die kommune |
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y que abandone el agit-prop[2] |
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| Esa falta de formación democrática, esa falta de transmisión de valores compartidos (los dos o tres que hay, no más), ha polarizado innecesariamente los principios políticos de los españoles. Así, es más fácil que al ciudadano de a pie se le olviden sus propios problemas para enzarzarse en discusiones políticas creadas en ocasiones artificialmente por nuestra clase política. Una de las más famosas técnicas empleadas por los políticos irresponsables para ocultar realidades incómodas es potenciar el fútbol. Otra, la de solapar el concepto de responsabilidad presente con el de responsabilidad del pasado. Así, lo atribuible a las anteriores generaciones condena sin remisión a las generaciones presentes, herederas de derechos y deberes, que se catalogan como inocentes o culpables, ciudadanos de primera o de segunda, según antiguas varas de medir. Eso, en lugar de plantear como objeto de la cuestión las generaciones venideras y la figura de la “herencia” que dejaremos, sólo utilizada cuando el problema es ecológico. Sin embargo, de la herencia política, la herencia institucional, la herencia cultural… de estas herencias pocos se preocupan; desgraciadamente, los coches eléctricos y las energías renovables no servirán para enderezarlas. Arrastrados por esa costumbre, resulta vergonzoso a estas alturas escuchar lo revanchista de algunas argumentaciones políticas de muchos ciudadanos, -si es que pueden dar cuenta de argumentación alguna-, fieles copias de los clichés del político profesional más sectario. En España, nos hemos acostumbrado a devaluar el nivel de discusión, definiendo nuestra postura política (como pasa también con lo no político) en función de la postura de los que nos rodean. Nuestra tendencia de no perder de vista la opinión de los demás a la hora de definir la nuestra conduce a que resulte un reto poder vislumbrar el tipo de país que realmente queremos los ciudadanos, sin interferencias de quienes nos representan, porque cuando se habla del futuro hay que hacerlo desde el valor, y la valentía es incompatible con el “qué pensarán” y el “qué dirán”. Parece como si, tras años de escuchar tópicos, de leer reportajes sobre la Guerra Civil en El País Semanal, y de ver películas revisionistas producidas en España, todos tuviéramos claro cómo habríamos deseado que fueran los 100 años anteriores; pero de visión de futuro, más allá de los tópicos de siempre, nada de nada. Este hecho ha preservado la evidente desunión entre el pueblo español a la hora de afrontar problemas generales como el terrorismo: lo consideramos uno de nuestros problemas más graves, nos manifestamos en masa en la calle un día de luto, y al siguiente, seguimos tirándonos los trastos a la cabeza con motivo de las muertes aún calientes, acusándonos entre nosotros en lugar de acusar a los culpables (conocidos o por conocer). Ahora, en los países occidentales, tras la caída del comunismo y ante la predominancia del capitalismo, el peso ideológico de las políticas es menor. Muchos de los problemas sociales de relevancia en los siglos XIX y XX han sido sencillamente resueltos ya. Pero es sabido también que el pueblo demanda, consciente o inconscientemente, algo más que las medidas economicistas que un gobierno de tecnócratas puede desarrollar. La ideología “vende” mucho más que las cifras, y por tanto fomenta en mayor medida la participación de la sociedad civil. El problema está en cómo compatibilizar una ideología basada en principios justos que movilice y motive al ciudadano con las decepcionantes, para muchos, realidades del capitalismo.
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