| Ante
el inesperado reto de escribir acerca de la lectura, como persona incrédula
que me declaro, me resistía a creer que ya no se lee. Decidí
aplicar el dudoso encanto de las encuestas. Hablar con datos empíricos
en la mano me daría la clave de todo y una cierta autoridad,
así nadie me tacharía de “anticonstitucionalista”,
que es lo que está de moda. Mi encuesta científica se
basaba en dos únicas preguntas: ¿Tienes algún libro
entre manos? Y en caso afirmativo procederíamos a la segunda
y última cuestión ¿Cuál?
Elegí como unidad de medida a diez amigos de la infancia, ¿por
qué no? pensé, al fin y al cabo todos están estudiando,
motivo por el cual -yo pensaba- deberían estar familiarizados
con lecturas de sus gustos, y así podría echar por tierra
todos los argumentos de aquéllos que piensan que hoy sólo
se leen los titulares de la Interviú. El reto se convirtió
en una obsesión.
Seré rápida y sincera. Sólo cuatro personas, de
las diez a las que pregunté, tenía un libro entre manos.
Y de estas cuatro, una de ellas no se acordaba ni del título
de su libro y el resto me habló de títulos que me estremecieron…
Pero contabilizan como personas que leen, ¡qué quede claro!
Por suerte, tan sólo una persona declaró –bajo off
the record- que leía los titulares de Interviú. Ante estos
resultados, me sentí desolada. Los libros son espejos, sólo
somos capaces de ver en ellos lo que nosotros mismos ya llevamos dentro,
leí una vez. Me resistí a pensar qué llevaban mis
compañeros dentro, pero comprendí que el arte de leer
está muriendo lentamente, que ese ritual íntimo, especial
y sagrado, en el que ponemos toda nuestra razón, pasión
y alma está perdiendo toda razón de ser. La lectura tiene
un poder único y exclusivo, cuando tenemos un libro entre manos
es sólo nuestro ya no es de nadie más, ni de Dickens,
ni de Flaubert, ni de Saramago, ni de Marcel Proust, es sólo
nuestro. Sus palabras traspasan la frontera de lo personal para ser
ahora nuestras. A lo largo de la vida vamos dejando espacios imposibles
de rellenar, hasta que cambiamos de libro, es decir de experiencia,
de sentimientos y por tanto de sensaciones.
La literatura es una escuela de emociones, tal y como afirma el escritor
Vicent Salvador. En ella encontramos las pasiones jamás confesadas,
las miserias, las contradicciones que llevamos dentro, el desengaño,
la soledad, las ilusiones, la esperanza. A parte de tener una función
didáctica y transmitir conocimientos, también conserva
la memoria colectiva y alimenta el imaginario mediante la creación
de mundos alternativos, en definitiva educa nuestras emociones.
Joan Fuster dijo “La rosa, sense la literatura que li ha caigut
a sobre, només seria una col petita, insípida i de colors
enganyadors”. Pero, ¿somos conscientes de este poder anónimo
que tiene la literatura? Soy sincera si les digo que es el único
poder que conozco sin ánimo de lucro, el único poder que
per se no puede ser corrupto. Si la rosa no hubiera sido tratada en
este mundo sería algo insípido, sin sustancia, no sabríamos
valorar ese pétalo y posiblemente no hubiera sido la protagonista
en tantos momentos en nuestras vidas.
La lectura es eso, ir a buscarla. Encontrar en ella lo que nos quedó
de ese viaje, de ese beso o de esa decepción. Es un viaje con
destino a Ítaca. Konstandinos Kavafis escribió “cuando
salgas en el viaje hacia Ítaca desea que el camino sea largo,
pleno de aventuras y de conocimientos”. A esos diez amigos, que
voluntariamente fueron objeto de mi estudio, y todo aquel que se declare
(des)lector, les invito a un viaje eterno por la lectura con destino
a Ítaca, o a cualquier lugar donde encuentren esa escuela de
emociones.
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