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la trituradora urbana


::rocio rubio garrido::


Me sumerjo en esta gran avenida interminable, me dejo rozar por miles de piernas que me traspasan, me atosigan en el intervalo que dura un semáforo en rojo, y luego se pierden en un punto difuso del asfalto para no volver a verlas nunca más. Sola en el epicentro de esta línea discontinua, en el corazón gris y desgastado de una ciudad que se despersonaliza conforme agranda sus tentáculos periféricos. Un día más la atravesaré con el paso rápido y jadeante, sorteando maletines de cuero, saludos que se quedan enganchados en la comisura de los labios, disculpas que se pronuncian de manera autómata como acto reflejo a un empujón involuntario.
Pero esta mañana mi mirada no está tan perdida y recaigo en detalles que otro día, desde la ventanilla del autobús, podrían pasarme desapercibidos. Como la colegiala quinceañera que hoy le ha dado una vuelta de más al elástico de la cinturilla de su falda a cuadros y, a poco que suba las escaleras, terminará por enseñar el tanga color frambuesa, para deleite de sus compañeros en plena metamorfosis púber. Me la cruzo casi a diario en el paso de peatones, con su mochila de dibujitos japoneses colgada a la espalda. Hoy la he notado más contenta de lo habitual, y hasta diría que no le pesaban los libros. Será porque es viernes, y podrá sacar del fondo del armario la caja en la que guarda todas sus pinturas de labios, para impresionar así al chico que le sonríe desde la cuarta fila.
A quien no he visto aún es al grupo de ejecutivos repeinados que salen a fumar a media mañana. Apenas permanecen cinco minutos apostados en el hall del edificio más lujoso, un gigante acristalado de catorce plantas. Allí se concentran en el humo que exhalan, ajenos al movimiento frenético de almas que se desenvuelve a escasos metros de ellos. Dan largas caladas, a veces hablan, y luego desaparecen tras la puerta giratoria, con sus trajes oscuros bien planchados y el teléfono móvil de última generación en la mano, para envidia de los que nunca podrán tener el número de ceros de sus cuentas bancarias. Ellos no lo saben, pero se han cruzado con una potencial competidora, a la que no le han respondido los buenos días cuando pasaban por su lado. Hace pocos minutos dejó su currículo a la secretaria de centralita, y quién sabe, a lo mejor en un futuro coincidan en los pasillos de la empresa. Acaba de sellar las gomillas de la carpeta y por un momento permanece dubitativa: no sabe si visitar el edificio contiguo o dirigirse a la parada de metro. ¿Cuántos currículos habrá echado esa mañana? ¿Cuántos ejecutivos le habrán mirado con desdén, en ese gesto soberbio tan arraigado de los que se creen triunfadores? Nada que ver con la filosofía vital de la anciana que desayuna en la cafetería de la esquina cercana a la plaza. Envuelta en un abrigo de pieles sintéticas de hace tres temporadas, se afana en limpiarse los goterones de chocolate que se le quedaron resecos bajo la barbilla. Dirige miradas intermitentes al escaparate. Quizás está esperando a alguien, o simplemente trata de desentrañar los motivos que llevan a tantas criaturas a desenvolverse con la prisa pegada a las suelas de los zapatos. Yo la observo, cómplice en su pensamiento, y me apresuro a dejar mi asiento para bajarme en la próxima parada.
Atrás quedan la estudiante picarona, los triunfadores de pelo engominado con sus aspiraciones y sus fobias, la desempleada desorientada que busca una puerta abierta en el engranaje de esta ciudad. Todos han sido engullidos por la gran trituradora urbana, han desaparecido por esquinas y callejones serpenteantes, arterias que desembocan en esta gran avenida en la que hoy, como siempre, me pierdo.



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© ::rocio rubio garrido:: habla@yambria.org :: :: 2006