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Una vez por mes debo chequearme la presión arterial. Al hacerlo
el último, de salida, al pasar ante el cuarto oval del hospital,
sentí unos deseos irrefrenables de donar esperma. Era como si
la inmortalidad biológica desafiara mis pensamientos, jalonándolos,
algo muy humano acaso. Me señalaba que esos frasquitos eran los
únicos capaces de comprimir mi incertísimo futuro. Me
recordaba que yo desde hace rato no jodo sino por escrito.
Llené una forma y listo, garañón enfrascado.
Entré, apelé a mi vasto archivo pornográfico mental,
y me masturbé. Terminé y me sentí como si hubiese
tenido un encuentro furtivo, padeciendo esa suerte de resaca que masacra
la autoestima. Muchas ideas revolotearon en mi cabeza en cosa de un
par de minutos, hasta ahora empiezo a ordenarlas. Yo no sé si
la única elocuencia que nos resta es la obra de arte retenida.
Creo, eso si, que del arte no se desprende la inmortalidad; a mí
me vasta con perseguir su innata cualidad catártica. Es como
separar el sexo a consciencia de la reproducción. Aceptarlo como
un fin de por sí, no como un adminículo•.
Así que destapé aquel recipiente y, en un acto súbito
de antropofagia, bebí su contenido hasta el fondo borrando a
mi progenie del parche. Cuestión de cojones. 300 millones de
espermatozoides anudándome la garganta, deslizándose con
viscosa dificultad, como babosa enroscada, por mi tracto alimentario.
Muy pocas calorías para engordar a nadie. Siete Colombias ejerciendo
su derecho sagrado a no existir.
No pude, le dije al enfermero devolviéndole el frasquito.
Franqueé la salida trasera y desemboqué en una calleja
taponada de ambulancias. Dos paramédicos se soplaban un bazuco.
Sacudieron la cabeza. Yo sonreí y seguí de largo. Crucé
por los bajos del viaducto del metro donde un punk me entregó
un volante: Festival “pura resistencia”, 80 agrupaciones…..
Salía a pie del centro de la ciudad más rabiosa del mundo.
Toda una osadía. Allí, quien va elevado se convierte en
un filón fácil para la delincuencia. Aquí, en una
década, se desbarrancaron 300.000 muchachos, por lo bajito. El
90% estaban entre los 14 y los 19 años, sus victimarios igual.
Oscurecía en Medellín. Luz verde. Me detuve y alcé
la mirada hacía los barrios encaramados en las laderas de los
cerros. Afiné la vista y precisé todas esas casas puestas
allí a la diabla, varadas en los vericuetos de la noche como
viejas caras de un viejo desastre. Cerré los ojos y ahora oteaba
desde el recuerdo, estando en una de aquellas comunas de la que salí
conminado por “amuraos”(1) que mataban para sacudirse el
aburrimiento. Nadie les hacía gracia, el resto éramos
un simple concurso de “gonorreas”(2) marcando calavera.
Me vi como antaño, azotando las farolas intermitentes del alumbrado
público, prendiéndolas a la brava. Palmearon mi espalda.
Abrí los ojos. Me encandiló la rociada de luz eléctrica
que horadaba la penumbra. Medallo(3) era una cornucopia. La luna un
emoticono embrujado.
-¡Parcero la liguita! –me dijo un desechable.
-Estoy limpio.
Avancé.
Otro más salió de detrás de una caseta.
-Nos salió bien achapao(4) el carilindo –comentó
desafiante.
Aspiró exageradamente.
-Este chichipato –agregó dirigiéndose al otro-,
ya huele a formol(5).
Corrí perseguido un par de cuadras hasta que enfilé hacía
un umbral enorme. Había mucha gente viva al interior, era “la
noche del plenilunio” en el cementerio Sanpedro. Me escurrí
entre el carnaval, una especie de forma colectiva de necrofilia (los
vivos en manos de los muertos). Cierta pancarta anunciaba que los homenajeaban
a través de la palabra, la música, la danza y el teatro.
Unos gemelos en bicis gemelas representaban una secuencia macabra muy
divertida, un antes y después de colisionar con un automóvil.
Siameses prendidos por la muerte. No tenemos un gen para eso, pero aquí
nos hemos programado para expirar, pensé. Los demás muñecos
vivientes tenían un puntito rojo céntrico en la frente.
Crucé el corredor central, una alameda de cipreses constelada
de azucenas jaldadas, y seguí de largo entre mausoleos encalados,
adentrándome en la ciudad blanca de los próceres antioqueños;
en un viaje tan turbulento en la historia que sentí nauseas,
y una seguidilla de arcadas me sacudió el vientre hasta los tuétanos.
Me oculté detrás de la musa de la poesía (mausoleo
de Jorge Isaacs) y vomité, una plasta de semen y temor. La fiesta
seguía y yo recordé al poeta socarrón, a Barba
Jacob, quien muchas veces trocó su nombre para trucar a la parca.
Están poseídos por su espíritu, la luna llena se
los insufla muerta de risa, haber si burlándonos de la muerte
nos percatamos de la monstruosa complejidad de la vida, pensé
delirioso justo antes del yeyo. Desperté entre tumbas al sol.
• Imponer la vida es imponer
el azar, y vivir es el arte de tolerar algo incoercible.
1.En el contra-lenguaje, parlache de las comunas de esa ciudad, aquel
que se recuesta en un muro fofo de aburrimiento, sin plan. Generalmente,
pistolocos, cascones parchados en una esquina.
2.Lacra que se quiere poseer como sea. Persona insubordinada que solo
se domina hecha un fiambre, vuelta muñeco.
3.El Medellín subrepticio que solo se ve de reflejo, de refilón,
al vuelo, como gusano de luz. Naíf de esa ciudad.
4.Persona austera, paciente, precavida, que no se quiere
gastar la vida al resoco, de sopetón, de una, ya.
5.Originalmente, “ya huele a gladiolo”. Llevar la lápida
colgada al cuello, estar chupando gladiolo aún antes de estar
sepulto en un jardín cementerio. (N del T).
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