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Me sumerjo en esta gran avenida interminable, me dejo rozar por miles
de piernas que me traspasan, me atosigan en el intervalo que dura un
semáforo en rojo, y luego se pierden en un punto difuso del asfalto
para no volver a verlas nunca más. Sola en el epicentro de esta
línea discontinua, en el corazón gris y desgastado de
una ciudad que se despersonaliza conforme agranda sus tentáculos
periféricos. Un día más la atravesaré con
el paso rápido y jadeante, sorteando maletines de cuero, saludos
que se quedan enganchados en la comisura de los labios, disculpas que
se pronuncian de manera autómata como acto reflejo a un empujón
involuntario.
Pero esta mañana mi mirada no está tan perdida y recaigo
en detalles que otro día, desde la ventanilla del autobús,
podrían pasarme desapercibidos. Como la colegiala quinceañera
que hoy le ha dado una vuelta de más al elástico de la
cinturilla de su falda a cuadros y, a poco que suba las escaleras, terminará
por enseñar el tanga color frambuesa, para deleite de sus compañeros
en plena metamorfosis púber. Me la cruzo casi a diario en el
paso de peatones, con su mochila de dibujitos japoneses colgada a la
espalda. Hoy la he notado más contenta de lo habitual, y hasta
diría que no le pesaban los libros. Será porque es viernes,
y podrá sacar del fondo del armario la caja en la que guarda
todas sus pinturas de labios, para impresionar así al chico que
le sonríe desde la cuarta fila.
A quien no he visto aún es al grupo de ejecutivos repeinados
que salen a fumar a media mañana. Apenas permanecen cinco minutos
apostados en el hall del edificio más lujoso, un gigante acristalado
de catorce plantas. Allí se concentran en el humo que exhalan,
ajenos al movimiento frenético de almas que se desenvuelve a
escasos metros de ellos. Dan largas caladas, a veces hablan, y luego
desaparecen tras la puerta giratoria, con sus trajes oscuros bien planchados
y el teléfono móvil de última generación
en la mano, para envidia de los que nunca podrán tener el número
de ceros de sus cuentas bancarias. Ellos no lo saben, pero se han cruzado
con una potencial competidora, a la que no le han respondido los buenos
días cuando pasaban por su lado. Hace pocos minutos dejó
su currículo a la secretaria de centralita, y quién sabe,
a lo mejor en un futuro coincidan en los pasillos de la empresa. Acaba
de sellar las gomillas de la carpeta y por un momento permanece dubitativa:
no sabe si visitar el edificio contiguo o dirigirse a la parada de metro.
¿Cuántos currículos habrá echado esa mañana?
¿Cuántos ejecutivos le habrán mirado con desdén,
en ese gesto soberbio tan arraigado de los que se creen triunfadores?
Nada que ver con la filosofía vital de la anciana que desayuna
en la cafetería de la esquina cercana a la plaza. Envuelta en
un abrigo de pieles sintéticas de hace tres temporadas, se afana
en limpiarse los goterones de chocolate que se le quedaron resecos bajo
la barbilla. Dirige miradas intermitentes al escaparate. Quizás
está esperando a alguien, o simplemente trata de desentrañar
los motivos que llevan a tantas criaturas a desenvolverse con la prisa
pegada a las suelas de los zapatos. Yo la observo, cómplice en
su pensamiento, y me apresuro a dejar mi asiento para bajarme en la
próxima parada.
Atrás quedan la estudiante picarona, los triunfadores de pelo
engominado con sus aspiraciones y sus fobias, la desempleada desorientada
que busca una puerta abierta en el engranaje de esta ciudad. Todos han
sido engullidos por la gran trituradora urbana, han desaparecido por
esquinas y callejones serpenteantes, arterias que desembocan en esta
gran avenida en la que hoy, como siempre, me pierdo.
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© ::rocio rubio garrido:: habla@yambria.org
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