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cosas sobre david foster wallace[2]

La voz de Wallace siempre es poco complaciente, pero es en estos relatos dónde encontramos su vertiente más iconoclasta y, ejem, tocapelotas. Despacharemos el espacio dedicado a estos dos libros diciendo que si nuestro hombre hubiera publicado únicamente estas dos obras, ahora mismo estaríamos hablando de Irvine Welsh o Richard Ford (y además nos podríamos reír un poco del New Yorker y los goles que les cuelan a veces). Pero no es así, Angry Dave es capaz de escribir de otra manera radicalmente diferente, diría yo, hasta el punto de que si me dicen que son dos (o incluso tres) autores diferentes, me lo creo. El libro por el que me enganché a Bandana Dave es “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer”. Bien, debéis conseguir este libro C-O-M-O S-E-A (existe una versión de bolsillo, pero ¡atención, incautos!, incluye sólo uno de los cinco o seis (perdón por la inexactitud, no me pagan dietas) ensayos originalmente editados y en los que el autor analiza con una sagacidad irresistiblemente divertida -o divertidamente irresistible, me da lo mismo- escenas de la vida posmoderna como el rodaje de una película en Hollywood (“Carretera perdida” de David Lynch), los cruceros de superlujo, el uso de la ironía en la televisión, la vida de los tenistas profesionales o las ferias de muestras interestatales. Sudores Dave publicó estos ensayos (además de otros que no han sido traducidos todavía, maldita sea) en Harper´s, Playboy o el New Yorker. La lucidez y el escepticismo con el que analiza todo lo que se va encontrando (o no: hay pies de página-digresiones que se alargan y alargan sobre los temas más absurdos, pero entretenidos, como una especie de subtrama analítica sagaz, mordaz y -----az) es verdaderamente desarmante, especialmente en los capítulos dedicados al rodaje de “Carretera Perdida” o, el que da título al libro, a la experiencia de pasarse casi un mes en un crucero de superlujo (auténticamente desternillante, lo mejor que ha hecho Piernas Dave hasta la fecha).

 

(1)Al escribir esto me he dado cuenta que David Foster Wallace está muy bien, pero que si no habeis leído “El Jarama” de Rafael Sanchez Ferlosio, los cuentos de Ignacio Aldecoa, “Nada” de Carmen Laforet... vuestra vida es demasiado valiosa como para dejarlos pasar. Es sólo que me fastidia un poco hablar siempre de autores anglosajones como Foster Wallace, Welsh, Palahniuk... es simplemente que no me veo con corazón de aportar nada sensato al análisis que ya se ha hecho de “El Jarama”, por ejemplo. Me doy cuenta que esto que acabo de decir lleva implícito que en cambio SÍ QUE ME CONSIDERO CAPACITADO para analizar, así tal cual, el impacto en las letras actuales de la nueva generación de narradores americanos-norteamericanos. A ver, no es que me considere capacitado en absoluto, pero al menos os puedo engañar mejor con esta vulgar y sucia treta, porque no vivimos en Estados Unidos y no leemos el New Yorker. Es decir, hay más distancia. Además, vosotros, igual que yo, os criasteis con la televisión y lo más seguro es que tengáis un background parecido al mío: por tanto, os interesa lo que Foster Wallace tiene que ofreceros, creedme
(2) No nos engañemos, cuando alguien tiene ganas de experimentar la mayoría de veces el resultado es un coñazo autocomplaciente y, lo más importante, incomprensible. Joyce o Burroughs son ejemplos que ilustran a la perfección esto que digo, porque “Ulises” o “The Naked Lunch” son geniales experimentos, algo nunca hecho antes, pero más allá del valor experimental lo que queda es un COÑAZO. Habeis leído bien: acabo de decir que “Ulises” de James Joyce es un cognazo.





 

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