concurso de relato urbano

polémicas [risas] manifiesto enlaces yambrientos versión imprimir home

el último perro de mi ciudad


::william celiz guerrero::


De alguna forma tenía que encontrarlo. Pelao se conocía toda la ciudad. Como buen perro callejero lo necesitaba justo ahora como quien busca un pariente o un amigo cercano. Emprendí la marcha a eso de las diez de la mañana cuando los obreros en la avenida de los Mártires desaguaban el lodo acumulado por una cañería rota y que los vecinos del centro hacían asco con la mano. De casualidad asomé mi cabeza al buzón y reconocí a don Ruperto diciéndome hola zambo, en que nuevo problema andas, le dije que buscaba al condenado perro, que unos gringos daban un dineral por él pues esa especie de perro peruano les agrada como mascota aun cuando nosotros apenas estábamos enterados. Me dijo que no sabía, que odiaba a los perros y continuó sobre la escalerilla del buzón en dónde algunas cucarachas tímidas corrían al contacto de los humanos. Aceleré el paso. Uno a veces se encuentra con detalles que antes no ve en su ciudad, sobre todo si de un lado para otro busca algo valioso. Desde el puente que conecta el distrito de San Vicente hasta el cercado uno ve esa inmensidad obra del hombre. Lo que antes fueron casitas de barro: edificios. Lo que antes fueron carretas tiradas por caballos: ahora autos meteóricos. Gente con su historia personal perdida entre otra gente. No tenía la costumbre de pararme varios minutos, pero ésta vez la ciudad comenzaba a significarme algo distinto a medida que buscaba al ansiado perro. En una ocasión, el abuelo me había conducido por esas mismas calles, decía que cincuenta años antes Chiclayo apenas tenía una docena de calles, dos cines y un teatro casi legendario y que ahora apenas sobrevivía entre tiendas y casinos. Los capitalinos aún llamaban villa a nuestra ciudad. Villa Chiclayo. Ese nombre despectivo se fue olvidando en la memoria de la gente venida de afuera, en especial de los pobladores andinos que fueron haciéndola crecer de una forma inimaginable. Ellos no se contentaron con una ciudad chiquita, medio perdida entre la costa norte pero que al impulso del trabajo se iba a transformar con el correr de los años en una incipiente metrópoli.

Me encontraba ahora cerca al Banco Nacional y las colas de fin de mes llegaban en dos direcciones para los cobros respectivos de los trabajadores y otras transacciones corrientes. Un camionero, con el torso desnudo mandaba al carajo a un chofer de ómnibus pues había pisado el acelerador en el cruce de las avenidas Elias Aguirre y Salaverry. No había ni un solo policía y el camionero resignado continuó su trayecto maldiciendo. ¡Ah Pelao, ah perrito peruano! Lo buscaba por los lugares donde casi siempre frecuentaba y ahora me detenía a husmear como él pero a mi propia ciudad. Un día libre entre semana en la que sin esa especie de automatización con la que uno va y viene del trabajo y la ciudad estaba ahí para mí como diciéndome tu abuelo caminó por éstas mismas calles, he crecido como una medusa, como un pulpo gigantesco: mis tentáculos son esas calles amadas desde el empedernido parroquiano con su vida viciada de bohemia; hasta el solitario y tímido habitante de un cuarto alquilado.

El perro no aparecía por ningún lado. Todo era cuestión de localizarlo, tirarle la soga y aunque aullara entregárselo a esos gringos que en su mal castellano dijeron me darían 100 dólares y como olvidándome del asunto ahí estaba mi ciudad, con un habitante sorprendido también que por debajo de esas calles bonitas estaban los intestinos de esta naciente metrópoli: cloacas, desagües, mundito inferior y horrendo. Todo iría hacia la nada del océano. Escupí. Fue algo extraño pues unos minutos después, cerca al mercado mayorista al que odio pues los magos del robo te vacían los bolsillos sin darte cuenta, apareció el maldito perro, el perro muchik, el perro vago, el peruanísimo perro que nadie sabía pertenecía a una raza milenaria en extinción. Y fue así como lo encontré, moviendo la cola para que le arrojaran los huesos de las carnicerías del mercado. Pero ya no me atreví a darle cacería pues sentí a la altura del esternón un ahogo parecido a la nostalgia, también él era parte de la ciudad y si se iba con esos gringos también se marchaba un pedacito de historia



[volver al index]

© ::william celiz guerrero:: habla@yambria.org :: Perú :: 2006