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Desde aquel suceso pertenezco a Adrogué. Después que haya
contado mi historia puedo imaginar cuales serán sus conclusiones,
es razonable, pues nunca estuvieron aquí.
Necesitaba trabajar y tomé un puesto de cartero que nadie deseaba,
mis antecesores renunciaban a los pocos días o simplemente no
volvían jamás. Mi juventud y la impronta de conservar
el trabajo no permitieron que pensara más allá de mi necesidad
inmediata.
Aquella mañana, mi primer día laboral, debía entregar
un par de paquetes que por distintos motivos no llegaron al destinatario.
Pocas veces había pasado por Adrogué. Apenas pisé
sus calles me inundó una extraña sensación: aquello
era de una belleza tal que invocaba al misterio, como una hermosa mujer
que muestra y oculta al mismo tiempo, de peligrosa y atrayente seducción.
Sus antiguas calles adoquinadas parecían moverse, con un movimiento
silencioso pero constante, vertiendo sangre a las incontables plazas
y plazoletas que eran corazones latiendo. Las aceras desiertas, de baldosas
destrozadas por raíces de innumerables árboles añosos,
tan copiosamente monstruosos que se abrazaban en el aire produciendo
una opacidad siniestra, a pesar de la luz del día. Las calles
eran como tuberías, como cavernas de pisos negruzcos y techos
verdes, largas galerías húmedas y mohecidas.
Sentí una falsa soledad: las casas parecían estar habitadas
por fantasmas discretos, tanto que daban la sensación de vaciedad,
como si los habitantes de aquel lugar no fuesen visibles, como si los
escasos transeúntes que se veían caminar fuesen extranjeros
sin rumbo, como si nos estuviesen observando, ocultos. Diagonales interminables
y engañosas, pasajes que mueren apenas nacen, calles que se pierden
en un instante y aparecen después sin lógica alguna, numeraciones
caprichosas que cambian a placer, todo aquello constituía un
paisaje laberíntico que tendía a expulsar lo que le era
ajeno. El mapa intrincado del que disponía entraba en contradicción
con lo que se disponía ante mis ojos, como si el hacedor de esos
esquemas hubiese estado mirando otra realidad.
Mi alma se llenó de una inquietud pasmosa. Eran las diez de la
mañana y realizar mi tarea se impuso como la mejor manera de
tranquilizarme, fue imposible. Apenas ingresé en sus calles el
torrente de sangre me transportó sin que yo pudiese hacer algo
para evitarlo, no sé porqué pero sólo atinaba a
caminar cada vez más rápido, pero paradójicamente
me aletargaba. No puedo asegurar si avanzaba o retrocedía, las
imágenes se superponían creando otras imágenes.
Las cuadras pasaban y las transformaciones se sucedían descontroladamente.
Un latido, que se desprendía del mismo éter, golpeteó
mi cuerpo, y fui como una hoja manipulada por el viento: agitada en
cada exhalación, en cada inspiración. El latido fue aumentando
en intensidad hasta volverse insoportable. Entonces los árboles,
las casas, las calles incorporaron sus almas y mostraron grandes ojos
que me apuntaban, que se abalanzaban en un torbellino vertiginoso y
ondulante. Y de pronto… todo se tranquilizó, y se tiñó
de sepia.
En las calles transitaban carruajes tirados por caballos y escasos automóviles
lustrosos. Por las aceras, señores con elegantes trajes y aceitados
bigotes puntiagudos parloteaban entre si. Carteros de hoy y de ayer
deambulaban como extraviados, abstraídos de todo el contexto,
mirando con fastidio los números dibujados en las paredes.
Las casas eran antiguas pero nuevas, los árboles jóvenes
e insipientes y el empedrado impecable. Sin saber cómo me detuve
frente al umbral de una enorme casona de estilo colonial, de allí
salió una mujer joven vestida como en las viejas fotos familiares
de mi abuela: un vestido gris oscuro, largo y entablado, en sus pies
alpargatas negras y prolijas, el pelo recogido y sujetado con pequeñas
hebillas metálicas. La mujer me sonrió con la gracia de
los que pertenecen al servicio doméstico, estiró sus manos
y le entregué los paquetes. Firmó mi planilla y de un
pequeño monedero de tela extrajo una moneda cobriza, me la entregó.
Mientras la muchacha se alejaba el latido retornó a mis oídos,
tan estridente y poderoso que me desmayé.
Cuando volví en sí una señora me daba aire con
una revista. Inmediatamente busqué los paquetes, no los tenía,
mi puño sujetaba hasta el dolor una moneda cobriza. Miré
el reloj: las diez, el tiempo no había transcurrido. Me levanté
atontado, confundido, pero no temía, sentía una tranquilidad
extrema, abrumadora. Un sentimiento oceánico, de infinito sosiego.
Entregué las planillas a mi superior y desde entonces me miran
con recelo.
Jamás pude liberarme, ni lo he deseado, de la seducción
fantástica y misteriosa que genera Adrogué. Jamás
me pierdo entre sus calles por que pertenezco a ellas, y transito con
la tranquilidad de los espíritus: mirando el tiempo de los que
buscan el rumbo.
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