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Y cómo evitar el pavor al descubrir que ya nada es como el día
anterior, que todo ha cambiado sustancialmente, que lo cotidiano ha
adquirido para todo y para todos un mismo impulso y una forma precisa
e inconfundible, porque la ciudad ha caído bajo un hechizo implacable.
Sobreviene el espanto de comprobar que todo cuanto existe va adquiriendo
una conformación esférica; y no sólo las cosas,
sino también los hombres y todo lo que ellos tocan o hacen. Queda
revelado que estas formas esféricas que se apoderan poco a poco
de la vida son ni más ni menos que... ¡pelotas de fútbol!
Y las hay por doquier, porque la ciudad misma ya es una pelota de fútbol;
una urbe cuyas avenidas, plazas y edificios han perdido su textura original
para convertirse en grandísimos gajos de cuero, blancos y negros,
unidos por costura. En el cielo las nubes adquieren formas de pelotas
de fútbol, y hasta las columnas de alumbrado y los faroles de
las plazas han dejado de ser tales para convertirse, de golpe, en incandescentes
balones que vienen a echar luz sobre el camino. Pero lo más escalofriante
es comprobar que los hombres han perdido sus cabezas, y que éstas
fueron bruscamente reemplazadas por pelotas de fútbol, quedando
fijas sobre la base de los cuellos, y capaces de girar trescientos sesenta
grados sobre sí mismas; de manera que usted puede imaginar un
mar de balones transitando las calles, yendo a sus trabajos, a las escuelas,
a los restaurantes, todos con sus trajes y sus maletines y sus ropas
deportivas y sus bolsas de compras, atropellándose unos a otros,
como indiferentes pelotas de fútbol que llevan sus cuerpos a
los lugares de siempre.
El relator ha decidido, entonces, dejar testimonio escrito de la estremecedora
mutación que tiene por delante, tarea que a duras penas ha llegado
hasta este punto; porque quien suscribe descubre con horror que también
sus manos y su cabeza y su vida toda va transformándose, irremediablemente,
en un balón con muchísimas ansias de ser pateado, y hasta
el monitor que tiene frente a sí adquiere paulatinamente una
seductora forma esférica y cueriza. Así es como la narración
debe ser interrumpida, quedando trunca e inconclusa; y permanecerá
inconclusa hasta que el narrador recupere su ser y pueda retomarla,
hasta que suene el silbato final, hasta que concluya el hechizo esférico
suspendido sobre nuestras vidas, hasta que las cabezas de los hombres
vuelvan a ser cabezas, las calles, calles, y toda la ciudad, toda, vuelva
a ser como antes.
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© ::gustavo boschetti::
habla@yambria.org ::rosario :: 2006
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