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crónica de las esferas rosarinas


::gustavo boschetti::


Y cómo evitar el pavor al descubrir que ya nada es como el día anterior, que todo ha cambiado sustancialmente, que lo cotidiano ha adquirido para todo y para todos un mismo impulso y una forma precisa e inconfundible, porque la ciudad ha caído bajo un hechizo implacable. Sobreviene el espanto de comprobar que todo cuanto existe va adquiriendo una conformación esférica; y no sólo las cosas, sino también los hombres y todo lo que ellos tocan o hacen. Queda revelado que estas formas esféricas que se apoderan poco a poco de la vida son ni más ni menos que... ¡pelotas de fútbol! Y las hay por doquier, porque la ciudad misma ya es una pelota de fútbol; una urbe cuyas avenidas, plazas y edificios han perdido su textura original para convertirse en grandísimos gajos de cuero, blancos y negros, unidos por costura. En el cielo las nubes adquieren formas de pelotas de fútbol, y hasta las columnas de alumbrado y los faroles de las plazas han dejado de ser tales para convertirse, de golpe, en incandescentes balones que vienen a echar luz sobre el camino. Pero lo más escalofriante es comprobar que los hombres han perdido sus cabezas, y que éstas fueron bruscamente reemplazadas por pelotas de fútbol, quedando fijas sobre la base de los cuellos, y capaces de girar trescientos sesenta grados sobre sí mismas; de manera que usted puede imaginar un mar de balones transitando las calles, yendo a sus trabajos, a las escuelas, a los restaurantes, todos con sus trajes y sus maletines y sus ropas deportivas y sus bolsas de compras, atropellándose unos a otros, como indiferentes pelotas de fútbol que llevan sus cuerpos a los lugares de siempre.
El relator ha decidido, entonces, dejar testimonio escrito de la estremecedora mutación que tiene por delante, tarea que a duras penas ha llegado hasta este punto; porque quien suscribe descubre con horror que también sus manos y su cabeza y su vida toda va transformándose, irremediablemente, en un balón con muchísimas ansias de ser pateado, y hasta el monitor que tiene frente a sí adquiere paulatinamente una seductora forma esférica y cueriza. Así es como la narración debe ser interrumpida, quedando trunca e inconclusa; y permanecerá inconclusa hasta que el narrador recupere su ser y pueda retomarla, hasta que suene el silbato final, hasta que concluya el hechizo esférico suspendido sobre nuestras vidas, hasta que las cabezas de los hombres vuelvan a ser cabezas, las calles, calles, y toda la ciudad, toda, vuelva a ser como antes.




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© ::gustavo boschetti:: habla@yambria.org ::rosario :: 2006