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y que abandone el agit-prop[3]



En este caldo de cultivo se ha desarrollado el nacionalismo en la era democrática española. Sin embargo, los mismos estratos sociales que necesitan la carga ideológica de una postura tan delimitada, elitista y excluyente como la nacionalista, tan propias “de otros tiempos”, olvidan a menudo que el hecho de hacerse llamar “Jordi” en lugar de “Jorge” no está en relación con la capacidad de un político o gestor para dar respuesta a los problemas reales que afectan a los ciudadanos. En el nacionalismo, una vez más, (y ya van…) el bienestar de los ciudadanos queda supeditado al bienestar de la comunidad, con la promesa de que ésta dará respuestas para todo y para todos. Eso sí, la comunidad sólo se concibe administrada por una clase privilegiada, una clase política que diseña el nuevo modelo de convivencia sin perder de vista cómo asegurar que no van a perder sus privilegios de clase, que para algo se han tomado tantas molestias durante tantos años. De esta manera, el nacionalismo está fortaleciendo aún más a la clase política y sus inquietudes por encima de la ciudadanía, y los problemas que esta clase política prioriza coinciden más aún con sus propios deseos de clase, en pos de alimentar aún más las inigualables cualidades diferenciales de su comunidad.

Así, el carácter diferencial del pueblo vasco, catalán, gallego, y de cualquier otro lugar de España, pierde su sentido si lo traducimos al individuo, algo que para el nacionalismo significa atentar contra su esencia, puesto que hace que su poder se fragmente y se debilite. Pero, en lo fundamental, el individuo obrero de Barcelona tiene las mismas necesidades que el de Madrid: acceso a la vivienda, estabilidad laboral, bajos impuestos, seguridad social garantizada… cosas básicas sobre las que construir un estilo de vida más o menos sofisticado, según el gusto del dueño. ¿Tan diferentes son entre sí? Por ello, entre las políticas que promueve el buen nacionalista está siempre la de desanimar a aquellos que creen en independizar un poco más al individuo de su entorno, para ofrecerle mayor margen a la hora de elegir su papel en la sociedad.

Ante la falta de valores robustos compartidos entre los españoles (la mal llamada diversidad, que va más allá de las costumbre culturales, cuya ausencia nos aburriría pero cuyo exceso nos está emborrachando), la seducción del nacionalismo hace que sus principios se propaguen entre los estratos sociales a gran velocidad. A este efecto de propagación se une la inoperancia de quienes combaten el nacionalismo únicamente mediante posturas de negación de éste del estilo “la historia no es como la cuentan”, “ese dato es mentira”… su interminable labor simplemente no va más allá de desvelar que el nacionalismo ha tenido que asentarse -en su celo para hiperlegitimarse, reflejo de su inseguridad y debilidad original- en mentiras. Pero eso ya lo sabíamos… ya sabíamos que es habitual que los nacionalistas mientan cuando tratan de justificar su ideología en “evidencias” históricas (¿por qué han elegido ese camino cuando tenían otras alternativas, entre otras, también la de hacerse imprescindibles con un sólido proyecto de futuro?); pero en un país como España, en el que el común es indulgente con la mentira y la falta de rigor si es seducido por la personalidad o el personaje, algunos de estos mentirosos (mentirosos nacionalistas, y también algunos no nacionalistas) han recorrido un largo camino en nuestro país y sin ningún coste a largo plazo, enseñando a quien quiera ver lo ventajoso que es a veces saltarse las normas, pero siempre con mesura, la que ellos deciden cómo administrar según sus intereses.


Para mí, la libertad individual debe ser el principal atributo del ciudadano y, por ello, critico los postulados nacionalistas, como también critico a cualquier aparato estatal fuerte, sea del signo que sea. Esta reflexión sobre la libertad, concepto tan poco codiciado en España, debe hacerla cada uno antes de seguir pensando en políticos. Como país con posibles que somos, es decir, con medios suficientes para controlar razonablemente nuestro propio futuro, el debate debe estar en el modo en que queremos vivir nuestra libertad individual; y, una vez determinado un punto de virtuoso equilibrio entre el individuo y el colectivo, valorar a cada político (a los que dedicaré, ya por entero, con nombres y apellidos, los próximos artículos) en función de su concepto de libertad y del tiempo que consume hablando del futuro en relación al tiempo que dedica al pasado. Para hacérselo más fácil, para fomentar la variedad de opiniones en los atrofiados partidos políticos españoles, empecemos pidiendo listas electorales abiertas. Empecemos pidiéndoselo a este gobierno.

 




 

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