, el originario, y yo dormimos juntos. Él, el nuevo él, se separa de sí mismo todas
las noches pensando en que una cucaracha incuba huevos en sus ingles.
Para asfixiarla, duerme boca abajo y busca el centro de su cama de matrimonio.
Deja caer la mano y toca el universo con la yema de su dedo, atrayendo
hacia sí todas las cosas que le pertenecen.
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