concurso de relato urbano

polémicas [risas] manifiesto enlaces yambrientos versión imprimir home

adrogué, al sur de buenos aires


::alberto tomás tello::


Desde aquel suceso pertenezco a Adrogué. Después que haya contado mi historia puedo imaginar cuales serán sus conclusiones, es razonable, pues nunca estuvieron aquí.
Necesitaba trabajar y tomé un puesto de cartero que nadie deseaba, mis antecesores renunciaban a los pocos días o simplemente no volvían jamás. Mi juventud y la impronta de conservar el trabajo no permitieron que pensara más allá de mi necesidad inmediata.
Aquella mañana, mi primer día laboral, debía entregar un par de paquetes que por distintos motivos no llegaron al destinatario. Pocas veces había pasado por Adrogué. Apenas pisé sus calles me inundó una extraña sensación: aquello era de una belleza tal que invocaba al misterio, como una hermosa mujer que muestra y oculta al mismo tiempo, de peligrosa y atrayente seducción.
Sus antiguas calles adoquinadas parecían moverse, con un movimiento silencioso pero constante, vertiendo sangre a las incontables plazas y plazoletas que eran corazones latiendo. Las aceras desiertas, de baldosas destrozadas por raíces de innumerables árboles añosos, tan copiosamente monstruosos que se abrazaban en el aire produciendo una opacidad siniestra, a pesar de la luz del día. Las calles eran como tuberías, como cavernas de pisos negruzcos y techos verdes, largas galerías húmedas y mohecidas.
Sentí una falsa soledad: las casas parecían estar habitadas por fantasmas discretos, tanto que daban la sensación de vaciedad, como si los habitantes de aquel lugar no fuesen visibles, como si los escasos transeúntes que se veían caminar fuesen extranjeros sin rumbo, como si nos estuviesen observando, ocultos. Diagonales interminables y engañosas, pasajes que mueren apenas nacen, calles que se pierden en un instante y aparecen después sin lógica alguna, numeraciones caprichosas que cambian a placer, todo aquello constituía un paisaje laberíntico que tendía a expulsar lo que le era ajeno. El mapa intrincado del que disponía entraba en contradicción con lo que se disponía ante mis ojos, como si el hacedor de esos esquemas hubiese estado mirando otra realidad.
Mi alma se llenó de una inquietud pasmosa. Eran las diez de la mañana y realizar mi tarea se impuso como la mejor manera de tranquilizarme, fue imposible. Apenas ingresé en sus calles el torrente de sangre me transportó sin que yo pudiese hacer algo para evitarlo, no sé porqué pero sólo atinaba a caminar cada vez más rápido, pero paradójicamente me aletargaba. No puedo asegurar si avanzaba o retrocedía, las imágenes se superponían creando otras imágenes. Las cuadras pasaban y las transformaciones se sucedían descontroladamente. Un latido, que se desprendía del mismo éter, golpeteó mi cuerpo, y fui como una hoja manipulada por el viento: agitada en cada exhalación, en cada inspiración. El latido fue aumentando en intensidad hasta volverse insoportable. Entonces los árboles, las casas, las calles incorporaron sus almas y mostraron grandes ojos que me apuntaban, que se abalanzaban en un torbellino vertiginoso y ondulante. Y de pronto… todo se tranquilizó, y se tiñó de sepia.
En las calles transitaban carruajes tirados por caballos y escasos automóviles lustrosos. Por las aceras, señores con elegantes trajes y aceitados bigotes puntiagudos parloteaban entre si. Carteros de hoy y de ayer deambulaban como extraviados, abstraídos de todo el contexto, mirando con fastidio los números dibujados en las paredes.
Las casas eran antiguas pero nuevas, los árboles jóvenes e insipientes y el empedrado impecable. Sin saber cómo me detuve frente al umbral de una enorme casona de estilo colonial, de allí salió una mujer joven vestida como en las viejas fotos familiares de mi abuela: un vestido gris oscuro, largo y entablado, en sus pies alpargatas negras y prolijas, el pelo recogido y sujetado con pequeñas hebillas metálicas. La mujer me sonrió con la gracia de los que pertenecen al servicio doméstico, estiró sus manos y le entregué los paquetes. Firmó mi planilla y de un pequeño monedero de tela extrajo una moneda cobriza, me la entregó. Mientras la muchacha se alejaba el latido retornó a mis oídos, tan estridente y poderoso que me desmayé.
Cuando volví en sí una señora me daba aire con una revista. Inmediatamente busqué los paquetes, no los tenía, mi puño sujetaba hasta el dolor una moneda cobriza. Miré el reloj: las diez, el tiempo no había transcurrido. Me levanté atontado, confundido, pero no temía, sentía una tranquilidad extrema, abrumadora. Un sentimiento oceánico, de infinito sosiego.
Entregué las planillas a mi superior y desde entonces me miran con recelo.
Jamás pude liberarme, ni lo he deseado, de la seducción fantástica y misteriosa que genera Adrogué. Jamás me pierdo entre sus calles por que pertenezco a ellas, y transito con la tranquilidad de los espíritus: mirando el tiempo de los que buscan el rumbo.


[volver al index]

© ::alberto tomás tello:: habla@yambria.org :: adrogué:: 2006